BRASIL: Un respiro no es victoria

Algunas reflexiones sobre las elecciones brasileñas

El reciente resultado en la segunda vuelta electoral en Brasil ha vuelto a encender las pantallas y los titulares de toda Latinoamérica. Millones de trabajadores, jóvenes, mujeres, disidencias y comunidades empobrecidas salieron a las calles a defender su propia existencia frente al avance de la extrema derecha. Pusieron el cuerpo contra el sabotaje patronal de los transportistas, desafiaron los bloqueos en las carreteras, enfrentaron el amedrentamiento policial y rompieron el cerco de la desinformación masiva.

Quien diga que este resultado no importa, miente o habla desde la comodidad de una torre de marfil. Lo que ocurrió en las urnas nos otorga a la clase trabajadora y a los pueblos del continente un respiro táctico. Frena momentáneamente el descaro de las bandas neofascistas, la impunidad del extractivismo devorador, el envalentonamiento del conservadurismo religioso y la intromisión directa del imperialismo y el sionismo internacional en nuestras tierras.

Pero debemos ser tajantes: un respiro no es la victoria, ni una elección es una revolución.
Esta contienda no la ganaron los pactos de pasillo de la socialdemocracia ni la cúpula de los partidos del orden. Esta victoria pertenece única y exclusivamente a lxs de abajo, a la gente de a pie que sostuvo la trinchera electoral por pura necesidad de supervivencia. Confundir la contención institucional de la reacción con la derrota estructural del fascismo es caer en la trampa mortal de la democracia burguesa.

La paradoja de las urnas burguesas y la ilusión populista

El fascismo no es una manzana podrida dentro de un sistema sano; es la herramienta de socorro del capitalismo cuando la crisis se vuelve insostenible y los de abajo empiezan a despertar. Por eso, el fascismo jamás será destruido en el terreno que la propia burguesía administra y arbitra. Las urnas sirven, a lo sumo, para limpiar la fachada pública del Estado y darle una cara más potable a la dominación.

Hoy presenciamos el desfile de voceros y analistas que pretenden vendernos el retorno del progresismo como el fin del peligro. El populismo reformista busca adormecer a las masas en el momento exacto en que deberían estar más despiertas. Nos piden paciencia, nos exigen moderar la protesta, nos llaman a confiar en las instituciones y a ser “responsables” para no perturbar la gobernabilidad.

Nos preguntamos con rabia y convicción: ¿dónde están esos predicadores del voto cuando no hay elecciones? ¿Dónde queda la supuesta lucha contra el fascismo cuando la pelea no pasa por una urna sino por la defensa de la tierra, la comida en la mesa, el agua y la vida en los barrios?

Mientras la socialdemocracia celebra, la realidad golpea abajo: los canales institucionales para los oprimidos se acortan cada día más. Hoy la clase dominante aplica el lawfare y la persecución judicial contra los personajes públicos y excandidatos del progresismo cuando dejan de serles útiles o funcionales. Reflexionemos seriamente: si esa es la receta para quienes gozan de cobertura mediática, abogados de renombre, dinero y respaldo internacional, ¿qué nos espera a lxs nadie, a la militancia de base, a las comunidades organizadas que no salimos en la televisión? Para nosotrxs, la respuesta del Estado ante la protesta real no es un juicio en la prensa; es la bala, el encarcelamiento, la desaparición y la muerte.

¿Unidad contra el fascismo? Con la clase, no con los opresores

Se escucha un eco repetitivo en los micrófonos del continente: “¡Todxs unidos contra el fascismo!“. Pretenden arrastrarnos a pactos de unidad continental donde la clase trabajadora deba estrechar la mano de la misma derecha “civilizada” y de la socialdemocracia cobarde que, una vez instalada en el poder, no ha dudado ni dudará un segundo en enviar a la policía a molernos a palos, reprimir nuestras huelgas y criminalizar nuestras luchas para proteger la propiedad privada.

No llamamos a la desunión ni al sectarismo ciego. Llamamos a una unidad táctica y consciente de los de abajo.

No necesitamos acuerdos de cúpula para repartir cargos ni pañitos de agua tibia que solo sirven para administrar la miseria. Necesitamos la unidad de acción en el territorio, en el trabajo, en el campo, la ciudad y en las aulas; una unidad que empuje las demandas históricas de nuestra clase y mantenga la autonomía frente a cualquier gobierno de turno. Un pueblo que entrega su organización al Estado queda totalmente desarmado para cuando la reacción vuelva a morder.

Lo que vemos hoy en Brasil es solo la punta del iceberg de una ofensiva regional. La sombra autoritaria de figuras como Noboa en Ecuador, Milei en Argentina, Kast en Chile o de la Espriella apuntaladas por el poder corporativo, el fundamentalismo religioso y la maquinaria mediática imperialista, demuestra que la reacción no descansa. Opera en las pantallas, en los algoritmos y en las iglesias corporativas que lucran con el dolor de los desposeídos.
Sin embargo, mientras en las redes sociales la discusión se reduce a la estética y al consumo de consignas, en nuestras barriadas y comunidades el debate político real sigue siendo frágil. La supervivencia diaria, la violencia del narco estado y el bombardeo ideológico del capital atomizan a la masa.

Por eso, debemos hacernos la pregunta fundamental: si el agotamiento social provoca mañana un desborde insurreccional espontáneo y el pueblo cansado decide barrer a los tiranos de turno, ¿a quiénes vamos a poner en su lugar? ¿Cuál será el nuevo títere que la élite saliente nos impondrá para mantener el sistema intacto?

Si la rabia popular no cuenta con organización propia, formación política e idearios emancipadores, cualquier levantamiento corre el riesgo de ser cooptado por un nuevo caudillo demagogo o devuelto al matadero del parlamentarismo.

El fascismo no cae con discursos en el parlamento ni con decretos firmados desde un palacio. Al fascismo se le arranca la raíz cuando el pueblo consciente recupera la calle, organiza su autodefensa y construye poder popular autónomo, antipatriarcal y antiimperialista.

Es el momento de aceitar la maquinaria de la lucha y la protesta social. El respiro táctico que nos da la coyuntura no es para sentarnos a esperar las próximas elecciones; es para:

No le debemos nada a la democracia burguesa ni a sus administradores. La historia no la escriben las élites en sus despachos; la escriben las masas cuando deciden tomar su destino en sus propias manos.

¡A preparar la ofensiva popular!
Latinoamérica será la tumba del fascismo

Acción Antifascista Ecuador antifascistasecuador@riseup.net