Cosmologías Salvajes
FIG.1 Monasterio de Lenggu, en la montaña sagrada de Ge Nyen, prefectura de Litang, Sichuan. La tradición local lo vincula a Dusum Khyenpa, el primer Karmapa (1110-1193) y fundador de la escuela Karma Kagyu, cuya sede principal fue no obstante trasladada más tarde a Tsurphu, a unos 70 km de Lhasa.
A más de 4.000 metros de altitud, en la antigua región de K'am (Tíbet oriental), el monasterio de Lenggu se yergue hoy como una enigmática supervivencia. Fundado en 1164 por el primer Karmapa, Dusum Khyenpa, fue arrasado casi por completo por el Ejército Popular de Liberación en los años cincuenta. Restaurado después del 2000, hoy lo custodian apenas dos monjes. Durante una peregrinación realizada a finales de 2025, asistí a una ceremonia anual en la que el budismo y el chamanismo parecían fundirse. Ante los habitantes de las aldeas circundantes se representaba el antiguo relato de un desafío cósmico entre divinidades tántricas. A través de las oraciones, la música y las danzas de los lamas, y de una hoguera final catártica, las divinidades aceptaban permanecer en el monasterio, reconociendo su función pacificadora y transformando un conflicto ancestral en ocasión para el debate doctrinal y la práctica meditativa. Aquella experiencia —un lugar de culto engastado en el misticismo de montañas tenidas por sagradas desde hace milenios, convertido en escenario de una lucha a la vez espiritual y política— me sugirió una pregunta más amplia: ¿qué ocurre cuando un poder revolucionario, progresista y declaradamente laico se topa con espacios cuya sacralidad ha definido históricamente identidades y las formas mismas de lo político? Para responder, propongo una comparación entre dos contextos en apariencia muy distantes —Laos y el Tíbet— unidos, sin embargo, por una condición análoga: en ambos, la praxis revolucionaria no abolió la sacralidad preexistente, sino que la incorporó a una nueva narrativa nacionalista que intenta a la vez pacificar un pasado en disputa y generar riqueza mediante formas de capitalismo religioso y de la memoria. Por «capitalismo religioso y de la memoria» entiendo el proceso mediante el cual el patrimonio espiritual e histórico se convierte en un recurso simbólico y económico dentro de un sistema de producción de valor.
Sacralidad Guerrillera
En el texto anterior recorrí cerca de un siglo de historia laosiana, con la intención de ofrecer algunos puntos de partida historiográficos descolonizadores y preguntándome si la resistencia laosiana no habría generado un misticismo político-narrativo propio. Con ese fin exploré la leyenda del jefe guerrillero Kaysone Phomvihane y el relato del Museo de las Resistencias, que lo consagra como «padre de la nación» de un Laos socialista donde el budismo no se abole, sino que se integra en la doctrina nacionalista. Leí antropológicamente la biografía de Kaysone para mostrar cómo su figura portaba significados que iban mucho más allá de los del «caudillo»: marcaba el paso de la patrilinealidad de las dinastías reales laosianas a una matrilinealidad social, coherente con las prácticas de parentesco de los pueblos lao y tai (Evans 1998; Stuart-Fox 1997). Mi propósito era enlazar los sistemas políticos precoloniales —capaces de adaptarse con plasticidad a una «debilidad consciente» frente a la fuerza numérica y tecnológica de los imperios vecinos— con las atmósferas políticas posteriores a la caída de la monarquía. El Museo de las Resistencias parece decidido a reapropiarse de las tradiciones populares, reconstruyendo la esencia misma del héroe: uno que ya no surge de un linaje mítico o sagrado, sino que es forjado por el esfuerzo colectivo de la lucha de liberación. La revolución, en otras palabras, fabrica una nueva figura del pueblo: ya no el señor de la vida, el chao sivit, que heredaba de su padre honores y riquezas; ni el saksit, el hombre dotado de poderes mágicos, como lo fue Phetsarath, virrey de Luang Prabang y primer líder anticolonial del país; ni el chao fa, el caudillo mesiánico descendido del reino de los cielos, como lo fue Vang Pao, general de la CIA y del ejército monárquico, sino más bien el carisma ascético del sahai (literalmente «compañer*»), forjado en los muchos campos de batalla de Laos a lo largo de más de treinta años de guerra.
FIG.2 La entrada al refugio-caverna de Kaysone Phomvihane en Vieng Xai. El ascetismo guerrillero convierte el espacio subterráneo en un ermitorio político, manantial de un carisma que resuena con la vía ascética del budismo Theravada.
El vértice de esta construcción simbólica es el complejo de cuevas de Vieng Xai, en la provincia de Houaphan (Fig. 2). Entre 1964 y 1975, más de 30.000 personas se refugiaron allí para sobrevivir a los bombardeos estadounidenses; allí Kaysone y los cuadros del Pathet Lao dirigieron un gobierno paralelo en condiciones de extrema precariedad. Hoy las cuevas son un santuario de la historia local, que narra la vida en común: desde el retiro forzoso del mundo, a la disciplina necesaria para sobrevivir, hasta la práctica misma de la resistencia. Vivir en Vieng Xai significaba combatir tanto a Māra —la ignorancia y la tentación que, en el relato budista, tratan de apartar al Buda de la iluminación— como los bombardeos y la invasión militar. De esas memorias compartidas nace la figura híbrida de Kaysone, el asceta-guerrero, cuya cueva se reproduce fielmente en el Museo de las Resistencias; desde allí, gracias a su educación monástica, se lo presenta como alguien capaz de guiar a su pueblo no por la fuerza, sino por el ejemplo moral y la sencillez de su vida.
FIG.3 La instalación del That Luang en el Museo de las Resistencias, Vientián. La cosmología budista se reconvierte en andamiaje simbólico del proyecto revolucionario: campesinos, escuelas y centrales eléctricas ocupan el lugar de los Jātakas y de la corte real.
En el centro de una de las salas del Museo, en Vientián, se alza una de sus instalaciones más llamativas, que parece concebida para trasladar a la capital y a sus instituciones estatales la mística de las montañas de Vieng Xai. Se trata de una reproducción estilizada del That Luang —la gran estupa erigida en 1566 por el rey Setthathirath, emblema del orden cósmico del reino—, cuya base aparece poblada de escenas de lucha partisana, de construcción de presas y de campañas de alfabetización rural (Fig. 3). La estupa, que en la tradición Theravada figura el monte Meru y el universo ordenado por el dhamma, se llena aquí con la sustancia de la revolución: la modernización socialista suplanta al monarca budista como garante del orden moral, en una nueva hibridación de lo sagrado y lo político. Quizás el aspecto más innovador de esta inversión epistemológica sea que, dentro del marxismo, la revolución debe entenderse siempre también como un estado de conciencia. Aquí la conciencia permanece dentro de los preceptos budistas, pero —como observó Che Guevara en su ensayo sobre la guerra de guerrillas (1960)— atañe tanto a la comprensión de los vínculos materiales de opresión como a las cualidades morales y éticas del guerrillero, cuya aspiración es encarnar y reproducir la liberación misma que se quiere generar a partir de las relaciones comunitarias en las que está inserto. Teoría y práctica, en el marxismo como en el budismo, están inseparablemente unidas. La revolución —entendida como educación del campo, progreso técnico para todos y abandono del patriarcado real— no es solo una estructura político-económica destinada a reemplazar el viejo orden; afirma también la necesidad de un nuevo modo de vivir en común para realizarse plenamente. En un país como Laos, esto no puede ocurrir sin reconocer la cosmología budista, que debe no obstante desprenderse del proceso histórico por el cual las monarquías regionales capturaron sus enseñanzas. En este sentido, la guerra cognitiva, el gobierno de la información y, por tanto, la concientización de la población constituyeron un campo de batalla propio durante las dos guerras de Indochina. La escultura del Museo lo muestra con claridad.
That Luang, la estupa original. La parte reproducida en la escultura del museo es la aguja central, la que representa el monte Meru.
En particular, a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, la CIA lanzó la llamada «Operación Especial Pagoda». En pocos años orquestó un cambio abrupto de las jerarquías eclesiásticas de Vientián, acusadas de estar del lado del Ejército de Liberación de Laos (Ladwig, 2017). La mayoría lao de la guerrilla se había educado, en efecto, en monasterios Theravada —a menudo las únicas escuelas disponibles en las aldeas de las que provenían— y, durante toda la fase de la guerra, los monasterios desempeñaron un papel crucial en la circulación de víveres e información entre las ciudades y los refugios guerrilleros. El monasterio de aldea absorbió así la lucha de clases anticolonial: en lugar de situarse junto a las instituciones educativas francesas, marcaba la línea de fractura entre poderes externos e internos, entre la educación del pueblo y la de la élite nobiliaria. Emerge, sin embargo, con nitidez un dilema de autenticidad: durante la guerra, ¿quién estaba facultado para transmitir las enseñanzas del Buda? La pregunta no atañía a la doctrina, sobre la cual ninguna de las dos partes disentía, sino a la titularidad de la transmisión. Es exactamente el tipo de conflicto que este texto toma como objeto: no una controversia sobre el contenido, sino sobre la firma.
Hasta comienzos de los años setenta, las bombas estadounidenses alcanzaron y arrasaron varios monasterios del siglo XV en la llanura de Xiangkhouang, coetáneos de los de Luang Prabang o solo un poco más jóvenes. En los años cincuenta y sesenta, en cambio, los monasterios de Luang Prabang fueron restaurados por completo y devueltos a la vida gracias a fondos estadounidenses canalizados primero a través de la USOM y después, desde 1961, a través de USAID. Una población budista, los Phuan, fue diezmada y desplazada en su mayor parte. Los reyes de Luang Prabang, que consintieron y solicitaron los bombardeos, se presentaron entretanto como los auténticos herederos de los bodhisattvas del pasado. Tras la toma del poder por las autoridades comunistas en 1975 comenzó otra purga, esta vez para librar a los monasterios de los monjes que no habían abrazado la causa revolucionaria. Pero procesos análogos, obviamente, afectaron a vastos sectores de los aparatos públicos, de la policía al ejército, de los ministerios a las escuelas. Dos depuraciones sucesivas, conducidas por poderes opuestos, sobre la misma institución y con la misma lógica: establecer quién está autorizado a encarnar una continuidad.
La fase histórica que va de la declaración de independencia a la segunda mitad de los años Ochenta está todavía poco documentada. Buena parte de las reconstrucciones disponibles son memoriales periodísticos y crónicas recogidas a través de algunos —en verdad muy pocos— testimonios de personas que vivieron la época. El gobierno comunista buscó el aislamiento total, en parte para elaborar internamente el duelo por la catástrofe a la que se había llegado. Si es que existen, los archivos del Partido aún no están abiertos a consulta. Siguiendo entonces una mirada más amplia, lo que sucedió en aquellos años fue un complejo proceso de sustitución: la vieja nobleza terrateniente —ligada a la colonia francesa y enriquecida gracias a ella— fue desplazada por poderes emergentes procedentes de lo que hasta entonces había sido la periferia del país. La nueva dirigencia, en conjunto, era menos instruida y menos cosmopolita, y pertenecía en gran medida a la cultura campesina del país. La Guerra Fría se injertó en estos procesos y engendró lecturas marcadamente dicotómicas e irreconciliables de lo que siguió. Todavía hoy, esas narrativas divergentes generan una especie de rumor de fondo, como si las divisiones que en su día llevaron al país a la guerra civil siguieran latentes e irresueltas.
Kaysone jugando al ping-pong en el patio de la sede del Secretariado del Partido, y la casa donde pasó los últimos años de su vida —ambas en Vientián.
Inmediatamente después del fin de los enfrentamientos armados, el país padeció una de las hambrunas más duras de su historia. Siguiendo la pauta de lo ocurrido en la China maoísta, la literatura occidental sobre el tema suele atribuir las causas a la colectivización de la tierra llevada a cabo en aquellos años. Sin embargo, no existen estudios de campo capaces de resistir un escrutinio historiográfico riguroso de las fuentes. Hay, además, al menos otros tres factores que rara vez se reconocen: la súbita reducción de la tierra cultivable, la escasez de mano de obra y la ausencia de financiación para cualquier plan de reconstrucción de conjunto. En cuanto al primero, valles y arrozales debían desminarse antes de poder cultivarse, pero el naciente gobierno carecía de la tecnología necesaria, y sus aliados fueron de escasa ayuda. Por otra parte, entre 1973 y comienzos de los años ochenta, por razones tanto políticas como económicas, al menos 400.000 personas emigraron a Estados Unidos, Canadá, Francia y otros países. A estas salidas hay que sumar los muertos y mutilados de guerra —una cifra nunca establecida con certeza, que podría añadir hasta 200.000 personas al cómputo. Dado que la población lao en los años sesenta rondaba los 2,5 millones, cabe inferir sin temor que guerra y migración diezmaron drásticamente las filas de hombres y mujeres en plena edad productiva. El nuevo gobierno de Laos se enfrentó así a la tarea de reconstruir casi dos tercios del país no solo sin fondos ni planes de reconstrucción, sino habiendo perdido, además, buena parte de las competencias que habría necesitado.
No parece, por tanto, excesivo sostener que las razones por las que Laos es «el país más pobre del Sudeste Asiático» no pueden reducirse únicamente a los fracasos del gobierno comunista —como suelen hacer amplios sectores académicos de Australia, Estados Unidos y el Reino Unido, pero también de Francia, Alemania, Japón, Corea e Italia. Hay causas estructurales enraizadas en treinta años de guerra, junto con las decisiones político-económicas tomadas en aquel momento «revolucionario». Quizás el caso más elocuente de esta atmósfera —y de la persistente latencia de la guerra civil laosiana en las relaciones internas y externas del país— sea el de Sisavang Vatthana.
Conviene fijar aquí una cuestión terminológica que el resto del texto dará por adquirida. Sisavang Vong, hijo de Zakharine, subió al trono de Luang Prabang en 1904 y fue coronado siguiendo los ritos tradicionales pero, como se explica también en el texto «Más allá de la Nación», su ascenso al trono fue de inmediato impugnado por un vicio de procedimiento. El sucesor de Zakharine debería haber provenido de la familia del Upparat (el virrey), que sin embargo en aquella fase histórica resultaba demasiado próxima a los viejos protectores siameses del reino (Grant Evans 2002:77). Hasta 1930 el reino de Xiangkhouang no reconoció a Sisavang Vong como «Rey de Laos» (Wolfson-Ford 2024). Algo similar puede decirse de algunas áreas del sur del país, donde nunca se llegó a una completa aceptación de la nueva monarquía (Baird 2024). A la muerte de Sisavang Vong, en 1959, su hijo, Sisavang Vatthana, le sucedió y actuó como soberano durante toda la segunda guerra de Indochina, pero nunca fue coronado. Oficialmente la ceremonia de coronación fue aplazada varias veces por razones presupuestarias y de seguridad, y nunca tuvo lugar. En verdad, para muchos Vatthana era un rey ilegítimo, puesto que el nuevo sistema de transmisión dinástica del poder había premiado a su familia precisamente en virtud de su incondicional condescendencia hacia el poder colonial francés. En las fases agitadas que siguieron a la toma del poder por parte del Pathet Lao, algunas fuentes locales refieren sin embargo que, en 1977, él eligió afrontar las consecuencias previstas por el nuevo gobierno, muriendo en un campo deeeducación, como les ocurrió a muchos otros compatriotas en los campos o entre los escombros de sus casas.
Durante la Guerra Fría, redes próximas a las aristocracias en el exilio reelaboraron este episodio en torno a la supuesta voluntad del nuevo gobierno de ejecutar al hijo del rey y extinguir su linaje. El libro Bamboo Palace (2003), de Christopher Kremmer, ofrece una versión aceptable de esta lectura, subrayando ante todo la violación de los derechos humanos de los prisioneros, el carácter inhumano de los campos de reeducación y la deriva totalitaria del gobierno comunista de Laos. El título alude a la choza de bambú donde el rey, su consorte Khamphoui y su primogénito acabaron sus días, en Houaphan, en la propia Vieng Xai. Un detalle importante es que el bambú había sido el material de construcción más utilizado para las casas señoriales en la época precolonial y contrastaba de forma estridente con el nuevo palacio real regalado por los franceses a Sisavang Vong.
El asunto figura hoy archivado entre los documentos que pretenden probar las violaciones de derechos humanos del actual gobierno laosiano ante tribunales de Estados Unidos y ante la ONU. Cabe añadir que la reconstrucción de Kremmer se apoya en información recogida a raíz de las denuncias presentadas en Estados Unidos por miembros de un organismo institucional simbólico, el gobierno laosiano en el exilio —compuesto principalmente por antiguos colaboradores de la CIA y sus descendientes, y por la vieja nobleza franco-laosiana, incluido el sobrino de Vatthana, Soulivong Savang, que se refugió en el extranjero y hoy se ha autoproclamado rey de Laos. Este enredo judicial no es un detalle menor: proporciona un mandato que legitima «búsquedas de la verdad» en un tercer país, llevadas a cabo por órdenes, entidades o individuos no especificados, a veces con métodos poco científicos —infiltración, perfilado, recopilación de inteligencia encubierta.
En suma, más allá de las interpretaciones sobre los acontecimientos específicos, tanto el Tíbet como Laos comparten una brusca interrupción de un orden político secular —anclado tanto en el mito como en la tradición— en favor de una dirigencia emergente, procedente de viejos centros de poder en busca de revancha y de nuevas fuerzas productivas y sociales, en algunos casos formadas en el extranjero. En ambos países surge, al mismo tiempo, una alteridad mimética y foránea, el gobierno en el exilio, cuya función primordial —más allá de coordinar la diáspora— es deslegitimar al gobierno de casa. Vistas así, las trayectorias políticas de Laos y el Tíbet corren en paralelo. Ello se debe en parte al origen común de las fracturas que produjeron ambas guerras civiles: las dos siguieron a los trastornos que trajo el fin de la Segunda Guerra Mundial —el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, el desplome del colonialismo japonés en Asia, las nuevas invasiones de Vietnam del Sur y Corea, y el ascenso de nuevos poderes regionales organizados en torno a la doctrina comunista.
Situados en el marco de estos procesos regionales, el Tíbet y Laos representan los flancos más ocultos y menos conocidos de guerras de influencia mucho mayores. La historia de Vatthana, sin embargo, se opone a la del Dalai Lama en varios planos de análisis. En particular, algunas fuentes informadas a las que entrevisté sobre el tema respaldan otras interpretaciones de los acontecimientos que precedieron a su encarcelamiento. Brevemente, Vatthana fue informado de los planes para encarcelarlo y se le propuso abandonar el país. Su negativa, sin embargo, fue interpretada como un acto de reconocimiento del nuevo gobierno y también como un acto de justicia hacia el pueblo laosiano. Se trata de una posibilidad historiográfica generalmente excluida de la narrativa dominante, pero que merecería ser explorada con mayor profundidad. ¿Qué ocurriría, entonces, si lo sucedido a Vatthana, en lugar de considerarse un asesinato de Estado, se entendiera como un sacrificio ritual? No pretendo sugerir que su muerte fuera históricamente concebida u organizada como tal. Me interesa preguntar si su relato puede leerse mediante una gramática política del sacrificio y de la sustitución de la soberanía. Si, en lugar de observar el acontecimiento a través de la lente de los derechos humanos y, por tanto, de los familiares o de las personas cercanas que vivieron “la desaparición”, lo insertáramos en las estructuras sociopolíticas de los reinos precoloniales del Mekong central, ¿qué podría decirnos al respecto la historiografía?
Dos referencias ayudan a dar forma a esta pregunta. La primera es Kantorowicz: en la institución monárquica coexisten un cuerpo natural, finito y caduco, y un cuerpo político que remite a la eternidad de la institución representada. El castigo infligido a Vatthana consiste exactamente en separarlos: dejar que el cuerpo natural muera de enfermedades curables en una cabaña de bambú, mientras el cuerpo político es transferido a otra parte. La segunda es Bloch, y en particular la teoría de la «violencia de rebote» expuesta en Prey into Hunter (1992): el ritual elimina al individuo transaccional, con su vitalidad biológica y negociable, para devolver esa vitalidad capturada a una entidad trascendental, que sale de ello acrecentada. Lo que hace notable el caso laosiano es que la entidad trascendental beneficiaria no es la misma de la que provenía la víctima. La vitalidad del chao sivit no vuelve a la monarquía: pasa al pueblo que sobrevivió en las grutas y funda la República Popular de Laos.
En otras palabras, el confinamiento de Vatthana y de sus descendientes dinásticos podría representar un castigo ejemplar pero no espectacularizado, inscrito en el orden simbólico de la propia monarquía de Luang Prabang. Sin su pueblo, emigrado y expulsado de Laos, y sin el apoyo militar franco-estadounidense, el rey queda solo y morirá de hambre o de enfermedades curables, como ocurría a menudo en los campos de reeducación. Su muerte no se produce, por tanto, en Luang Prabang, donde su liderazgo carismático sigue presente en la arquitectura de la ciudad y en los recuerdos de quienes permanecieron, sino en los lugares que no supo escuchar cuando estaba en el poder. No es, por tanto, un chivo expiatorio. Su sacrificio no mantiene el orden inalterado: marca, en cambio, un nuevo comienzo.
El castigo silencioso infligido a Vatthana —morir como cualquier plebeyo— descansa, ciertamente, en la convicción de que su reinado era una impostura, su poder en vida ilegítimo, obtenido mediante maquinaciones coloniales y sostenido por una fuerza militar extranjera y espantosa. Sin embargo, también abre nuevos campos de legitimidad. Ese mismo reconocimiento del gobierno comunista es lo que hoy se pide a toda la diáspora que ha decidido regresar en estos años. A cambio, recuperan parte de sus propiedades confiscadas y la posibilidad, al fin, de vivir en paz —también en Laos. Si, no obstante, se lleva esta versión de los hechos hasta sus últimas consecuencias, el gobierno laosiano en el exilio aparecería como un artificio legalista más asimilable a un grupo paramilitar con finalidades golpistas que a una entidad política propiamente dicha: una especie de Gladio a la asiática, desplegable en cualquier momento por razones geopolíticas. Algo semejante ya existía y operaba entre Vientián y Luang Prabang en los años sesenta. Se llamaba «Momentum», y su relato lo dejaré para textos posteriores.
FIG.4 El primer ministro de Laos, Sonexay Siphandone, y su esposa Vandala durante el Tak Bat matutino, el día de la carrera de barcas del Festival de 2025 en Luang Prabang, Laos.
Imaginar el Tíbet
En el Tíbet, el gobierno en el exilio —aunque respaldado por los mismos actores internacionales— actúa y se legitima mediante medios y formas muy distintos. La cuestión es aquí más polifacética, pues monasterios, linajes de reencarnación, familias aristocráticas, redes comerciales y autoridades políticas llevan mucho tiempo entrelazados. Tampoco el budismo tibetano ha sido nunca una realidad uniforme: abarca tradiciones diversas —Nyingma, Kagyu, Sakya, Gelug y muchas más— y se desarrolló en regiones cuyas relaciones políticas mudaban sin cesar: Ü-Tsang, K'am, Amdo, Mongolia, el Himalaya, Sichuan, Yunnan, Qinghai y Nepal. En este sentido, el territorio que llamamos Tíbet, que ocupa cerca de un tercio de China, nunca emergió en su larguísima historia como una entidad política unitaria. Durante siglos fue terreno de disputa entre emperadores mongoles y chinos, antes de pasar a formar parte de China bajo la dinastía Qing, gozar de una breve independencia tras la caída de esta y ser finalmente absorbido por Pekín con el ascenso del maoísmo. A lo largo de su historia milenaria, las poblaciones locales —a menudo aisladas durante largos períodos del año— conservaron no obstante amplias formas de autonomía cultural. Las instituciones monásticas tibetanas eran lugares de culto, sí, pero también escuelas, archivos, centros económicos y nodos diplomáticos. Su autonomía se apoyaba en la capacidad de formar personas, conservar textos, administrar donaciones y mantener vínculos con comunidades dispersas por territorios inmensos.
El Nuevo Monasterio de Lenggu se encuentra a unas tres horas de camino valle abajo desde el antiguo. En él viven casi cien monjes. En la foto, la hoguera final que permite a las divinidades regresar al monasterio.
La historia de los propios Karmapas pertenece a una de las escuelas más antiguas del budismo tibetano. Hasta el ascenso de los Dalai Lamas y de la escuela Gelug en el siglo XVII, la escuela Kagyu de Dusum Khyenpa fue la corriente más autorizada del budismo tibetano. Se la reconocía en buena parte del Asia budista, hasta el sur de la India, sobre todo por su profundo arraigo en la práctica yóguica y meditativa y en un vínculo maestro-discípulo intensamente estrecho. Es precisamente a los Karmapas a quienes se debe el origen del sistema de sucesión eclesiástica por reencarnación —desde siempre fuente de fascinación para los observadores occidentales del Tíbet. La práctica se ideó para salvaguardar la independencia de los monasterios frente a las influencias externas, creando una sucesión del poder gestionada por completo por autoridades eclesiásticas. Aun así, los niños se elegían a menudo entre las familias de los terratenientes más ricos y de la aristocracia tibetana, hecho que delataba una tensión constitutiva en el seno de los propios monasterios.
En el siglo XVII, por ejemplo, el ascenso del Quinto Dalai Lama y de la escuela Gelug se produjo en medio de alianzas militares y políticas. En 1642, el caudillo mongol Gushri Khan intervino en favor de la coalición Gelug y derrotó a los poderes rivales de Tsang, próximos a la escuela Karma Kagyu. El Décimo Karmapa se vio obligado a huir. No es un episodio marginal —todo lo contrario: como siempre, las luchas por el dominio del mundo del imaginario y por la supremacía teológica exigen alianzas políticas y militares. Pero la escuela Gelug produjo también un sofisticado aparato de gobierno, integrado por 175 monjes y 175 laicos procedentes de las principales familias aristocráticas del Tíbet. En su cúspide estaban los Dalai Lamas —ni simples reyes ni meros monjes. Su autoridad descansaba en la creencia de que eran emanaciones de Avalokiteśvara, el bodhisattva de la compasión, pero también en el sistema administrativo que presidían —fundado en planes de estudio rigurosos, el debate filosófico y la disciplina vinaya— y en alianzas con familias poderosas y en relaciones con potencias regionales.
Hasta finales del siglo XIX, las familias principales del país eran cinco; las familias pertenecientes al linaje de los Dalai Lamas eran seis. Afirmar que los abades eran a menudo descendientes de las familias más importantes de la región es, por tanto, correcto. Algunos estudios de historia tibetana llegan incluso a compararlos con señores feudales —una etiqueta que habría que afinar caso por caso. En general, la tensión entre la función «antinepotista» del tulku y el riesgo de una sublimación simbólica de la dinastía se hallaba en la base misma de la institución de los Dalai Lamas. Al fin y al cabo, la relación lama-patrón (en tibetano cho-yon) era un vínculo simbólico recíproco entre un soberano budista y un maestro espiritual: constituía la forma más elemental de los ordenamientos tibetanos del poder, un espacio de indeterminación entre lo sagrado y lo político del que se extraían prestigio y autoridad personales. La ascendencia mítica sostenía, sin duda, el éxito y, con él, la riqueza y la capacidad de acumulación de las familias más nobles. Pero es igualmente cierto que estos vínculos eran vitales para los propios monasterios, pues generaban los flujos de donaciones imprescindibles para mantener y ampliar sus edificios y sus escuelas.
Monjes en círculo que, con música y oraciones, purifican el monasterio y hacen posible un nuevo comienzo.
Precisamente aquí reside otro rasgo distintivo de las formas de poder centradas en el monasterio propias de la región: la escuela. El monasterio era el vértice de un rígido sistema pedagógico, en el que los niños elegidos a temprana edad se formaban en las prácticas espirituales que los conducirían a la iluminación y al cumplimiento de su destino monástico —y, a veces, real. Los Dalai Lamas se educaban en el arte de gobernar a través del budismo, según un modelo que evoca los mitos narrados en las cortes y templos de muchas monarquías del Sudeste Asiático, entre ellas los reinos del Mekong central.
Como ya se señaló a propósito de las pinturas del Wat Sisaket de Vientián, todo el sim del complejo está decorado con frescos que narran la historia de un reino coronado, en su cúspide, por un bodhisattva. Entre las principales cortes del Sudeste Asiático del siglo XVII, el buen rey indianizado se representa casi invariablemente como un bodhisattva y, en cuanto tal, su poder absoluto está limitado únicamente por las enseñanzas del Buda, es decir, por el Sangha (los monjes). Estamos en una dimensión sacral del carisma real, producida por las pedagogías religiosas, que gira en torno a la capacidad del soberano para conquistar las almas de sus súbditos —esto es, para hacerse creer genuinamente un líder ético y divino. De ahí nacen sistemas de gobierno «relacionales» y «comunicativos», fundados primero en el imaginario y luego en lo simbólico, que se expanden por influencia desde centros gravitacionales y no solo mediante el control territorial.
En el Tíbet, sin embargo, este mecanismo da un salto categorial: el Dalai Lama encarnaba la idea de la pureza absoluta del soberano, no un poder absoluto. Nos hallamos ante lo que Tambiah (1976) denominó una «polity galáctica», en la que el centro no gobierna directamente un territorio, sino que irradia un poder moral que se debilita con la distancia. Bien mirada, esta forma de poder entrañaba una innovación radical: la dinastía ya no era descendencia biológica, sino una comunidad espiritual encarnada. De este vuelco de las reglas dinásticas surgió una suerte de propiedad transgeneracional, incorporada a los monasterios y legitimada por la práctica religiosa de una élite de elegidos. El Potala de Lhasa —como el monasterio de Songzanlin, el «pequeño Potala» fundado en 1679 bajo el patrocinio del Quinto Dalai Lama cerca de Shangri-La— albergaba un poder a la vez ultraterreno y administrativo, un poder que no descendía ni de un mandato divino ni de una elección popular: era la ancestralidad la que, reencarnándose en el Dalai Lama, se hacía gobierno. No era, pues, ni una sharía budista ni el mandato del cielo de los emperadores chinos, sino más bien —a mi juicio— la legitimación popular de un régimen pedagógico monástico, a un tiempo abierto y elitista.
Monasterio de Songzanlin, el “pequeño Potala”, Shangri-La, Yunnan
En la base de todo esto está la lengua tibetana clásica y su función central en el canon, la liturgia, la educación monástica y la transmisión de la memoria religiosa. Por eso los monasterios seguirán siendo siempre incubadoras de una «tibetanidad» que sobrevive a la voluntad política de cualquier gobierno: su papel no brota solo del número de monjes o de la magnificencia de sus edificios, sino de su capacidad para salvaguardar vocabularios, prácticas, genealogías y formas de autoridad que, por su propia naturaleza, exceden cualquier límite impuesto. Si el chino ha sido durante siglos la lingua franca del comercio, el tibetano clásico pertenece a los monjes vajrayana igual que el pali a los monjes theravada más dados al estudio. La diferencia doctrinal en torno a las «lenguas» del Buda es probablemente lo que más nítidamente separa a los dos vehículos. En el vajrayana, sin embargo, el culto a los lamas sigue siendo una parte importante de la pedagogía monástica en todas las escuelas; de ahí que el tibetano clásico continúe siendo un elemento portante de la enseñanza. En muchos casos, los monasterios se convierten con el tiempo en santuarios de los propios abades que en ellos vivieron: un ejemplo elocuente es el monasterio de Dongzhulin, cerca de Benzilan, en Yunnan, fundado para consagrar el paso de la escuela Kagyu a la Gelug también en las zonas centrales de la región, cuya ascensión ritual conduce a las tumbas de los dos lamas que lo fundaron en 1667. Conviene notar que las prácticas sacralizadoras son comunes a muchas religiones: la budeidad, como la santidad, genera arquetipos que la comunidad sistematiza y transmite en formas diversas. Pero mientras que en los monasterios theravada el imaginario está dominado por el Buda histórico, sus mudras y los relatos de sus vidas anteriores, los monasterios tibetanos son además un vasto relicario de monjes, enseñanzas, leyendas y textos producidos entre sus muros —un patrimonio cultural y filosófico aún en gran medida por explorar.
Monasterio de Dongzhulin, Benzilan, Yunnan
Lo que importa a los fines de este ensayo es que el poder irradiado por los monasterios —articulado y difundido mediante alianzas con entidades políticas de todo tipo— posee una formidable arquitectura imaginaria. En el pasado, los Dalai Lamas eran recibidos en Pekín como verdaderas estrellas de su tiempo: miles de personas acudían en tropel a la ciudad para vislumbrar al Buda viviente y recibir, quizás, una bendición y algo de buena fortuna. Los emperadores captaron enseguida el poder oculto de estas figuras sacralizadas de la política: tener al Dalai Lama de su lado era una forma de apoyo popular de la que cualquier poder podía beneficiarse. Los Dalai Lamas, a su vez, pudieron edificar un reino religioso sobre el carisma conferido por la tradición —un caso bastante singular en la región, que algunos estudiosos comparan con la Ciudad del Vaticano.
La reconciliación del Ejército de Liberación con los monjes tibetanos: una estatua expuesta en el patio del ayuntamiento de Shangri-La, en Yunnan.
Admitiendo que estas consideraciones generales resulten aceptables, o al menos suficientemente interesantes, quisiera ahora adentrarme en el tema principal de este texto: la autenticidad. Quisiera es decir confrontar los dos casos presentados a través de algunos aspectos esenciales de la autenticidad del poder, lo que creo será uno de los futuros campos de batalla del mundo.