ARTE POÉTICA

La poesía habita el mundo. Los versos, el poema. Versos que también son mundo.

La poesía puede flectar la dureza de las palabras. Y sin embargo, en el exceso retórico de la representación, las palabras son arrojadas al precipicio de los significados, y cualquier cosa puede significar cualquier cosa.

Creo que la poesía es la extensión de algo más, algo inconfesable, pero que sin embargo está ahí, imbricado en sus metáforas. El misterio, pues, no reside en el poema. Habita en la luz, en la gota de agua, en la estrella peregrina. Nosotros somos meros instrumentos de la poesía. Y el poema es su herramienta. Un medio para habitarla y comprenderla.

A veces, la inextricable madeja de símbolos nos impide acceder a la verdad. Pero, ¿cuál es esa verdad? Cambia cada vez que se pronuncia, cada vez que cuestiona el mundo, cada vez que lo conjura. No sé para qué escribo esto. A nadie le importa dónde se encuentra la magia, o si esta magia existe, porque la evidencia de su influjo es escasa. Lo único, lo cuantificable, se resuelve sin misterios. El conocimiento ha sido decodificado en un sistema que resuelve los problemas con un solo clic. ¿Para qué necesitaríamos invocar los versos, escuchar sus viejas historias? La pantalla es el nuevo placebo de los tontos, esa droga que nos aleja del peligro, y nos evita el sufrimiento. Si la poesía desaparece de este mundo, una vez liberados del cuerpo físico, el poema se volverá transparente; otro artículo fabricado por el algoritmo universal. Ya no quedará espacio para lo incognoscible, nuestro mayor misterio. Entonces, la poesía habrá muerto con nosotros, y con ella, la alquimia de transmutar el universo de lo cotidiano a objetos poéticos, arrebatándonos los sentimientos que nos hicieron animales humanos, alguna vez.

Imagino que este texto también desaparecerá. O tal vez, se hallará perdido como una botella en el océano, esperando en vano su destinatario, en un mundo extinto, que nosotros habremos clausurado.