las causas de la triztesa

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La poesía habita el mundo, el poema habita sus versos. Los versos tambien son mundo. La poesía es mi karma, mi piedra en el estómago, mi gozo absoluto, mi impronunciable deseo. Y sin embargo, odio la retórica excesiva de los sentimientos, las palabras arrojadas al precipicio de los significados, porque cualquier cosa puede significar cualquier cosa. Creo en el poema como la extensión de algo más, algo que no se puede confesar abiertamente, y sin embargo, algo imposible de borrar. El misterio no reside en el poema. Habita en la luz, en la gota de agua, en la estrella peregrina. Nosotros somos meros instrumentos de la poesía. Y el poema es la herramienta. Un medio para comprenderla y hacerla vivir entre nosotros. A veces, la inextricable madeja de símbolos nos impide ver el fondo de su verdad. Pero, ¿cuál es la verdad? Cambia cada vez que se pronuncia, cada vez que cuestiona el mundo, cada vez que lo conjura. No sé para qué escribo todo esto. A nadie le importa dónde se encuentra la magia, o si la magia existe, porque la evidencia de su influjo es escasa. Lo único, lo tangible y lo cuantificable, se resuelve sin misterios. El conocimiento ha sido decodificado, organizado, estructurado en un sistema que resuelve los problemas con un solo clic. ¿Para qué necesitaríamos de la invocación de los versos, de la escucha, de las viejas historias? La pantalla es el nuevo placebo, la nueva droga que nos aleja del peligro, y nos evita el sufrimiento. Si el poema desaparece de este mundo una vez que nos hayamos despojado del cuerpo físico, de nuestras sensaciones primitivas para acceder a otro nivel de conciencia, si la poesía se convierte en otra respuesta calculada de la memoria universal y transparente, ya no quedará espacio para lo ignoto, para nuestro mayor misterio. Entonces, la poesía habrá muerto con nosotros, con nuestra animalidad, con la posibilidad de convertir lo cotidiano en un objeto poético, con todos los sentimientos que nos hicieron humanos alguna vez.

Imagino que este texto también desaparecerá. O tal vez, se habrá perdido como una botella en el océano, esperando en vano su destinatario, en un mundo extinto, que nosotros habremos deshecho.

-Como no cerremos las ventanas, se llenará la casa de polvo- le dijo a Lucero su esposa, que aún no acababa de cerrar la maleta. -Dale mujer, ya no hay tiempo, vestíte y vámonos.-

Detrás de un gran portón amarillo, los rayos del sol penetraban el fondo del garaje, iluminando el interior del patio. Lucero había cerrado las persianas del comedor, y ya no se veían sino delgados filones de luz, dibujando trayectorias de polvo suspendidas en la penumbra. La bodega de herramientas, al fondo de la casa, permanecía indiferente a ese extraño mediodía. Cuando los hijos aún vivían con ellos, se la pasaban corriendo entre los estantes, colmados de tuercas y alicates, forrados en mangos plásticos de colores transparentes, cuchillas carniceras y candados y llaves de todas las medidas. Ahora, aquellos objetos no tenían importancia, ya nadie compraría ese tipo de cosas. Con la última caravana al oeste, apenas si quedaban comercios en la ciudad. Lucero hubiera podido mantener su clientela aún cuándo ya no tuviera proveedores por un buen tiempo; tenía un arsenal de artículos y chucherías para vender por años, y calculando el poco tiempo que les quedaba, hubieran sobrevivido dignamente. Pero era tarde también para ellos. De hecho, eran casi los últimos en marchar.

-No hace falta más nada ¿Hasta dónde pensás que llegaremos con el coche?– le preguntó a su esposa, Elena, mientras llenaba una caja con varias botellas con agua.

-No lo sé, hasta San Luis?. Tenemos que salir de la provincia. Después, buscaremos la caravana. Estoy seguro que vamos a llegar, no te preocupes.-

Elena inclinó la cabeza. Sabía tan bien como él que no llegarían más allá del conurbano. Sin un guía resultaba muy peligroso evadir las avenidas bloqueadas, y lo más probable era que, por su edad, les confinaran a la zona más cercana al río, llevándolos a una muerte segura.

Ella quiso consolarlo, pero una densa nube comenzaba a soplar desde el sudeste y era necesario alejarse de la ribera.

A esa hora, Elena acostumbraba dormir la siesta junto a su Lucero. Era el único momento que podían disfrutar juntos, cuando el barrio se quedaba en silencio, hasta las cuatro o cinco de la tarde, dependiendo del calor. Una pesada sensación de humedad confundía las imágenes, desvanecidas en esa maldita nube cobriza que los obligaba a dejar atrás, la memoria de un pasado que comenzaba a borrarse para siempre.

-¿Te acordás de los chicos? ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos todos?– El automóvil no quería arrancar. Lucero intentó ajustar una bujía mientras su mujer le daba al contacto con un destornillador. Una vez encendieron el motor, subieron al coche; algunas cosas que no cabían en el maletero quedaron abandonadas en el portón, como los últimos testigos de su partida. Atrás, quedaba el barrio, las casas y esas calles vacías que ya no existirán más.

La ciudad parece un enjambre de ruinas y escombros.

-Tengo miedo- dijo Elena, aferrándose al hombro de su compañero.

-Tranquila, al menos estamos juntos, ¿no?. – replicó.

Elena sonrió aliviada. Su marido le brindaba contención. Pocas veces se sintió desamparada o sola, aún cuando Lucero hasta hace unos años trabajaba como viajante de comercio. Viajaba todas las semanas, por los pueblos de la provincia, siempre lejos, trabajando. Su relación se basaba en el reencuentro, y era esa distancia la que mantenía la unión.

Cuando atravesaron el puente de Avellaneda, vieron la columna de humo que acechaba desde el río; una bocanada oscura que entraba por el riachuelo, cubriendo todo el bajo de Buenos Aires; La Boca, Barracas sur, y hasta algunos edificios de San Telmo. Apenas se veían las torres del nuevo puerto. La costa se había sumergido en una masa de lodo, asomando aún algunos bloques mutilados por la avalancha. Para sorpresa de ambos, los primeros bloqueos habían sido levantados. En algunos tramos, la ciudad parecía intacta. Lucero apretó el acelerador. Supo desconfiar del silencio.

Una columna de humo y fuego a unos doscientos metros los obligó a detenerse. Elena quiso bajarse del auto, pero Lucero la detuvo; “no perdamos tiempo, si queremos salir, tenemos que pasar”... El automóvil, viejo y casi desahuciado, emitió un rugido como animal. Lucero aceleró y, como si fueran a estrellarse, atravesaron la negra cortina y la confusión se disipó. Más allá, la carretera. Y la incertidumbre de lo que vendrá.

Lucero y su esposa viajaron durante toda la noche y todo el día siguiente. El agua escaseaba pero tenían bidones de combustible como para llegar hasta la cordillera de los Andes. Unos mil kilómetros de llano y soledad. Les dolía la cabeza por la pesadez del aire, y el calor era sofocante en la ruta. Al atardecer, la única luz visible en el horizonte, era la del vehículo atravesando la vastedad de la pampa.

Unos días antes de que se cortara internet, habían escuchado que una gran caravana se dirigía a la costa del pacifico, en el lado chileno. Allí, habrían recalado algunos barcos de carga que supuestamente sobrevivieron al “evento”. Decía el comunicado, que desde allí podrían llevarlos a una orilla segura, quizás en la descongelada Antártica. Ese era el objetivo, llegar a la cordillera y unirse a la caravana. A pesar del verano y las altas temperaturas en Buenos Aires, en la cordillera habían metros de nieve, producida por un efecto invernadero inverso, que la convertían en un murallón infranqueable. Por eso, se había organizado una gran caravana, en un masivo intento por atravesarla. Y hacia allá se dirigían, desde toda la pampa húmeda hasta las faldas de Los Andes, intentando acoplarse al convoy. Sin embargo, desde que salieron de la capital solo habían visto desolación y muerte.

Durante días estuvieron recorriendo tramos intermitentes por la ruta nacional y otras rutas alternativas. Los bloqueos habían sido levantados, o sencillamente estaban desiertos. Lucero miraba los mismos paisajes que había recorrido tantas veces. Recordaba los pueblos que visitaba regularmente, los rostros de sus clientes, gente laburante, como él, dueños de pequeños negocios, personas que habían desaparecido, o que habían huido, o quién sabe. En una plaza de esos pueblos, se detuvieron a almorzar. Rescataron unas latas de comida y botellas de agua de un almacén cercano y Elena improvisó una suerte de ensalada con verduras en lata.

-Es lo más fresco que hemos comido en tres días- dijo con resignación.

-Gracias- respondió Lucero, aunque hubiese preferido decir algo más, pedirle algo de vino, o tal vez un poco más de pan. Ambos llevaban días comiendo chatarras en bolsa, o lo que fuera que iban rescatando en el viaje.

De pronto, en medio de la plaza vacía, apareció un venado o un pudú, o una capibara, o algo parecido a un enorme roedor de cuatro patas. Lucero tenía un revólver del 48 que había recibido en parte de pago de un cliente y estaba por ir a buscarlo a la guantera cuando Elena le dijo:

-Dejalo, tiene derecho a vivir, igual que nosotros. – Lucero la miró, conteniendo la voz, porque hubiera querido decirle, “mujer, es nuestra única oportunidad, ese animal nos puede dar comida para una semana, no te pongas así…” pero no dijo nada. Ella tenía razón.

Durante los siguientes tres días apenas bebieron agua y comieron unas latas de frijoles con salsa de tomate. El frío comenzaba a sentirse a los pies de las montañas, que se asomaban en el horizonte como gigantes blancos a punto de tragárselos.

-La caravana- dijo Elena.

Muy a lo lejos, vieron un grupo considerable de coches y el humo de algunas fogatas. No podían reconocer a esa distancia si se trataba o no de la caravana. Serían unos quince o veinte kilómetros, entrando en el valle precordillerano. Primero, deberían repostar agua y provisionarse de víveres, antes de encarar el ascenso a la cordillera.

La caravana era una colosal fila de automóviles, casas rodantes, camiones y hasta algunos microbuses, que se extendían por la carretera en ambos lados por unos diez o quince kilómetros. Como el convoy era muy extenso, al parecer se había convenido en dejar distancia de unos 10 metros entre un vehículo y otro, en caso que hubiera que bajar rápido de la montaña, evitando un fatal atasco. Pero la caravana no se movía. Desde lejos, veían la enorme columna de vehículos congelados y algunos neumáticos quemándose en la vereda del camino. A medida que se acercaban, descubrieron con horror que los vehículos estaban vacíos. No había nadie, tan solo autos abandonados a su suerte. Elena se estremeció, pensando que tal vez debían abandonar la idea de cruzar. Arriba, en la montaña, una tormenta de nieve les impedía ver la huella del camino. -Vamos a tener que seguir hasta donde podamos. Tené fe, lo vamos a lograr.– dijo Lucero, con la voz que le temblaba de frío y de miedo, mientras pensaba, en su interior, que no tenía la menor idea de lo que les esperaba. Elena recordó unas vacaciones en Mar del Plata. Su hijo el mayor, que en esa época era el único, estaba jugando en la playa. En un momento de descuido, el niño se acercó peligrosamente a la orilla. Y de un momento a otro, estaba tratando de zafarse de las olas. Casi muere ahogado, y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital. En el trayecto, que para Elena duró siglos, pensaba que lo perdería. Gracias a los primeros auxilios, el niño se recuperó sin problemas. Esa misma angustia sentía ahora, al ver, a lo lejos, la desolada caravana.

El valle se abría al pie de la cordillera como una herida blanca. La nieve, endurecida por el viento, brillaba bajo una luz inmóvil, y el aire era espeso, envuelto en un silencio mineral, donde los sonidos parecían extinguirse más allá de la inquietante pasividad. Lucero y Elena detuvieron el coche, a un costado de lo que alguna vez fue la ruta: una cinta gris que se perdía entre montículos de hielo y rocas.

Las huellas de la caravana se borraban y reaparecían entre la escarcha. Cuando finalmente llegaron a la cabecera de aquellos restos, no supieron si alegrarse o temer. Había tiendas de lona desplomadas, carros volcados, ropas endurecidas por el hielo. Ningún movimiento, ningún fuego, ni una sola voz humana. Lucero bajó del coche. Lo que vio al borde de la huella lo estremeció. Trató de decirle a Elena que no se bajara, pero ella lo siguió, abrazada a una manta. Había allí varios cuerpos esparcidos, cubiertos por la escarcha, algunos abrazados, otros medio ocultos bajo la nieve. No había llanto, ni tampoco dolor. Todo parecía suspendido en una eternidad muda. Caminaron unos pasos en silencio, sin saber qué decir, preguntándose, tal vez, cómo seguir adelante.

Entonces lo oyeron. Un sonido breve, casi imperceptible. Un gemido que se confundía con el viento. Elena giró sobre sí misma, buscando de dónde provenía. Detrás de un carro volcado, cubierto por un trozo de lona azul, algo se movía. Lucero levantó el plástico con cuidado: allí, entre mantas húmedas y una caja de madera rota, un bebé, con la piel enrojecida por el frío, los labios morados y los ojos entreabiertos, aún respiraba.

Elena lo tomó en brazos con una mezcla de miedo y ternura. El niño abrió la boca y dejó escapar un sonido ronco, salvaje, que más parecía un gruñido. Lucero lo miró con asombro.

-Parece un lobito del monte…-murmuró.

Lo envolvieron en la manta, y Elena lo acercó a su pecho, temblando. -Es una niña.-

Lucero asintió. No tenía ya palabras. Solo una sensación extraña, entre alivio y condena.

Volvieron al coche. Afuera, la luz comenzaba a desvanecerse detrás de las montañas. Subieron el cuerpo diminuto al asiento trasero, lo acomodaron sobre un abrigo viejo y encendieron el motor. El sonido del vehículo rompió por un instante el silencio del valle.

-¿Y ahora?– preguntó Elena, mirando el horizonte, blanco e interminable. Lucero miró hacia adelante. La cordillera se alzaba como un muro sin salida.

-Seguimos -dijo simplemente-. Hasta donde podamos.

La nieve comenzaba a cubrir el parabrisas, el motor se esforzaba, y el viento soplaba con una violencia seca, sin dirección. Al cabo de unos pocos kilómetros, el coche se detuvo. El combustible se había acabado.

Lucero intentó infructuosamente encender el motor. Afuera, el viento ululaba como un animal lejano. Se miraron sin hablar.

Entonces, casi al unísono, abrieron las puertas. Elena cubrió al bebé con todas las mantas, lo dejó dentro del coche, bien envuelto, junto a la botella de agua medio llena. Se inclinó y lo besó en la frente.

Lucero le tocó el hombro.

-Vamos.– dijo, sin mirar atrás.

Salieron del auto y comenzaron a caminar hacia la ladera nevada. Sus figuras, desdibujadas entre la ventisca, se iba volviendo pequeñas, hasta desvanecerse en la blancura infinita de la nieve.

Dentro del vehículo, el bebé siguió respirando, con un ritmo pausado, casi animal. Su aliento empañaba el vidrio frío, dibujando formas que el viento borraba enseguida. La nieve empezó a cubrir el coche por completo, reduciéndolo poco a poco a un montículo blanco en medio del valle.

El silencio regresó. Lucero se detuvo. La tormenta se había vuelto una pared de luz blanca, tan intensa que no se distinguía el cielo del suelo. Elena se acercó y le tomó la mano.

-Mirá -dijo ella-. No hay arriba ni abajo. Solo hay luz.

Él asintió.

-Tal vez así es morir -respondió-. No hay fin, ni principio. Solo esto. Cerraron los ojos. El viento los cubrió.

El coche parecía reflejar esa misma quietud, como si el mundo entero hubiera quedado suspendido dentro de un espejo de nieve. Lucero miró una última vez hacia atrás, y por un momento creyó ver luz dentro del coche.

Después, siguieron caminando.

A la velocidad a la que se mueve el cuerpo de los automóviles, deja tras su paso una estela borrosa de calor. Tan solo unos centímetros lo separan del rugir de los tubos de escape, y como si fuera a huir de algo que aún no sabe qué es, vuelve a girar las caderas y esquiva el bombazo de aire de un colectivo en mitad de la cuadra.

Las luces encorvadas de los postes parecen coronar esta pompa fúnebre de taxis vacíos, a la espera de pasajeros que nunca llegan, mientras deambulan con la esperanza de un viaje que los salve del cadáver de otra noche velada en silencio, o a solas con la radio. La calle se extiende sobre una hilera de focos amarillos que se pierden en en el fondo de la avenida, y tu cuerpo, es decir tu carne, aletea con violencia hacia el origen esas luces, en una absurda carrera por alcanzar el último farol de la cuadra. Caminas dando torpes zancadas, hasta que tu silueta es tragada por un halo de luz, justo sobre las vías del tren: el escaso tráfico se ha detenido ante la valla con una resignación casi solemne. La locomotora y su colosal cuerpo se acercan en la oscuridad, silenciando el rugido de los motores, que esperan a salvo detrás de la barrera, la columna que avanza hacia la próxima estación.

Tú permaneces estático, como congelado. Alguien te hace señales, mientras la luz de la locomotora expande su rayo alrededor de tu silueta, iluminada sobre los durmientes, como suspendida en el aire. El convoy avanza, mientras otro a lo lejos grita: —¡Sal de ahí, boludo, te van a aplastar!

Entonces, te giras, y al girar ya no vemos al tren, solo vemos su luz gruesa y esa mole oscura estampado tu cuerpo sin tocarlo, como si los rieles se hubieran movido, o algo así. Y en ese espacio ínfimo entre tu cuerpo y los fierros calientes, el tiempo se desdobla. La enorme masa negra del vagón se entremete a un palmo de tu rostro, y el traqueteo rítmico de las ruedas sobre las juntas, libera un olor a aceite quemado que se te mete por la nariz como un recuerdo de la infancia. Sientes el vértigo de estar vivo, en el único lugar donde no deberías estarlo. Cada vagón te confirma que hoy no. Todavía no. La muerte pasa tan cerca que puedes olerla, pero no puede tocarte. No porque te la perdone, sino porque no te ha visto. Eres invisible para ella, como otro fantasma de la noche. Eso te produce una tristeza sin nombre, la tristeza de saber que ni siquiera la muerte se digna a matarte.

La luz se estrecha mientras el muro de sombras avanza. Su resplandor proyecta sombras desde los vagones; los rostros de los pocos pasajeros ojean hacia afuera con cierto recelo apático. Desde sus ventanillas, observan encapsulados el vacío. Ese ir y venir que los separa de todo lo demás. La tierra tiembla bajo los rieles y te dan cosquillas en los pies. Te ríes. Te estremeces. Con los ojos cerrados, tu cuerpo que percibe la vibración, es ahora casi imperceptible. El tren se aleja por la oscura vía con su luz y su fuerza inmutables. Tienes miedo, ¿pero de qué?

El último vagón desaparece. La barrera se levanta. Los motores vuelven a rugir, y tú sigues ahí, plantado sobre las vías, como si el tren se hubiera dejado algo, o te hubiera quitado algo, no sabes bien qué. Tiemblas. Te miras los pies: estás ahí, sobre los rieles, sobre el mundo. No estás muerto. Tampoco estás vivo, o no lo estás del todo. Estás en el limbo que hay entre una cosa y otra, ese lugar donde viven los que ya no quieren vivir, pero tampoco se atreven a morir. El lugar donde viven los cobardes, piensas. O los que todavía tienen algo que hacer, no lo sabes.

Caminas. No sabes hacia dónde. Los autos te esquivan, los semáforos cambian de rojo a verde, de verde a amarillo, de amarillo a rojo, y tú, deambulas entre ellos, como si el movimiento fuera lo único que te mantiene en pie. Una nube alcanza por casualidad la avenida y comienza a llover. Tus pies, pesados por el agua, intentan alcanzar el semáforo, y acabar de una vez con todo, incluso con este relato, pero tropiezas en medio de los automóviles que te esquivan, alertando a bocinazos ese obstáculo, ese bulto indemne que eres tú, y tus lágrimas son pequeñas ante tanto mar. Por fin, te levantas y alcanzas como puedes el otro extremo de la calle. Salvo algunos autos frenéticos, la noche solo ofrece silencios; silencio de mundo, no de ruidos.

Y el mundo parece haberse reducido a un café medio desierto. Un oscuro techo cubierto de enredaderas cubre el nombre del lugar y el único farol a la distancia. En la puerta dice: «Se prohíbe fumar, se prohíbe hablar con el mesero, se prohíbe regar de piropos a la cocinera, se prohíbe el baño a clientes de otro bar».

—Déme algo para sentirme mejor. Acabo de fracasar en un intento de suicidio.

—Sí, claro, a esta hora siempre vienen diciendo lo mismo. Después se van sin pagar la cuenta. Como si yo tuviera compasión por los locos. No señor, váyase de aquí antes de que llame a la policía, o pague de antemano y siéntese tranquilo. No quiero problemas.

—Tengo un arma.

—No le creo… usted no tiene cara de dispararle a nadie.

—Está bien, deme un submarino… y un corto de ron.

Del otro lado de la ventana, la lluvia carecía de peligro. Era más bien una imagen idealizada, como de un clásico de los cincuenta. Algunos taxis desparramaban la corriente en todas direcciones, inundando la vereda. El alero del bar era un buen sitio para cubrirse de la lluvia, que caía copiosamente sobre la ciudad.

Tus ojos, ahogados de rabia y fracaso, observan la calle. El eco se prolonga en las paredes y los espejos, y sabes que será imposible cumplir con tu final. ¿No será demasiado sufrimiento? No. Aún no has visto nada. Tus ojos se fijan en un rostro que te observa desde afuera. Es un niño, de unos ocho años, que ausculta los manjares que se exhiben detrás del mostrador. Desliza su lengua por sus labios mojados, y bebiéndose la lluvia trata de sentir esos sabores, imaginar esos aromas preciosos y distantes. Entonces tu mirada se cruza con la del niño y su rostro enjuto te hace sentir miserable. El cuadro es penoso, y aun así encierra una extraña belleza.

Como en cualquier barrio de Bogotá, Montevideo o Buenos Aires, millones sobreviven a la tragedia del vivir en el sur. Y como si esto fuera poco, la historia se repite una y otra vez. El niño te busca con un gesto de compasión y te señala con el dedo un pastelillo en la vitrina. Entonces, bajas la vista y tomas otro sorbo de leche, evitando el gesto con la misma apatía de los demás.

¿Y si fuera Santiago?, por decir otra ciudad. ¿Y si solo fuera un barrio, una calle cualquiera, y este café para capear la lluvia?

¿Y si no fuera más que otro conflicto sin historia? ¿Qué más puede pretender un hombre que no quiere vivir? En principio nada más que el fin del conflicto. La causa de la acción es hasta cierto punto impredecible. Todo es contexto alrededor de la situación. Entonces, comienzo a creer más en esta historia. Instantáneamente me veo allí, escribiendo este relato junto al ventanal. Veo la lluvia, veo al niño mojándose los pies, descalzos, y siento vergüenza de mí mismo, de lo que estoy a punto de crear.

De pronto, la silueta del joven suicida se levanta del asiento, bebe de un trago el vaso de ron y se dirige al baño. Yo observo al mesero, que ojea la calle con la misma indiferencia que a todos sus clientes. El niño también lo observa, pero a mí no me ve. Parece como si este azaroso encuentro literario estuviera destinado a fracasar. Algunas personas, un grupo de estudiantes, sentados en la mesa del fondo, acaparan el bullicio del ambiente. El niño va a intentar meter su cabeza en la vidriera cuando el mesero lleve los platos a la cocina. Ya está entrando y nadie le ofrece resistencia. Es más, nadie siente compasión por su esfuerzo. Sigiloso, el pequeño se escabulle entre las piernas de una persona que sale del café y penetra hasta la vitrina del mostrador. Yo he llegado hasta su lado, invisible, y he tratado de oír su voz. Hasta la lluvia se ha apagado un instante para que el silencio inunde en la escena.

La sombra, desenfrenada y estéril del joven suicida irrumpe violentamente entre las mesas. El cuerpo, que arde por dentro, súbitamente se dirige al centro del salón, con un arma en la mano. Yo intento agarrarlo de los brazos, del cuello, las piernas, pero soy invisible, ya no existo en esta historia. El mesero ha descubierto al niño que, aprovechando la confusión, intenta meterse unos pastelitos en el bolsillo del pantalón. Entonces el mesero comienza a corretearlo con la cuchara de palo.

—¡Fuera de aquí, mocoso! —le grita.

De espaldas, el joven suicida, mirando fríamente al niño, intenta retomar la acción, pero algo confuso e inexplicable le impide moverse. De un momento a otro, su mente se ha entumecido. El miedo lo acorrala y no sabe qué, no sabe cómo. Todo ocurre como en cámara lenta; el cañón frío del arma sube hasta su sien, cuando escucha la voz del mesero que viene gritando:

—¡Policía, ladrón!

Entre los gritos del garzón, la frenada de un taxi y el bocinazo de un bus que hace retumbar los vidrios, se produce el desenlace. En menos de un segundo, las miradas del niño y del joven se cruzan por última vez. En ese mismo instante, en que el mecero intenta atrapar al niño, en ese giro inconsciente del brazo derecho, es que la mano dispara el gatillo.

Pero el disparo no sale.

O sale, pero no da en nadie. La bala se incrusta en el techo, en la madera, en el aire, en ningún lugar. El estruendo sacude el café, hace callar a los estudiantes, hace que el garzón suelte la cuchara de palo y quedándose con la boca abierta. Pero nadie cae. Nadie se desangra. El niño sigue de pie, con dos pastelillos apretados contra el pecho, mirando al hombre que tiene un arma humeante en la mano y los ojos llenos de lágrimas.

El joven suicida baja el brazo. La pistola le pesa como si fuera de plomo. Mira al niño. El niño lo mira a él. No hay compasión en esa mirada, ni miedo, ni reproche. Es algo más simple y más terrible: reconocimiento. El niño sabe quién es este joven. Lo ha visto antes. No a él, en particular, sino a todos los que son como él: los que se esconden, los que se rinden, los que ya no pueden más. Y él, a su vez, ve en el niño lo que él mismo fue: la intemperie, la humillación, la supervivencia. Ve a un ser que no tiene nada y que, aun así, sigue aquí.

El mesero rompe el silencio con un grito:

-¡Largo de aquí ustedes dos! ¡Antes de que llame a la policía!

Entonces, guardas el arma en la cintura. El niño no se mueve. Le haces un gesto con la cabeza, hacia la puerta. El niño entiende. Salen juntos, bajo la lluvia, mientras el mesero sigue gritando improperios que ya nadie escucha. Afuera, la noche es una cortina de agua. El alero del bar es lo único que los cubre. Te acuclillas en el suelo, con la espalda contra la pared. El niño te imita, a un metro de distancia, sin mirarte. Durante un rato solo se oye la lluvia, los autos, el mundo.

Entonces, el niño saca un pastelito aplastado del pantalón. Lo parte en dos. Te ofrece la mitad. No dices nada. Tomas el pedazo con los dedos temblorosos y te lo llevas a la boca. Sabe a azúcar, a harina, a nada. Sabe a algo que ya no recordabas: algo que se comparte.

El niño come su mitad en silencio, mirando la calle. Nadie dice nada. No hace falta. La lluvia sigue cayendo sobre taxis vacíos, sobre trenes que viajas hacia otra estación. Y tú, piensas en el tren que te pasó por encima, sin tocarte, en la muerte que pasó de largo, y en que mañana, tal vez, tendrás que intentarlo de nuevo. Pero no hoy.

El niño se ha quedado medio dormido con la cabeza contra tu hombro. La lluvia ha dejado de caer. Y por primera vez en mucho tiempo, piensas en no morir. Piensas en el sabor a nada del pastelillo, en el peso de ese niño sobre tu hombro. Y piensas que, a lo mejor, todavía hay algo que hacer.

El cielo sobre la ciudad, empieza a clarear. Y en la vitrina del café, reflejado en el ventanal, un hombre observa la escena. Escribe. Borra. Vuelve a escribir. Al final, deja escritos unos garabatos en la servilleta húmeda, una frase deslavada en tinta donde se leen solo dos palabras: “hoy no.”

Me estruja el recuerdo de tus besos, de invocar en vano nuestro pacto invisible, amarrado a esa yegua de la medianoche, a ese sueño del que no he despertado, desde que naufragamos en esta isla. Sediento de amarte una vez más, aún siento el olor de tus manos, acariciándome la espalda, tus manos pequeñas, bañadas en sangre, condensando la energía que danza como esquirlas del hombre que fui, del cuerpo que anidó en otras orillas y en otros labios. Me revuelve el estómago pensar que ya no estarás, como el fantasma que desvelaba a los pájaros, aves noctámbulas que planeaban el bosque, y mi corazón incendiado volviéndose cenizas, pasto para las vacas, trigo que nace pan. No sé si serás sol o agujero negro. Pero sé que fuiste la gota de sangre que derritió la nieve, camino a nuestra casa. Permíteme resucitar entre los vivos y elevarme a tu estirpe de sirena. Permíteme abrir surcos en tu suelo, y plantar más hijos rebeldes, más fogatas en el horizonte. Permite que me vuelva otra vez un salvaje, para reunirme con las semillas. Deja que sea yo mismo, el animal que ronda los peñascos, el felino que mora en las cuevas y que por las noches vuelve a ser un cazador. Así, tal vez no cometa más crímenes, más infracciones de tránsito, más clics innecesarios. Prefiero seguir detrás del vidrio, que en el reflejo de esta pantalla oscura. Prefiero las ruedas, los zapatos rotos a los asientos cómodos de primera clase. Prefiero los fierros a los gatos de porcelana, los gritos al silencio del gesto que tapa el sol un dedo soberbio. Prefiero tu boca dentro de mis hendiduras, tu beso húmedo en la noche, tu salvia de tu luna llena, esa bilis que me corre hacia el centro, obligándome a salir aullando por las esquinas, despertando a los vecinos, con un grito que les devuelva el cuerpo al alma que perdieron. Prefiero otra vez la libertad de ser nadie y no ser siervo de mis anhelos, anhelos que se perderán con mi cuerpo y las hojas este cuaderno, con sus páginas sin terminar, como un árbol deshojado, a modo de burdo testamento.

Miranda tuvo un presentimiento. Había sentido esas pulsiones, ese temblor que arrancaba debajo de la piel, como un cosquilleo que emana por los poros, y que no la dejó dormir en toda la noche. Su marido, recostado en el borde de la cama, siempre a punto de caerse, como si quisiera salir de ese cuadrilátero que tantos rounds habían combatido, parecía exhausto, como un bulto descuidado y mal hecho. Ella, se levantó en silencio y se vistió lentamente en el baño. Se miró al espejo. Sobre el moretón en la mejilla, se deslizaba una lágrima densa, que cayó al suelo haciendo un ruido seco, lapidario. Sacó una billetera del cajón del velador y supo que después de ese momento, no volvería a ver nunca más aquella habitación espantosa y ese cuerpo desplomado, que desde hacía varias horas había dejado de respirar. Cerró la puerta. En la calle, la esperaba un amanecer sombrío de invierno, y un frio que se había alargado por años, aunque por fin, podía percibir un soplo un aire tibio, que se elevaba como una corriente hacia el fondo de la avenida, tras el tono rojizo del amanecer, en la ciudad que despertaba.

Existe un pasaje entre tu ojo y el mío. Un agujero más pequeño que el tamaño de tu espíritu, volátil e inamible. A través de él, observo el otro lado, transpuesto hacia una luz oscura, imposible de descubrir en el destello infinito de galaxias y explosiones cósmicas. Veo millones de astros, desvaneciéndose en una gama de colores imposibles, y me resigno a entender, a que me digan algo de nosotros. Prefiero mantener el misterio, mantenerme alejado de tí, como un astronauta alelado ante el vacío. Sobre tu desprecio, el que hace de mi ruina tu triunfo personal, puede que lo merezca, o que lo haya buscado al encontrarte. Nuestro tiempo y esta página se acercan a su fin. Comprendo que es inútil luchar contra los fantasmas. Sólo son recuerdos que insisten en aparecer sin anunciarse. Sin duda, nada detiene su paso hacia la creación y la ruptura.

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Evocando a Freud, o más bien invocando sus teorías, el escritor se pregunta si el psicoanálisis puede afectar en algún modo su escritura. La felicidad no está en una puta botella, piensa o dice o se escucha a sí mismo, mientras desabraza lentamente su cuerpo de la almohada.

Ha escrito una novela en pocas semanas, impelido por una fuerza externa, que lo arrastra hacia la última frase de la historia, obligándolo a desplegar toda su energía solo para llenar unas cuantas páginas blancas que tiene la impresión, nadie leerá.

No obstante, pasa noches enteras escribiendo, y durante las horas del día frecuenta bibliotecas en busca de un rayo de inspiración. La ficción extraída del sustrato de lo cotidiano también produce un extraño efecto en el escritor, cada día más comprometido con una tarea que considera imposible de acabar. Se ha tomado el trabajo de corregir el libro tres, cuatro, cinco veces, y ha sometido su mente a un desgaste extremo. Está agotado, diluido en sus análisis. Lo único que le motiva a seguir adelante, es su obsesión por no dejar nada a medias. Entonces, para aprovechar mejor el tiempo, piensa en dividirse.

1

El escritor de adentro considera que solo es posible una rebelión radical de la acción literaria, mientras que el escritor de afuera prefiere ser más cauto y pedir consejo a los especialistas. Especialistas. Una palabra que el escritor de adentro está decidido a no incluir en su parte de la obra, por considerarla inconsistente.

Al tachar las frases, cuestiona las relaciones entre los conceptos; ¿qué sentido tiene el orden impuesto del lenguaje? ¿acaso un papel escrito pudiera prescindir de su significado para adoptar uno nuevo y radicalmente distinto? ¿Dónde quedó el verdadero significado de las palabras y las cosas? ¿qué querrán decir esos garabatos, cuando no queda otra forma de hacerse comprender por los demás? El escritor de afuera cree que su adversario político es el único capaz de responder a ello, ese literato de vuelo rasante, escritorcillo de mesa cuadrada, condenado a frases célebres que a nadie terminan de convencer. El escritor de adentro se apoya en su hombro. No te preocupes, le dice, aquí solo estamos los dos.

2

La crítica. Esa innominable categoría de los que consideran buenas ciertas obras y otras no. ¿Y dónde encaja aquella literatura que no puede clasificarse porque atenta contra las formas impuestas de la expresión, que bajo la tutela de lo inteligible ejecuta órdenes taxativas al comportamiento de esas frases? Es curioso que aquellas obras excéntricas e incomprensibles queden dentro de la primera clasificación, mientras que todo lo que atenta contra la coherencia narrativa, sea incluido en la pila infinita de libros que nunca se leerán. Como si fueran delirios escritos por locos Quijanos sin ningún apego a la sintaxis, sino más bien entregados al sádico instinto de escupir arbitrariamente la ficción. El escritor de afuera se pregunta hasta qué punto uno no depende de lo otro y viceversa. Si de tanto en tanto no puede extraerse de toda esta mierda un producto digno de las vitrinas, ¿para qué escribir?

3

El público aplaude levantándose de sus asientos. ¿A qué se debe semejante alegría? ¿Ha sido el concierto una obra maestra? Pues para la gran mayoría, sí. En cambio, el escritor de afuera continúa ansioso, como si la música no acallara las frases que reverberan en su cerebro. Su acompañante, una joven estudiante de filología, no ha notado ningún cambio en el escritor. Es más, siempre lo ha considerado un ser opaco y aburrido. Mas no por ello deja de ejercer una extraña atracción. Guarda la secreta esperanza de que, en el fondo, sea un niño temeroso y sumiso. Pero eso es difícil saberlo. Apenas conoce de él lo que dicta en sus clases de la universidad. Y de ello habla constantemente, como una manera de no hablar de otra cosa. En cambio, el escritor no piensa en ella como una mujer en busca de estabilidad y protección, sino que siente un irrefrenable deseo carnal, pero platónico, al menos en la práctica. Es una de las mujeres que aparecen en su novela, pero con 20 años de más. Ella no lo sabe ni lo adivina, y continuarán yendo, o no, al cine o al teatro el primer viernes de cada mes y entre ellos, lo sabe, jamás pasará nada.

4

La historia es más importante que la realidad. Por más que necesite comer, desear, ser amado, el escritor de afuera vive sumergido en la niebla. Una niebla oscura, por cierto, porque hay neblinas claras que son como un manto benigno donde uno puede llegar a esconderse y hasta sentir su contención. Pero esta niebla no, es densa y oscura y en ella el escritor se siente perdido. ¿Hasta cuándo volverá a escribir las mismas frases? ¿Hasta cuándo va a utilizar los mismos recursos y tópicos que tanto le fastidian pero que no consigue abandonar? Hay noches en que se representa a sí mismo como un personaje de su obra, y eso lo hace sentir auténtico. En esos instantes, el escritor de adentro ha traspasado la frontera y en ese campo de batalla puede que se derrame menos sangre y menos palabras, y que todo el sufrimiento acumulado durante años prospere en algo parecido a la sensación de libertad.

5

El escritor de adentro piensa en suicidarse. Para qué continuar con esta farsa, se dice a sí mismo, y automáticamente su pensamiento queda escrito en una página sin numerar. Todo tiene sentido con la muerte, susurra, sin querer decirlo demasiadas veces o demasiado alto, como para que no se convierta en otra sentencia literaria. Pero es lo único cierto, cierto en tanto que todo lo demás es una burda mentira.

6

El escritor de afuera mira desde la ventana de un tren. Observa la velocidad, escucha el cuerpo de ese tren, desplazándose por una extensa llanura donde nada ha sido nombrado aún. En ese territorio, atravesado por el tren, pero donde no existen los mapas, habita un tiempo sin cadenas. El viaje le recuerda algo que no sabe bien si vivió o si lo había escrito. Afuera el sonido desaparece ante el lento oscilar de los rieles. Viajando a gran velocidad parece que no se moviera el mundo, o es que uno permanece quieto ante el vertiginoso movimiento. El escritor piensa lo difícil que es sobrevivir en un universo tan grande cargando una existencia tan pequeña. El sueño lo recorre con el mismo oscilar de las vías, acurrucándolo hasta perderlo en un paisaje en miniatura, una especie de maqueta en la que el escritor, de tamaño natural, observa las pequeñas gentes desarrollando su vida cotidiana. Vaya mierda, piensa desde lejos, más arriba de los edificios y las torres, hamacado en esa esponjosa nube blanca, hasta que sus pies, vistos desde lo alto, son atraídos hacia el suelo, estrellándose contra el pavimento de manera que no recuerda que es lo último que soñó.

7

Adentro el impacto sonó como un trueno. Esa mañana el frío había entrado a la pieza, se había colado entre las sábanas y había tocado su cuerpo, justo quizás en el momento de caer. El escritor de adentro solo pudo pronunciar una palabra, cuyo eco no llegó a oídos del escritor de afuera, a quién el sueño había sorprendido a tal punto, que esa mañana despertó con fiebre. Es tu culpa, le dijo a su espejo, ahora demasiado parecido a él mismo como para reconocerlo cuando lo vio atravesar la habitación, desnudo y con una toalla en la mano. Me voy a dar una ducha, le dijo, ¿vienes?

8

Ella tenía una sola exigencia. Después del espectáculo, él la llevaría a caminar por algún parque cualquiera. A ella le gustaba caminar junto a él, siempre. Al escritor esto le parecía un tanto extravagante, pero caminar, caminar es algo tan simple que lo aceptaba como un acto natural. Ella pensaba que consentirle en su capricho redundaría en un cierto grado de control sobre él, en un intento de tomar cierta ventaja. Es verdad que en este juego de roles o piezas de tablero, el escenario de los conflictos humanos, se exige la mitad del cuerpo de uno y la mitad del alma del otro, a cambio de una porción de amor, necesaria para vivir, es cierto.

9

A las cuatro de la madrugada tocaron el timbre. El escritor escribía, sí, pero a estas alturas, el diálogo con las palabras sobrevolaba una atmósfera enrarecida por el insomnio y la fiebre, que lo mantenía en un cúmulo de premisas sin solución. Hacia dónde vamos, consumidos por la rutina, esclavos de pequeños e insignificantes logros personales, y a dónde va a terminar todo esto… escribió antes de que tocaran el timbre por segunda vez. Debe ser tu amiga, dijo el escritor de adentro, que leía recostado en la cama una novela. A estas horas quién más podría ser. -No te metas en esto-, le respondió, con un tono que resultó desafiante. De todas formas, era ella, ella en sus todas sus formas. Ella, tibia piel y pechos de amapola, parada en la puerta de su casa, llorando. Qué te pasa, le dijo el escritor, sorprendido no tanto por su aparición, sino por algo que le daba un áurea de ausencia, de no estar allí sino más bien lejos de esa puerta y de ese pasillo, en esa noche helada. Te llamé varias veces, le dijo, aunque su voz era otra, como la de un fantasma. ¿Virginia?, Estoy muy preocupada por ti, le dijo. Pasa. El escritor de adentro se acercó a ella, abrazándola hasta la sala, quitándole el abrigo mientras el escritor de afuera preparaba un té. Ella los miraba sin detenerse en ninguno de los dos, como tanteando. Sus manos, cercanas casualmente en el movimiento, anudaron sus cuerpos en tres, en dos, en uno. Amor, esa palabra que el escritor de afuera desconoce, y que puede incluso deseara, -aunque fuese al menos dentro de su condenado libro-, apareció escrita en su frente con la persistencia de un faro que avista el precipicio.

10

Eran sus ojos dos témpanos de hielo, como dos icebergs azules, transparentes. En el interior de esas capas sumergidas, una voz le susurra ideas desesperadas, ideas que obedecen a otros márgenes, a otros trazos de eventos que se han diluido en la superficie, hundiéndose en el frío, ocultas bajo ese permanente faro sobre el agua, siempre en movimiento, deshaciéndose poco a poco, como toda materia viva. Al final de eso se trata, ¿no? reclamaba constantemente la voz. La temperatura de sus pensamientos comenzaba a deshielar su cuerpo, un cuerpo que era, o es, aquello que oculto entre esas dos figuras, embrutece tanto las palabras que es imposible coordinar acción y deseo; las ideas que subyacen a ese cuerpo son más poderosas y más elocuentes que cualquier prosaico intento de embellecer la miserable existencia suya y la de sus pares, olvidados en la vorágine de un tiempo que se borra, donde todo ocurre tal vez para ser devorado por el océano, corroído por la sal y el viento y las tormentas marinas. Entonces, aquella mole blanca comienza a rajarse, a abrirse y a desmembrarse en sus brazos. El escritor de adentro, testigo silencioso de aquel naufragio, pronunció un último discurso en un idioma extraño, o en un diálogo imposible con el escritor de afuera, tan lejos ya de su alcance como aquel náufrago que cuelga de un trozo de madera y que, llevado por la corriente hacia la inmensidad de un mar tempestuoso, siente la imposibilidad de mantenerse a flote. Su cuerpo, o el de ella ahora, entregándose a la deriva de las olas, se desprende de la capa que lo mantuvo a flote durante tantos años, y aparece otra figura, aferrada con furia a esos últimos segundos, arrastrando una larga y frágil cabellera que se extiende como una aurora de espuma sobre la mar salada. La escena parece fundirse con la realidad, ahora más terrible e inexorable que las pretensiones de aquel profesor de literatura. Pobre hombre, se dijo a sí mismo. Tienes razón, estás maldito, dijo el escritor de adentro, conmovido y tal vez avergonzado de su otredad. No se puede desandar aquello que ya estaba escrito, pensaron ambos, en una última línea de una página sin terminar.

1 Yo no cuento historias, escribo conjuros. Voces que descienden de mi cabeza hasta la punta de mis pies. Por donde piso surgen nuevas palabras, expresiones del bosque enredadas como hiedras, susurrándome la dirección que debo seguir, o si debo detenerme.

Soy parte de este relato. En todas sus líneas fluye mi sangre, la raíz de todo aquello que crece hacia el fondo del agua, obedeciendo a esa gravedad que busca en la orilla, un espacio para colmarse.

Aunque nada me pertenece, yo tampoco pertenezco a ningún sitio.

Y me pregunto, ¿de dónde vienen mis imaginarios? Si han sido impuestos, a fuerza de doctrinas, o si los he imaginado yo realmente. Y de cuáles podría desprenderme para responder a tu pregunta; si soy lo que soy, ¿se lo debo al mundo o el mundo me lo debe a mí?.

He nacido producto del amor, pero he vivido rodeada de odio. Se apagaron todas las luces, viajo sola en esta nave oscura.

Las máquinas ejecutan la acción mecánica de un orden abstracto; seleccionar, deshacer, copiar, pegar. Los humanos somos cada vez más dependientes de estas acciones. Creo entender el sentido de las redes sociales; son un medio para anular al individuo y convertirlo en su espejo, atrapándolo en el círculo de su alimentar propia introspección, donde todo pasa por el filtro de una identidad aislada de su cuerpo real, conectada con otros islotes, igualmente anexados al vacío. Enmascarados en la proyección, el acto de verse es más bien el de la mirada autorreferencial, que exige cada vez más imágenes y cada vez menos imaginarios, reduciendo lo colectivo a una suma de likes, a una interfaz diseñada para perderse en un distorsionado reflejo.

Mucho tiempo estuve convencido de no pertenecer a ningún lugar. Pertenecer es, en cierto modo, subordinarse a ser parte del paisaje. Y yo quería ser el paisaje. Quise. Pero solo soy un nombre inscrito en una placa de identificación. Y yo no quiero ser “ese” número, no quiero ser “esa” cifra. En gran parte, mi vida ha sido una fuga permanente de lo que soy hacia lo que quiero ser, o por lo que quiero ser reconocido. Pero la verdadera fuga implica romper con las cargas que son ese lenguaje común, los tópicos de la vida cotidiana. Pero, mientras una partícula de mí siga atada a esas convenciones absurdas, será siempre el retorno la única y verdadera huida, el único escape, la gran desilusión. La verdadera historia está allá afuera.

Pero, ¿hacia dónde debo ir, si acabo de llegar? Y ¿cómo he de volver, si jamás me fui?

Viajo en dos partes. Una siempre se queda, la otra, por el contrario, está permanentemente huyendo, atrapada en esa interminable carrera para encontrar el último sendero, la última experiencia. Viajo con dos mochilas, la que dejé en algún lugar, y la que recoge todo en el camino. Un palo, una piedra, un perro amigo, una conversación. Como la última y la primera, cada una de esas experiencias ha llenado mi existencia. Lo pasajero no es desechable, menos cuando se convierte en un instante bello, un rito que enciende mi espíritu cada vez que la invoco, y ninguna fotografía podrá retratar ese momento. Es más, lo destroza cada vez que veo en él, ese reflejo egocéntrico, esa sonrisa esbozada mil veces para la cámara, un momento que no difiere de otros, porque todos son el mismo ensayo de la felicidad. El goce viene y desaparece tras ser recorrido, tras ser visto por enésima vez. Luego, pasas a la siguiente imagen, y otro tiempo irrumpe, otro recuerdo violento ya pasó. Entonces, nada puede detener al tiempo, porque todo se diluye en melancolía. Convertimos al presente en una simple y llana extrañeza. Como algo que nunca pasó.

Miro hacia atrás para comprender cómo he llegado hasta aquí. En medio del bosque cerrado, a plena luz de luna, la rabia y la tristeza se pierden como sombras chinescas, que chocan contra los troncos arrasados por algún viento cetrino, y siento mi cuerpo más liviano. La sangre corre aceleradamente y mis latidos se confunden con el croar de las ranas nocturnas. Camino sin zapatos. El suelo está húmedo y frío, y siento ese temblor que viene del volcán y que recorre las raíces hasta mi cuerpo, para susurrarme los secretos de esta noche, con la voz bajita, para no despertar a los pillanes sagrados.

2 Amanece. La bruma descorre el velo de la noche entre escarpadas rocas y árboles ancianos que parecen colgar de las nubes. A lo lejos, se acerca una lluvia fina que va reverdeciendo los cerros. Las hojas brillan cuando el sol aparece entre los nubarrones, y no sabemos si es el momento de sacar una foto y posar ante el paisaje, o de simplemente ser parte del paisaje.

Entonces entramos en el bosque, o el bosque entra en nosotras. Caminamos en medio de troncos enormes, blancos como los huesos de algún animal prehistórico, troncos removidos del silencio, aún erguidos, para contarnos relatos de aciagas tormentas, donde aquellos que deambulan por esos senderos, no deben ni siquiera ser nombrados. La oscuridad devuelve a la tierra sus misterios, y en ese andar por el bosque, percibí nuestra pequeñez ante la edad de ese tiempo. Si quisiera devolver mis pasos hacia atrás, debería cuidarme de no cubrir las mismas huellas, de no tapar el rastro que otros dejaron, aún a sabiendas que el tiempo y la lluvia las borrarán por nosotros.

No supe decir que no. Me amaron pero también colapsé, como el luchador que cae abatido en el último round. Tengo la certeza de haber perdido el tiempo, pero es absurdo cuestionarlo. No se recupera lo perdido, pero la nostalgia transmuta esas imágenes en nuevos artefactos de la memoria, inútiles en tanto recuerdos inconexos, pero que funcionan como un remedio para curar mi tristeza. Aún quedan rezagos de esos latidos, a pesar de todo.

Esta página podría estar de más, si no fuera porque la escribo en una noche de insomnio, perdida toda la esperanza de conciliar un buen sueño, temiendo caer en otra de esas pesadillas espesas, donde suelo ser testigo de cosas horribles, aunque nunca pierda la sensatez. Pienso que en algún lugar fui feliz, aunque la felicidad sea eso que no sabemos que existe hasta que ya se ha ido. La felicidad, ese dulce sueño antes de la próxima agonía.

A Ramiro lo conocimos como se conocen los verdaderos amigos, por ventura o por magia. Porque vino a aparecer un día en la vereda, entumecido por el invierno, enroscado como una ensaimada delante del portón, mirándome con sus ojos entornados. Conjeturamos acerca de su origen, de si venía de la casa de algún vecinx, o si se había perdido en el bosque, o si literalmente había llegado desde otra dimensión, con un mensaje indescifrable hasta ese momento para nosotrxs.

Esa mañana, estaba del otro lado de la reja, mirándome con su cuerpo helado y vi que tenía una herida en los testículos. Le dejé un plato de comida, pensando que eso podría animarlo. Dos días después ya se había arrimado al sillón dentro la casa, y aunque no fue desde el primer momento aceptado por los demás habitantes del hogar, se fue ganando su merecido espacio como parte de la familia.

Creo que nos convertimos en buenos amigos. Era tan sensible, que cuando había una situación un poco tensa -y vaya que si las hubo- gemía como si le doliera el alma. Su mirada me convenció de que en otra vida nos habíamos conocido, o que al menos sabía perfectamente qué significaba ser como yo. Quiero decir, como un animal humano.

Nos acompañaba a todas partes, salvo por una excepción; jamás se subía a los autos. A las pocas semanas que llegó, una señora se ofreció para llevárselo a otro hogar, dado que ya éramos bastantes en la casa. Había llegado a nuestras vidas de forma provisoria para que se recuperara de sus heridas, y decidimos dárselo a una vecina del pueblo que se comprometió a cuidarlo. La señora vino en su auto y apenas Ramiro la vio, se fue a esconder debajo de la casa. Fue imposible sacarlo de ahí. A la semana siguiente volvió y él estaba en el sillón, así que lo abracé y lo subí al auto de la señora con una sensación que me rompía el alma, porque sentía que empezaba a quererlo como se quiere a un hermano, a un compañero de ruta. La señora se fue y dos horas más tarde regresó con Ramiro, que se bajó del auto corriendo, moviendo sus orejas con una innegable expresión de alegría, mientras la señora nos pedía disculpas, diciéndonos que había sido un error intentar llevárselo. Dijo que lloró todo el camino y que le había vomitado medio auto por dentro. Entonces supe que él tenía que quedarse con nosotros.

Anoche soñé contigo, Ramiro. Sé que los últimos días fueron tormentosos. Sé que alguien te hizo daño en la patita y sospecho que fue uno de los vecinos mala onda, por haberte comido una de sus gallinas. Anoche soñé contigo y en el sueño me dijeron que te habías ido. Por eso te mando este mensaje, para decirte que estoy bien, que te quiero mucho, y que te extraño. No se si volveremos a vernos, pero sé que conectamos y ni tú ni yo olvidaremos nunca esa profunda amistad. Donde quiera que estés, que la suerte te acompañe siempre, Comandante Ramiro, Compañero del Alma.

Atando el nudo de su corbata, Antonio recuerda lo que le dijo su compañera al despertar. Mujer a la que amaba con total ceguera, como solo se puede amar en la vida, una vida que a Antonio le parecía ser simple y llana hipocresía. No comprendió sus palabras, esa mañana, mientras se vestía en el baño. Tampoco las comprendió después, cuando corrió por las escaleras, pensando que llegaría tarde al trabajo otra vez, y entonces el sueño se quedaría atrapado en el pensamiento de ella, mientras terminaba de soñarlo, para ir borrándose, unos segundos después de abrir los ojos, y desaparecer, definitivamente, cuando él había cerrado la puerta. Si el mensaje de ese sueño era importante, pensó él, ella lo llamaría por teléfono.

Aquella mañana la ciudad despertó brumosa y pesada. Era lunes y los lunes todo se mueve más rápido, concatenando compromisos previos con las próximas actividades, y el humor de la gente oscila entre la desesperanza y el tedio de sus trabajos cien por ciento mecánicos e inútiles. Cada semana se reproducía igual a la anterior. Cada día era una previsión de la siguiente. En suma, todo se desarrollaba de manera más bien circular. La sociedad entera funcionaba como un reloj. Antonio se consideraba una pieza más de ese engranaje social, y si no fuera por ella, por ese amor incondicional que le tenía, hubiese desistido de continuar con esa asfixiante rutina. Ella era un motivo suficiente para transformar su gris existencia en radiante claridad. No veía las cosas negativamente, sino más bien se negaba a crear una mala imagen de sí mismo y de los que le rodeaban. Era el tipo de persona que acepta las cosas tal como son. En el fondo, creía que la gente hacía lo que hacía por amor. Si se mataban unos a otros, era por exceso de pasión.

“Anoche soñé con pingüinos. Llegaron volando sobre los edificios. Miles de pingüinos de ojos rasgados y oscuros. Los vi descender por la calle, y quedarse allí. Los vi como descansaban después de nadar por los aires, hinchados de alegría. Me vi en ese instante como si fuera uno de ellos. Volé como un pájaro sin alas sobre la ciudadela. Atardecía y una espectacular aureola de nubes de colores vibraba en la arena de una playa que el viento se encargaría poco a poco de borrar.”

Al mediodía, Antonio sale a comprar unos artículos para la oficina. Baja por el ascensor. En el cuarto piso sube una mujer. En el tercero suben dos señoras de la limpieza y un oficinista senior. En el segundo piso no sube nadie. Cuando llegan a la planta baja, Antonio rompe el silencio del vestíbulo con pasos firmes, reverberando en el suelo brillante de mármol, mientras las señoras de la limpieza lo miran con cierto aire compasivo.

Deambula por el fondo de la vereda. Enciende un cigarrillo y lo apaga enseguida. Pasa por la puerta de una librería y decide seguir. Más adelante, encontrará otra vitrina, que también dejará pasar. Camina varias cuadras, hasta que de pronto se hace tarde. Está oscureciendo. En una esquina que desconoce se detiene. No sabe cuánto ha caminado. De pronto suena el celular. “Hola, si, tuve un accidente. Me llevaron al hospital. Como que me golpeé en la cabeza. Tardaron haciéndome exámenes, al final me dijeron que no tenía nada, pero tengo que guardar reposo unos días. Debo estar hasta el miércoles en el hospital, cualquier cosa me llaman allá.” Cuelga abruptamente. Ahora piensa que, de no volver al trabajo en tres días, mejor será no volver nunca más.

La primera noche Antonio durmió en el parque. Con los pesos que le quedaban, compró un paquete de cigarrillos, una botella de jugo y un encendedor. Guardó las últimas monedas para hacer un llamado telefónico. Al día siguiente, su ropa parecía un poco gastada, con olor a calle y a noche. Al pensar en su mujer, en aquella frase esquiva que solo supo evocar con una imagen, un signo que mantenía oculto en su memoria por considerarlo desagradable. A diferencia de esas imágenes que representan una idea, casi siempre breves y vanas, las suyas eran más bien vívidas proyecciones, persistentes, no burdos soportes de la realidad, sino imagenes concretas, que transformaban su resignación en un deseo de liberarse de la falsa imagen de si mismo y de todo lo que le rodeaba. Entonces, se dió cuenta que ella tenía razón. Siempre la tuvo, se dijo. Eres menos de lo que quieres y más de lo que crees, se dijo, como si fuera una misteriosa sentencia o una revelación. Siguió vagando por las calles, ahora con esa frase compuesta en su cabeza, casi sonámbulo, hasta quedarse dormido entre las matas de un parque.

Al tercer día, volvería a la oficina como mecánicamente, sin llamar la atención de nadie. Pero esta vez volvería transformado en un demonio cuya cola se arrastra por los pasillos y deja un olor a mierda y azufre impregnado en los sofás, en las sillas tapizadas de ese horrible color azul, ese incómodo azul de milico que no se parece en nada al cielo que soñaba, y al bosque que se olía en su cuerpo tras las noches entre los arbustos del parque. No tenía intenciones de herir a nadie, aunque su sola presencia reflejara una ausencia insoportable. Desenfundó un cuchillo que había robado en la cocina de un hotel, no sabe bien cómo había entrado allí, pero el hecho es que su mano empuñaba el filo con total naturalidad. Se propuso asesinar al dueño o al gerente, aunque fuese en sí misma una empresa imposible, ya que los guardias lo detendrían antes de llegar al pasillo. Entonces comenzó a cortar los cables de red que conectan las computadoras con el servidor central, y de paso rajar esos inmundos muebles mientras recordaba vagamente a su compañera, aunque era esa frase maldita la que le hacía eco, como si fuese un conjuro o un acertijo para abrir un portal, por el cual escapar de toda esa vida de mierda, que jamás pudo hacerlo feliz. Y allí estaba, tratando de sacarse de encima a los guardias y los empleados, que en un gesto de heroísmo intentaron detenerlo, no para ayudarlo, no para contener su ira, sino para defender su maldito puesto de trabajo, su miserable posición de clase que los mantenía siempre al margen de sus verdaderos deseos. Más de alguno sintió que esa espontánea rebeldía se apoderaba de su espíritu, pero se contuvo, mientras, un grupo de paramédicos le sujetaban los brazos con una camisa de fuerza que poco a poco le cortaba la respiración. El nudo de la corbata aún le apretaba el pecho y sintió asfixia, como si fuera un condenado a la horca.

Descompuesto, pero liberado de toda culpa, esgrimió un graznido de pájaro, o de un animal que se sabe camino al matadero. Después, un silencio culposo se apoderó de los pasillos, para luego de un instante, retomar el compás frenético de la rutina habitual.