las causas de la triztesa

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Él aún no lo sabe, pero dentro de sí habita un monstruo. Detrás de esa afable sonrisa, se esconde un demonio que clama por salir en cualquier momento, y romper la costura de su cuerpo torpe y desproporcionado. Desde niño tuvo extremidades largas y una mirada perdida, sin horizonte. En cierto sentido, su forma presagiaba ese semblante oscuro y vacío, carente de amor.

Su padre siempre le hizo sentir poca cosa. Empresario con nervios de acero y hábil para los negocios, conducía el negocio familiar desde hacía 25 años, tras la muerte de su abuelo, el fundador de la compañía. Su madre, en cambio, una mujer judía con estudios en Yale y una gran capacidad para enseñar, era una persona débil de carácter. Ella le iba a instruir en el camino de la rectitud moral y las normas civilizadas de una familia burguesa. Pero moriría en un trágico accidente cuando él tenía 14 años.

El estilo de su padre, negociante frío e intransigente, que manejaba los negocios con mano de hierro, no fue un modelo para el joven sucesor. El hecho de que fuera a hacerse cargo del negocio de la familia, era, a fin de cuentas, una desafortunada casualidad. Aunque es sabido que las casualidades son, en verdad, el efecto de algún mal cálculo, lo que para el caso, constituía el origen de todos sus males.

Su media hermana -hija de una mujer con quien su padre tuvo una aventura y que nadie en la familia llegaría a conocer- era la legítima heredera del negocio. Ella era la copia fiel de su padre. Ambiciosa, de trato glacial, inquisidora. Ella debía heredar el imperio económico. Pero no seria así.

Se había venido a vivir a la casa familiar, una mansión en las afueras de Seúl, cercada por las montañas del norte de la ciudad. Estuvo viviendo casi 20 años en otro país, pero tras una serie de fracasos amorosos, o tal vez una cierta sensación de profecía autocumplida, se arrimó al padre como el hielo que moldea la roca. Su hermano no sintió envidia, ni celos. Era incapaz de percibir lo que se fraguaba a sus espaldas. Ese día, el padre los había convocado a ambos, a una reunión en su despacho.

Al entrar, su hermana ya estaba allí, de pie junto a la ventana, con la espalda recta y los brazos cruzados. Ni siquiera lo miró. Su padre, sentado en un sillón de cuero negro, parecía más viejo que de costumbre. El contraste entre la fría belleza de ella, y el rostro pálido del padre, le daban a la escena un aire ceremonioso, casi ritual. El rostro del anciano, bañado por la luz de la mañana, parecía más afilado, más implacable, como una daga que sigue cortando aun cuando el tiempo haya mellado su filo.

-¿Sabes lo que has hecho?– le dijo el padre, ni bien entró a la oficina, con tono desafiante, pero sin levantar la voz.

Él no entendió a qué se refería. Miró a su hermana. Ella bajó la vista por un instante, luego de auscultar con mirada de lince a su presa, como si lo evaluara desde un lugar que él nunca podría entender.

-Saliste anoche -continuó –. Dejaste el auto abandonado y volviste a las seis de la mañana, borracho. ¿Crees que no lo noté? Recibí una llamada de la policía esta mañana. ¿Te olvidas que el auto está a mi nombre?.

Él quiso excusarse, pero el silencio del despacho lo solapó. Su hermana hizo un gesto sutil con los labios, como una risa sarcástica.

-No sirve de nada preguntarle, Papá -dijo ella, finalmente-. No sabe explicar lo que hace.

Él sintió un temblor en las piernas. Siempre había temido a su padre, pero temer a los dos a la vez, juntos en esa habitación, era distinto. Su padre lo miró con dureza.

-Eres un problema -dijo-. Y un problema que no sabe hablar es un estorbo.- El viejo se levantó y salió de la oficina. La habitación quedó en silencio. Su hermana giró la cabeza hacia él, y lo miró de frente. Sus ojos parecían dos témpanos de hielo.

-Al final, terminamos siendo lo que más odiamos – le dijo. Y se fue.

Aquella frase le atravesó el pecho como un puñal frío. No supo por qué, pero sintió que algo dentro de él dejaba de resistirse. Algo se rendía, como la cuerda que finalmente se rompe, pero que al romperse, libera otra fuerza, aún más devastadora.

Esa noche no pudo dormir. Como tantas otras noches, se levantó de la cama, se puso la ropa y salió con el auto. Manejó durante una hora, tal vez más. Perdido en la autopista vacía, se dejó llevar por la velocidad, por el deseo de liberarse, de algún modo, de su torpe letargo. En un camino alternativo se detuvo, y reclinando el asiento, se quedó profundamente dormido.

De pronto, se vio en medio de una oscuridad tenue, y logró ver, entre la bruma, una suerte de bosque o arboleda cercana. Camino hacia allí. Sus pasos parecían alargarse, como si no avanzara, atrapado en esa densidad espesa del sueño. Se vio imbuido en un lugar indeterminado, un espacio casi infinito. En medio de la inmensidad, percibió que algo lo acechaba. Miro hacia todos lados, pero la entidad se movía más rápido que su vista. Despertó con el ruido del tráfico al amanecer. Entonces regresó.

Los días se sucedieron con una calma exasperante. No pasaba nada, y poco a poco, esa aparente quietud comenzó a contagiarlo de una ansiedad bastante inusual para su caracter pasivo. Tuvo el mismo sueño varias veces, la sensación de acecho, de espacio infinito, y luego nada, y luego despertar, a una realidad insulsa, que había perdido todo propósito.

Una mañana, con el eco del sueño en el cuerpo, su padre lo llamó nuevamente a su despacho. Lo hizo esperar afuera, en el hall. Desde allí, vio a su hermana y a su padre, hablando acaloradamente. No podía escuchar la conversación, pero esta vez sí la estaba imaginando. En medio de risas y gestos de aprobación, la hermana beso la frente del padre y salió de la oficina, de nuevo sin mirarlo. Él estaba rígido, como escarchado por dentro. Su padre lo pidio que se sentara, como si fuera un empleado que va a ser reprendido pero que no sabe bien porqué.

-He revisado tus informes -dijo sin preámbulo-. Son un desastre.

Pasó una página sin mirarlo.

-Eres débil. Un inútil. No sé cómo esperas manejar este negocio.

Él sintió como se le cerraba la garganta al intentar hablar.

-Yo… hago lo posible -balbuceó.

Su padre levantó la vista, incrédulo.

-Tu “posible” no alcanza. ¿Qué clase de hombre eres?-

La vergüenza lo asfixiaba. Su padre continuó:

-No quiero verte más por la oficina. Ya hablé con tu hermana. Ella tomará la gerencia. -Se inclinó hacia adelante-. Y deberías agradecer que todavía no te he echado de la casa.

Él quiso decir algo, defenderse, hablar por una vez en su vida. Pero no le salió nada.

-Puedes irte -dijo su padre.

Salió con las piernas temblando. Y en esa corriente que ascendía desde el fondo de su cuerpo, apareció algo más. Un animal que respiraba.

A partir de entonces, comenzó a frecuentar bares y clubes nocturnos. Una energía imparable se había apoderado de ese cuerpo insatisfecho, quizás en desuso, y ahora sentía que la sangre le corría con furia por las venas. El corazón palpitaba a un ritmo frenético. Comenzó a consumir pastillas. Nunca había probado las drogas, pero era como si toda su vida hubiese sido adicto a todo. Casi sentía que las drogas y el alcohol no le hacían efecto, porque, al fin, se sentía él mismo. Él, y no el otro: el niño acobardado tras las faldas de su madre, temeroso del castigo de su padre. Ahora era dueño del mundo y de su destino. Una noche, salió de madrugada, con los ojos enrojecidos por la flama oscura del insomnio. Condujo sin saber muy bien adónde se dirigía, hasta que, antes del amanecer, en medio de un camino boscoso, sacó una pistola que tenía guardada en la guantera. Salió del auto como endemoniado y caminó unos metros entre la espesa hierba. Entonces comenzó a disparar.

Disparó al vacío, a la oscuridad del bosque. Disparos a la nada, o hacia su sombra, quién sabe. Pero le gustó: le pareció divertido. Al volver a casa cayó en un sueño profundo. En el sueño era de nuevo un niño, el mismo niño torpe y desangelado. Pero a diferencia de sus borrosos y pálidos recuerdos, estaba rodeado de otros niños, con los que jugaba a algo que lo hacía sentir feliz. Al despertar, sintió calma, como si hubiera enterrado algo que no sabía dónde esconder. Comprendió que siempre había actuado de acuerdo con lo que dictaban las reglas y que ahora eso ya no tenía sentido. Entonces comprendió que el monstruo que llevaba dentro de sí no solo existía, sino que estaba despertando.

Una tarde, el silencio en la casa parecía aún más espeso que de costumbre. El aire pesaba, acaso por el humo de los habanos de su padre o algo más, que se arrastraba desde la oscuridad, disparando hacia el vacío, como si el bosque hubiera entrado en él y lo hubiera descascarado como un árbol viejo. Su padre estaba en el despacho, como de costumbre, de pie junto al ventanal. Su hermana también estaba allí. Recordó que su madre, poco antes del accidente, le había confesado con voz trémula la existencia de su hermana. Era la misma voz quebrada que usaba cuando hablaba de su marido. “Es hija de alguien que no existe”, le había dicho. Ahora estaban ahí, todos. Ella, alta, con los mismos ojos felinos que él, pero más oscuros, como dos piedras de obsidiana.

-El negocio se cae -dijo ella, sin saludar siquiera.

El no se movió.

-No. Solo está cambiando.– Respondió él, con una seguridad que los tomó a ambos desprevenidos.

-Cambiar no es lo mismo que perder -contestó ella, con una sonrisa apenas dibujada.

Él soltó una risa seca, de esas que suenan como una puerta oxidada.

-Vienes a decirme cómo manejar lo que nunca fue tuyo.-

Ella apoyó las manos sobre el escritorio.

-Yo no vine a pedir nada. Esto también es mío.-

-Tu sabes como funcionan las leyes en este país. Cuando el viejo se muera – dijo sin mirar a su padre, aterido ante la inesperada arremetida de su hijo- A mí me corresponde todo, y tú no vas a obtener un céntimo.

Hubo un silencio largo, insoportable. Él padre, extrañamente, se encogió ante el silencio. Quiso hablar, decir algo, pero no pudo pronunciar palabra. Veía el rostro de su hijo -la mandíbula tensa, el gesto de desprecio- y no supo cómo responder. Entonces, se dio la vuelta, y salió del despacho, derrotado, sin levantar la mirada.

La hermana se quedó quieta, mirando el humo del cigarro en el cenicero. Luego giró hacia él.

-Me asustas- le dijo.

-No te preocupes. A todos nos pasa.– respondió secamente. – Tú lo dijiste; terminamos siendo lo que más odiamos.

Ella lo vio casi con el mismo pavor que el padre, y sin decir una palabra, se marchó.

Se quedó solo. El despacho olía a tabaco, a perfume y a algo que no podía nombrar, quizás el miedo disipado en el aire. Se quedó ahí, inmóvil, mirando el cenicero. Por un momento pensó que el humo se movía solo, que formaba un rostro que lo observaba. Entonces lo supo, sin saber por qué: el monstruo había abierto los ojos.

Dos semanas más tarde, su padre moriría repentinamente, de un infarto cardiovascular. No tuvo tiempo de arreglar el testamento, y el legítimo heredero dejaba a su hermana fuera de la sucesión. Por supuesto que él nunca fue una persona vengativa, y mucho menos rencorosa. Pero no iba a retroceder, en su afán de librarse de las cadenas del pasado.

La casa había quedado en silencio después del funeral. Los empleados se habían retirado, como si la muerte del padre hubiera disuelto también la disciplina que sostenía el espacio. Las lámparas del pasillo estaban encendidas, pero la luz parecía inútil, como si no lograra empujar las penumbras fuera del despacho. Él estaba de pie, junto al ventanal, en la misma posición de su padre, mirando el jardín ennegrecido por el invierno.

La puerta se abrió sin que él se diera vuelta.

-Sabía que estabas aquí- dijo ella.

Entró con paso lento. Vestía aún el abrigo negro del funeral.

-Supongo que ahora todo esto es tuyo.-

Él no respondió. Apenas parpadeaba. Los ojos fijos en la profundidad del jardín. La hermana caminó hasta el escritorio y apoyó los dedos en la madera, con una delicadeza casi irónica.

-Padre habría odiado esto -dijo.

-¿Qué cosa?-

-No tener el control hasta el final.-

El hombre soltó una risa baja.

-Padre odiaba muchas cosas.-

Ella lo miró con atención. No era una mirada hostil. Era algo distinto. Más concentrado.

-Has cambiado -dijo finalmente.

Él giró la cabeza.

-Todos cambiamos.-

-No así- respondió ella.– Antes parecías… apagado. Como si algo dentro de ti estuviera dormido.

Él sostuvo la mirada, sin emoción.

-¿Y ahora?-

Ella tardó unos segundos en responder.

-Ahora pareces despierto.-

El aire en la habitación se volvió más denso.

-No te preocupes -dijo él-. A todos nos pasa.

La hermana negó lentamente con la cabeza.

-No. A todos no.-

Sus ojos descendieron hacia las manos de él. Había algo extraño en su quietud. Una calma que parecía acecharla.

-Padre creía que yo era como él -dijo ella-. Pero estaba equivocado. Yo solo aprendí a parecerme.

Él la observó con una sonrisa apenas visible.

-¿Y yo?-

Ella lo miró durante un largo instante.

-Tú no aprendiste nada. Tú siempre fuiste el mismo.-

La frase quedó suspendida en el silencio. Ella dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir se detuvo.

-Ten cuidado con el bosque.-

Él se tensó apenas.

-¿Cómo sabes…?-

La hermana no respondió. Solo dijo; “algunas cosas solo se saben.” Y se marchó. Afuera, el jardín se había quedado oscuro. Por un momento, creyó ver algo moviéndose entre los árboles, pero cuando entrecerró los ojos ya no había nada. Continuó saliendo por las noches, o de madrugada, a veces sin haber dormido, a la profundidad del bosque, a disparar a los árboles. Los disparos al principio le producían una especie de euforia infantil. El eco rebotaba en los troncos como si algo respondiera desde la profundidad. Después del tercer o cuarto disparo el silencio volvía a cerrarse, espeso, casi orgánico. Al principio, llegaba al mismo lugar solo por instinto, pero con el tiempo comenzó a reconocer al bosque como algo más familiar. Era extraño. Reconocía ciertos detalles que al principio eran irrelevantes: una curva del sendero donde el viento parecía detenerse, un grupo de pinos inclinados hacia el este, un claro donde la nieve permanecía intacta, incluso después de las tormentas. Cada vez que regresaba allí, tenía la sensación de que el lugar le recordaba sus sueños. La misma extensión abierta. La misma sensación de ser observado. Con el tiempo, comprendió algo que antes no había visto con claridad: en el sueño no lo perseguían. Lo esperaban.

Una noche, la luna iluminaba la nieve con un resplandor azulado y profundo; podía verse entre las ramas con claridad hasta el fondo del paisaje. Caminó hacia un claro y disparó a los troncos, cuando de pronto, una sombra emergió desde el fondo azulado y blanquecino. Parecía un gato, pero un gato enorme. Cuando lo tuvo a cierta distancia, pudo contemplar el cuerpo majestuoso de la bestia: era un tigre albino, casi un fantasma, con la mirada fija en su cuerpo; la mirada del cazador que ha encontrado a su presa.

En lugar de empuñar el arma en señal de intimidación, se quedó perplejo ante el imponente animal.

El animal avanzó desde la penumbra del bosque como si hubiera estado allí desde siempre. No hizo ruido. Solo cuando salió al claro, la luz de la luna reveló su cuerpo enorme, la musculatura silenciosa bajo ese pelaje blanco veteado de rayas negras. Entonces avanzó unos pasos, lento, sereno, como si cada movimiento respondiera a una coreografía secreta. El hombre, inmóvil, sintió que el aire se congelaba en su garganta. El brillo lunar se reflejaba en el pelaje blanco, y por un instante creyó ver en esos ojos su propio reflejo, multiplicado y deformado, como si el animal fuera el espejo de sí mismo, pero en otra dimensión.

El tigre se detuvo frente a él. Bajó el arma. No sabía si era por miedo o por una súbita certeza: aquel ser no venía a matarlo, sino a reclamar algo que le pertenecía.

Entonces, el animal se abalanzó. No hubo gritos ni disparos. Solo el sonido de la nieve cediendo bajo el peso de ambos cuerpos, y luego un silencio espeso, casi dulce.

Cuando amaneció, el coche seguía en la orilla del camino, con la puerta abierta y las huellas borradas por la escarcha. Algunos leñadores, al pasar por el bosque, juraron haber visto, entre la niebla, la silueta de un tigre blanco que caminaba erguido, con ojos humanos y una sonrisa apenas visible, bajo la delgada luz del invierno.

Nos encontrábamos cerca del mar. Habíamos planeado una acción para acabar con el mundo. Nos prenderíamos fuego con sal en el cuerpo, y las llamas acabarían con todo y con todxs. Cuando comenzó la batalla, no sé porque finalmente salí ileso y subí a un barco, con un puñado de gentes. Íbamos camino al más acá. En un momento, como si fuera un cuento de Julio Verne, el mar se abrió, tragándonos un agujero inmenso por donde descendimos a ese mítico lugar llamado infierno. Las cosas no eran muy distintas del mundo de arriba. Es más, me sorprendió la cálida luz de una tarde otoñal. En ese contexto, y viendo que las cosas iban a ser más o menos lo mismo, comenzamos a urdir un nuevo plan, para acabar con este mundo, de una vez y para siempre.

Ojalá esté lloviendo y tú hayas salido sin paraguas, y yo, parado en la misma esquina, siempre a la misma hora, esperándote, o tal vez fruto de una maravillosa casualidad, -que nada tiene de azarosa, pues yo sé a qué hora sales del trabajo y por cual puerta trasera- te diga, alargando el brazo hacia las nubes para callar los truenos un segundo; “si quieres te acompaño, no te vayas a mojar.”

Caminamos y no decimos nada. Ni siquiera te conozco, pero el silencio perdura, y no incomoda. Pasamos por un quiosco y te detienes para comprar algo, y luego retomamos la marcha y me miras con una sonrisa. “Yo sé quién eres”, me dices, y aunque es obvio, porque casi todos los días que voy al supermercado, te elijo a ti o tú me eliges a mí, atrayéndome hacia tus ojos que apenas levantan la vista, tus ojos fijos en el triángulo que forma la pantalla, mientras la franja de goma arrastra los productos hacia tu mano fina y entonces, cuando finalmente te entrego el dinero, ese asqueroso billete, siento tu piel y por eso sé que me conoces y yo a ti, y te digo gracias, sin querer parecer ansioso, mientras tú sostienes la mirada para sonreír.

Si me dices adiós en la esquina, significa que nunca volveremos a hablarnos, aun cuando todo haya ocurrido en este mágico encuentro; cubrirte con mi paraguas hasta la esquina, esta noche lluviosa, hablando sin decirnos nada. Pero si, por el contrario, prefieres que sigamos caminando juntos, te acompañaré hasta tu casa, en algún suburbio alejado de los edificios, un barrio de casas bajas, calles de barro y niños jugando en las acequias. Y entonces te abrazaré en la puerta y te diré que te quise aún sin conocerte, y entonces tú vendrás, acercando tu cuerpo mojado y tibio, y yo, te pediré un beso antes que me dejes entrar.

Aparecí en una casa. Estábamos tomando pisco y afuera ladraban los perros. Yo había venido con el sociólogo y el ingeniero para conversar sobre un proyecto que iban a presentar al Fondart, en alguna categoría o especialidad que no viene a este cuento.

Lo más bonito era que en el jardín había un laurel, añoso como esos que ya no quedan. Centenario, quizás. Un sobreviviente, allí, en el patio de la casa.

El ingeniero habla de números. El sociólogo insiste en los porcentajes. Las probabilidades aumentan mientras las posibilidades disminuyen. Escribo al revés, en una página en blanco. Me la paso borrando frases, oraciones imposibles. El verbo se cae a pedazos, la sintaxis se vuelve caótica y pierdo los artículos del sujeto.

Ya está listo. Firmemos.

El sociólogo estampa su letra con escupo. El documento crece y se desborda. La impresora echa humo.

Mientras, yo sueño con mi padre llorando.

Solo una vez lo vi llorar en toda mi vida. Y fue recordando su niñez. Yo era un niño, viendo llorar a mi padre, recordando su niñez.

Pero en el sueño yo era el viejo y él era joven.

Reconocía finalmente sus errores. Mi madre y yo lo perdonábamos. Y en ese acto de perdón, que es el reconocimiento de la culpa —aunque nadie debiera sentirse culpable— él se quebró y lo vimos llorar.

También estaban mis abuelos. Y eso es raro, porque ellos están muertos. O al menos yo los enterré.

Volvimos a casa esa noche y los perros ladraron al vernos. Dejaron de ladrar cuando abrimos la puerta. Saltaron al sillón como siempre y nos quedamos conversando en el suelo.

Cuando nos fuimos a dormir, nos invadió la sensación de que todo era un sueño. De pronto, una tibia y hermosa mañana, nos devolvió al principio. Cuando dejaron de ladrar los perros.

La ciudad termina en el borde difuso de un río, donde el agua drena desde las calles, bajo túneles solamente conocidos por las ratas y los vagabundos, que encienden fogatas con bolsas de plástico, intentando ahuyentar el frío y el imparable grito de los automóviles, los trenes y la muchedumbre, que transitan con tanto esmero a sus trabajos. Trabajos todos ellos inútiles, ciertamente.

La ciudad comienza precisamente en ese borde, en una franja simple y llana donde el agua no brilla, sino que se proyecta como una mancha oscura sobre el río de la Plata.

En la costanera, pequeños pájaros azules se acercan a las migajas que alguien ha arrojado en la vereda. Un pájaro diminuto, se ha quedado solo frente a un buen trozo de pan. Ese alguien, tal vez espere verlo arrebatar las migas y correr hacia dónde sea; pues bien sabe el pájaro que no importa donde vaya, otros lo seguirán y reclamarán su parte.

El espectador de la escena, es un individuo que pasa por ahí, como los pájaros. Su cuerpo es empujado por un viento que lo arrastra hasta el fondo de la avenida. Mientras tanto, la luna coquetea con unas nubes que aterrizan en la ribera. Pero los pájaros y el río permanecen en una aparente quietud, en el fondo del paisaje.

No puedo más – confesó.

Diciendo esto, descendió unas escalinatas de mármol.

Su traje, sus zapatos y hasta el peinado lucían con la luz de los faroles de la costaner, mientras levantaba su pierna sobre el peldaño para encender un cigarrillo y fumar. Y mientras fuma, el humo lo envuelve mientras se repite una y otra vez, que los turnos son muy largos, y que no ha dormido bien, o sí, pero ya ni se acuerda, y que el dinero no le alcanza para casi nada. Tiene la sensación de estar despierto incluso cuando está dormido.

No te hagas problema – dijo la voz -cuando llegue el momento nos vamos a la mierda.

Tras un soplo de aire, el río comenzó a escupir un vaho pegajoso. Era la niebla que proviene de las fábricas, impregnándose en la piel y en el pecho de los obreros, y en la frente de las mujeres, que en el portal de sus casas despiden a sus semidesnudos hijos, agotadas antes que el día comience a apalearlas. En ese tufo caliente, el hombre reitera lo dicho.

El momento es ahora. -

Los pájaros y la noche se habían reunido en torno a esas sombras, como si lo escucharan. Por un momento los pájaros se quedaron mudos. ¿Qué pensarían ellxs de nosotrxs? ¿Qué sentimientos tendrían hacia los humanos, además de significar una amenaza permanente? Entonces, hundido en un silencio profundo, sólo pudo pensar en la acción, en revertir ese mutismo en un canto magnífico, pleno de voces y de cuerpos y de tonos, compuesto por todos los vagidos y todos los azares posibles.

Trabajaba en el casino de la costanera. Miles de personas entraban por esas puertas para alimentar sus ilusiones con el azar. Ilusión, más bien, porque el azar es un truco que siempre se combina con algo nuevo, produciendo un efecto único; la incertidumbre de otro inesperado encuentro. Y el juego no es más que un dispositivo para crear la ilusión de fortuna.

Él conocía a sus clientes, conocía sus gestos, sus actitudes ansiosas e histéricas. Manejaba las cartas con destreza. Le decían El Mago. ¿La magia? La magia estaba en él de diferentes maneras. Sabía escuchar a los ludópatas, adictos a discursos megalómanos e historias de éxito, aunque supieran bien lo miserables que aren sus vidas alrededor del juego. Él hacía bien su trabajo y en el casino lo respetaban. Aunque allí, donde el dinero produce ataduras irreconciliables, nada puede ser de verdad.

El Mago frecuentaba sitios donde se reunían individualidades a discutir, a imaginar otro mundo posible, a conspirar contra la insoportable normalidad de un mundo indolente, alimentando el espíritu sedicioso del Kaos. Tenía una herida en el ojo izquierdo cubierta por un parche. Una vez le pregunté que le había pasado. “Un accidente lamentable”, me contestó. Yo sabía que no había sido un accidente. Alguien me contó que una noche, saliendo del trabajo, nos skinhead neonazis lo estaban esperando en la parada del autobús. Le dieron una paliza tan brutal que le reventaron el ojo con una cadena de bicicleta. Ahora usa ese parche de pirata y sabe que tarde o temprano lo echaran por su aspecto y porque poco a poco ha empezado a perder destreza y agilidad en las manos. No escuches sus mentiras -dijo la voz- te arrastrarán hasta su nido y te comerán la boca.

El fumaba y dejaba salir el humo lentamente por las narices, ese humo denso de quién respira con fuerza, como queriendo exhalar el mundo. El fuego, el humo y los pájaros lo envolvían en esa pegajosa noche de verano.

Necesito cruzar este maldito río, y que Buenos Aires desaparezca.-

A las seis de la mañana, se oyó un estruendo. Los camiones repartidores del periódico, los taxistas somnolientos, los bohemios atrapados en su frenesí, todo el amanecer difuso y denso de esa madrugada se corrompió en una esquina del centro de la ciudad. Una bomba había sido colocada en la puerta de una sucursal bancaria. Algunos transeúntes se agolparon detrás de la barrera policial para presenciar horrorizados la escena de un cuerpo. Un cuerpo destrozado a unos metros de la vitrina, donde alguien había escrito algo que el impacto de la explosión había borrado. Y el cuerpo, o la sangre de ese cuerpo, derramada en toda la vereda, reflejaba el furioso sol del alba, restallando en las gotas de sangre fresca estampadas en el muro.

El río, indiferente a ese atronador sonido, siguió drenando las aguas sucias de la ciudad desde su vientre oscuro. La niebla de las fábricas, ahora teñida de un jirón de humo rojizo, se enroscó en los faroles como una serpiente venenosa. Y los pájaros azules, espantados por el trueno de los cristales, habían volado hacia los juncos de la ribera. Pero uno, el más pequeño, regresó. Se posó en la baranda de mármol, junto a la orilla de la costanera, justo donde unas horas antes el desconocido había arrojado el trozo de pan. El pájaro observó con su ojo redondo y negro, un punto de quietud en el mundo que acababa de romperse. No picoteó las migajas esta vez. Solo estuvo allí, como un centinela minúsculo, mirando a oscura mancha del agua que se fundía con la mancha oscura del cielo.

Más allá de la barrera policial, entre el confuso ruido de sirenas y gritos, un botín de cuero, como el de un guardia o un punki o un vigilante de la ciudad, yacía en el cordón de la vereda. La suela, casi nueva, apuntaba hacia el río. No hacia el banco destrozado, ni hacia la ciudad que comenzaba a despertar con su imparable grito de automóviles y muchedumbre. Apuntaba, con una determinación póstuma e inquietante, hacia la franja del agua que apenas reflejaba el mundo.

Tal vez el Mago, en un último acto de ilusión, había logrado por fin transmutar el canto de los pájaros en un coro más antiguo y profundo. Y el río lo recibió todo. La sangre, el humo, el eco de la explosión, los discursos megalómanos y la herida del ojo arrancado de ese fondo oscuro y perpetuo. Lo recibió sin prisa, como había recibido las migajas, las bolsas de plástico y la niebla pegajosa de la ciudad, que volvería, en sus bordes, a comenzar otro turno de trabajos inútiles, otro día de rutinas sin sentido, mientras el agua, con su flujo lento y paciente, continuaría arrastrando la evidencia, diluida, de quien había intentado una vez más, furiosamente, de incendiar el horizonte.

Cuatro letras dicen todo. Todo encriptado en una palabra. Palabra que se deshace en los labios. Palabras para dormir y palabras para despertar. Verbos, sustantivos, ideas materializadas en significantes que se tornan ambiguos, y que sin embargo parecen ser más reales que el pensamiento que las invocó.

Las palabras se tejen unas con otras, formando laberintos, caminos que conectan paisajes, universos enteros formados de palabras. Pero en realidad, esas palabras son abstracciones imprecisas y por tanto portadoras de una inusual poesía.

Sobre la base de palabras se han erguido y destrozado civilizaciones, todo en nombre de palabras. Y nos faltamos el respeto con palabras, con expresiones de desprecio y resentimiento, un soplo insidioso de aire, un ruido que se resiste al inquietante vacío del tiempo; convenciones para evitar no matarnos a palazos.

Hay palabras con un poder intrínseco; amor, libertad, muerte. Y palabras que pasan inadvertidas, y que se te meten en el cuerpo como desafiando los pilares de la casa; vigilia, cruces, ladrillo. Como dijo el poeta Jorge Teillier, las palabras son apenas “un poco de aire movido por los labios- palabras para ocultar quizás lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.”

Yo escribo con palabras, pero quiero olvidarme de ellas. Quiero llegar a ti de otra forma, atravesar el espejo, hablar desde el gesto que se esconde tras las palabras. Pero ¿cómo lograr esquivar su presencia?

Las palabras cobran vida en el conjuro. Soy la sombra de un cuerpo que se expande en palabras que solo pueden proyectar un eco distorsionado de esa expansión. Dios, una palabra de cuatro letras. Sol, tres letras. Destino, siete. Me hundo en las palabras y las palabras me enmudecen. Son demasiado poderosas en su inmanencia.

Hay algo oculto detrás de lo aparente. Algo que insiste en no revelarse, más allá de su mera existencia en las sombras. La realidad siempre estuvo aquí, agazapada en los pliegues de la normalidad, mientras nosotros la dejamos ir, como quien observa ese tren que no para en ninguna estación.

En ese universo de lenguajes invisibles, emerge la silueta de un objeto que desaparece cada vez que nos acercamos a él, como la imagen de quién huye de sí mismo como de su vago reflejo, convirtiendo aquello que lo persigue en su perseguidor. De eso se trata el camuflaje, de existir en la piel de otro cuerpo, consciente de su forma de huésped, alojado en las fibras más estrechas, bajo la forma de espíritus atávicos en un mundo superfluo, demasiado sensibles para esta sociedad psicópata y carnívora.

Existen pasadizos que atraviesan portales que conducen a salidas. Eso es el laberinto. En él, soy consumido como un trozo de carbón en la hoguera. Cada día es una nueva oportunidad para ver la luz. Y sin embargo, cuánto más atravesamos esos umbrales, mayor es la penumbra. Nadie es capaz de dar una respuesta a tantos falsos profetas holísticos, payasos disfrazados de sabios, tecnócratas que fijan los márgenes del mundo con ideas como el patriotismo xenófobo y obediencia a la bandera del consumo. Nadie ha sido capaz de descifrar los hilos de esta trama y cortar al fin los nudos, para devorarnos en un acto de canibalismo social y revolucionario. Ese pasadizo, esa masa oscura que insiste en recuperar sus estatus de cosa viva, se manifiesta en la perversión de lo visible, actuando en la dimensión de los sentidos, como el tacto, que evoca a la memoria de la piel que se acaricia a sí misma. En ese tránsito por las orillas de lo desconocido, lo que se expande es el miedo a la luz radiante que nos quema. El éxtasis quema. Todo lo demás es un pasatiempo. Y como el tiempo lo deteriora todo, ese placer termina por volverse negación, rechazo de los cuerpos desnudos ¿y para qué? para devolvernos al uno, convertido en sintiente, alienado de todo lo demás.

Lo incognoscible es aquello que nos sostiene. A pesar de ello, justificamos el mundo con dispositivos morales, reglamentos y técnicas que hacen girar esta macabra rueda del progreso. Persistimos en la falacia de matar el tiempo cuando en realidad es el tiempo el que nos mata. Claudicamos a cambio de propinas y aplausos. Al final, diremos que no se pudo hacer más. Nada, ni siquiera un gesto. Y siempre se puede más. No hay límites si el futuro es infinito. Incertidumbre y caos agitan las constelaciones. El objetivo del universo es la expansión, y de ello depende nuestra existencia. No hay forma de imponer una lógica a ese crecimiento. No hay moral que pueda conducir el rumbo de las raíces del árbol bajo la tierra, como tampoco el devenir del espacio en el mapa del tiempo. Cada raíz es una extensión de este cuerpo que no para de crecer.

Al final llego siempre a la misma conclusión. Somos “ignorantes de la energía que nos habita”1, y avanzamos como sonámbulos dentro de una claridad tan feroz que, en lugar de guiarnos, nos devora los ojos con su lejano resplandor.

1.Elicura Chihuailaf, poema “El círculo”.

Si dejara de ser tan cursi y dijera las cosas por su nombre, sin eufemismos, sin rodeos estúpidos. Si pudiera mirarte fijamente, con estos ojos viejos, y dejara correr mis lágrimas como cuando nadie me ve. Si te dijera lo mucho que siento el haber quedado tan mal contigo. Si me pudieras escuchar en ese tono suave como cuando nos conocimos. Volver a la primera impresión. Recuperar la confianza, sobreponernos a las odiosidades que nos dijimos. Tal vez ahí, en el principio, algo que se perdió en el camino pueda devolvernos la alegría de habernos conocido, y no quedarnos con la amargura del arrepentimiento, la maldición del día en que nos cruzamos por primera vez. Sé que ya es tarde, que desempacamos nuestros proyectos y cada uno se llevó lo que pudo. Algo mío quedó entre tus cosas, y quizás algo de ti permanece entre mis recuerdos. No se puede borrar la memoria así como así, y aunque duele, los malos momentos igual nos pertenecen, son parte de uno y al final del camino todo cuenta, todo es parte de la misma historia.

Pero quisiera ser más concreto, más directo. Me falta mucho, pero también me sobran kilos de palabras. Al final no son el objeto de mis sentimientos, las palabras son sonidos inexactos, confusos, cuando la emoción no deja espacio para la duda. Pero si la emoción es confusa, más lo serán las palabras. Tampoco espero que me escribas. Sé que eso no va a pasar. Para ti es más fácil callar. O es más sabio. El silencio está a tu favor. En el corazón de las cosas, hay tanto que desechar y tan poco que rescatar del naufragio. Pero todo ese tiempo, ese preciado tiempo que nos dimos, debe significar algo. El significado de los días, de las palabras, de los gestos invisibles. Todo y nada en un torrente de recuerdos vagos. Cuánto cabe en este cuerpo, cuántas sensaciones que más temprano que tarde desaparecerán. Entonces será el recuerdo un sentimiento difuso, tal vez un error. No sabré nada de ti, pero espero borrar el rencor y algún día recordar con cariño los años compartidos. Por ahora, el cajón de los recuerdos acumula más y más polvo a la ya terrosa memoria de ti.

escribes con mayúscula los nombres propios, los sustantivos, las viejas deidades, tus ídolos de la ficción. pero qué pasa con aquellos nombres que no tienen estatus, que no ocupan las portadas de ningún medio, qué pasa con los nombres ajenos, con las últimas palabras de un desconocido a modo de epitafio, que pasa con las misivas de un amor ausente, cartas que no serán enviadas, cartas escritas a mano, con faltas de ortografía, para algunos un insulto a las buenas costumbres del lenguaje, pero palabras al fin, que tienen más sustancia que un don, o una doña, y que sin embargo permanecen retenidas en los labios, sin atreverse a pronunciar un te amo, un te extraño, por temor a la ignominia del rechazo. las fotografías de esta absurda linea del tiempo dicen que puedes ser feliz, pero dentro de la pantalla, con esa sonrisa ensayada mil veces frente al espejo del baño, exhibiendo el torso semidesnudo de un cuerpo desbordando una juventud que pronto desaparecerá, pero que persiste en esa toma furtiva pero sobre actuada, que ya no es una escena original, sino una réplica de millones de imágenes preparadas con la misma pretensión, con el mismo ánimo de perdurar. yo necesito decirte que si te hubieras quedado esa tarde en el auto, te hubiera dicho esas minúsculas pero trascendentes palabras, y tal vez yo no estaría aquí, tal vez hubiese muerto de amor por ti, y sin embargo vivo, otra vez, caminando hacia una itaca imaginaria, anhelando a una penélope imaginaria, que teje hilos desnudos, imaginarias prendas para un futuro que no vendrá, un espejismo, una trampa perfecta para espíritus atávicos, como yo, un fantasma que se arrastra hacia tu olvido. dejaré de escribir solemnemente, para pronunciar mi desacato a las reglas del neo-lenguaje. dejaré de imprimir los mismos gestos de hipocresía para escupir en el pavimento toda mi batería de improperios. tal vez así me desate del karma de ser otro, ese avatar de mí mismo, y tal vez puedas escuchar en la distancia, las bellas palabras que guardo para nuestro encuentro. y quizás pueda ahorrarme unos puntos y unas comas, para amarte con minúsculas y de un solo párrafo. mientras tanto ayuno mis textos para contraerme, para deshojarme en tus ramas, en tus canelos floridos, en tus honduras de patio de invierno, en tus sempiternas memorias. me lleno de aire los pulmones y entro en el agua como si fuera un niño a punto de ver la luz, escupido por la oscuridad de un paisaje que ya conocía desde antes, en sueños de otras y en sabanas de otros, en besos deslavados por la lluvia, por el rimel descorrido, como un derrame de sangre en el fondo blanco de la nieve, el fondo vacío que algún día acabará por llenarse. escribo de madrugada, sin dormir, sin conciliar descanso, exhausto de verme dentro de la misma historia, del mismo desenlace. este cuento me parece repetido. aunque lo escriba mil veces, tu nombre no desaparecerá, tú me borrarás antes. y cuando me encuentres en la papelera del olvido, algo más viejo e inservible, sabrás el verdadero significado de los días, si no lo has descubierto ya, en medio de tanta basura cósmica. y esta frase indeleble, reafirma que el caos del universo tiene una sola misión, la de expandirse, y que en esta nave viajamos juntxs, hasta el próximo reinicio.

mirábamos el sol en la penumbra de los cristales, en una ciudad edificada sobre espejos que nos devuelven invisibles. ardíamos de rabia ante la impotente marea de idiotas que suben y bajan escaleras, en torres empinadas hacia un cielo gris, apretando botones en sus dispositivos, aferrándose a una pantalla que nos borra poco a poco.

todo lo que importa vive en este presente infinito, que te observa desde todos los ángulos posibles, pero crees ser tú la quién decide. mientras tanto, falsos profetas declaman las últimas tendencias, y yo te escribo sin mayúsculas, sin apelar al orden de la sintaxis, desoyendo a sus avatares, esas figuras que se proclaman gurús y que solo alimentan al miedo, un disfraz que se superpone a la vida, como tantas otras falacias.

mi página web se desintegra en una escala de píxeles oscuros y entonces vuelvo a existir en medio del bosque, protegido de las ondas electromagnéticas de los aparatos, adosadas al cuerpo como amuletos o como fantasías de un espectáculo porno. la nueva realidad es el fetiche de los mediocres, y a ella nos aferramos como a una simulación. desde allí inventamos los neo-mitos de la neo-cultura humana, mientras que nada ha sido creado aún, más bien todo es una copia burlesca de su original, en esta era donde copiar y pegar se simplifica en dos clics. y clickeamos como si fuésemos a disparar, empuñando el mouse o el dedo o lo que fuera que nos impone la interfaz del tecno-poder. un poder que radica en la incapacidad de la memoria colectiva, en la existencia del dispositivo como portador del mensaje y no en la escucha de los astros y sus millones de historias. y hoy todo es una escenografía, hasta la tierra misma que pisamos, no es más que una cúpula dentro de una gota de agua sobre el lomo de una tortuga.