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las causas de la trizteza

DEBAJO DEL MAR ESTÁ EL MAS ACÁ

Me encontraba cerca del mar. Habíamos planeado una acción para acabar con el mundo. Nos prenderíamos fuego con sal en el cuerpo, y las llamas acabarían con todo y con todxs. Cuando comenzó la batalla, no sé porque finalmente salí ileso y subí a un barco, con un puñado de gentes. Íbamos camino al más acá. En un momento, como si fuera un cuento de Julio Verne, el mar se abrió, tragándonos un agujero inmenso por donde descendimos a ese mítico lugar llamado infierno. Las cosas no eran muy distintas del mundo de arriba. Es más, me sorprendió la cálida luz de una tarde otoñal. En ese contexto, y viendo que las cosas iban a ser más o menos lo mismo, comenzamos a urdir un nuevo plan, para acabar con este mundo, de una vez y para siempre.

LLUEVE EN PARQUE CHACABUCO

Ojalá esté lloviendo y tú hayas salido sin paraguas, y yo, parado en la misma esquina, siempre a la misma hora, esperándote, o tal vez fruto de una maravillosa casualidad, -que nada tiene de azarosa, pues yo sé a qué hora sales del trabajo y por cual puerta trasera- te diga, alargando el brazo hacia las nubes para callar los truenos un segundo; “si quieres te acompaño, no te vayas a mojar.”

Caminamos y no decimos nada. Ni siquiera te conozco, pero el silencio perdura, y no incomoda. Pasamos por un quiosco y te detienes para comprar algo, y luego retomamos la marcha y me miras con una sonrisa. “Yo sé quién eres”, me dices, y aunque es obvio, porque casi todos los días que voy al supermercado, te elijo a ti o tú me eliges a mí, atrayéndome hacia tus ojos que apenas levantan la vista, tus ojos fijos en el triángulo que forma la pantalla, mientras la franja de goma arrastra los productos hacia tu mano fina y entonces, cuando finalmente te entrego el dinero, ese asqueroso billete, siento tu piel y por eso sé que me conoces y yo a ti, y te digo gracias, sin querer parecer ansioso, mientras tú sostienes la mirada para sonreír.

Si me dices adiós en la esquina, significa que nunca volveremos a hablarnos, aun cuando todo haya ocurrido en este mágico encuentro; cubrirte con mi paraguas hasta la esquina, esta noche lluviosa, hablando sin decirnos nada. Pero si, por el contrario, prefieres que sigamos caminando juntos, te acompañaré hasta tu casa, en algún suburbio alejado de los edificios, un barrio de casas bajas, calles de barro y niños jugando en las acequias. Y entonces te abrazaré en la puerta y te diré que te quise aún sin conocerte, y entonces tú vendrás, acercando tu cuerpo mojado y tibio, y yo, te pediré un beso antes que me dejes entrar.

CUANDO DEJEN DE LADRAR LOS PERROS

Aparecí en una casa, estábamos tomando pisco. Yo había venido con el sociólogo y el ingeniero, para conversar sobre el registro de un proyecto que iban a presentar en el Fondart, en alguna categoría o especialidad que no viene a este cuento. Lo más bonito, es que en el jardín había un laurel, añoso como esos que ya no quedan. Centenario quizás. Un sobreviviente, allí, en el patio de mi casa. El ingeniero habla de números. El sociólogo insiste en los porcentajes. Las probabilidades aumentan, mientras las posibilidades disminuyen. Escribo al revés, en una página en blanco. Me la paso borrando frases, oraciones imposibles. El verbo se cae a pedazos, la sintaxis se vuelve caótica y perdemos los artículos del sujeto.

“Ya está listo, firmemos”. El sociólogo estampa su letra con escupo. El documento crece y se desborda. La impresora echa humo.

Mientras, yo sueño con mi padre llorando. Solo una vez lo vi llorar en toda mi vida. Y fue recordando su niñez. Yo era un niño, viendo llorar a mi padre, recordando su niñez. Pero en el sueño yo era el viejo, y él era joven. Reconocía finalmente sus errores. Mi madre y yo lo perdonábamos. Y en ese acto de perdón, que es el reconocimiento de la culpa -aunque nadie debiera sentirse culpable- él se quebró y lo vimos llorar.

Estaban mis abuelos también. Y eso es raro porque ellos están muertos. O al menos yo los enterré.

Volvimos a casa, y esa noche, los perros ladraron al vernos. Dejaron de ladrar cuando abrimos la puerta. Se subieron al sillón como siempre y nos dejaron sentados en el suelo. Nos fuimos a dormir con la sensación de haber despertado. Una mañana tibia, una tibia mañana, una mañana hermosa.

EL MAGO, LOS PÁJAROS Y EL RIO

La ciudad termina en el borde difuso de un río, donde el agua drena desde las calles, bajo túneles solamente conocidos por las ratas y los vagabundos, que encienden fogatas con bolsas de plástico, intentando ahuyentar el frío y el imparable grito de los automóviles, los trenes y la muchedumbre, que transitan con tanto esmero a sus trabajos. Trabajos todos ellos inútiles, ciertamente.

La ciudad comienza precisamente en ese borde, en una franja simple y llana donde el agua no brilla, sino que se proyecta como una mancha oscura sobre el río de la Plata.

En la costanera, pequeños pájaros azules se acercan a las migajas que alguien ha arrojado en la vereda. Un pájaro diminuto, se ha quedado solo frente a un buen trozo de pan. Ese alguien, tal vez espere verlo arrebatar las migas y correr hacia dónde sea; pues bien sabe el pájaro que no importa donde vaya, otros lo seguirán y reclamarán su parte.

El espectador de la escena, es un individuo que pasa por ahí, como los pájaros. Su cuerpo es empujado por un viento que lo arrastra hasta el fondo de la avenida. Mientras tanto, la luna coquetea con unas nubes que aterrizan en la ribera. Pero los pájaros y el río permanecen en una aparente quietud, en el fondo del paisaje.

No puedo más – confesó.

Diciendo esto, descendió unas escalinatas de mármol.

Su traje, sus zapatos y hasta el peinado lucían con la luz de los faroles de la costaner, mientras levantaba su pierna sobre el peldaño para encender un cigarrillo y fumar. Y mientras fuma, el humo lo envuelve mientras se repite una y otra vez, que los turnos son muy largos, y que no ha dormido bien, o sí, pero ya ni se acuerda, y que el dinero no le alcanza para casi nada. Tiene la sensación de estar despierto incluso cuando está dormido.

No te hagas problema – dijo la voz -cuando llegue el momento nos vamos a la mierda.

Tras un soplo de aire, el río comenzó a escupir un vaho pegajoso. Era la niebla que proviene de las fábricas, impregnándose en la piel y en el pecho de los obreros, y en la frente de las mujeres, que en el portal de sus casas despiden a sus semidesnudos hijos, agotadas antes que el día comience a apalearlas. En ese tufo caliente, el hombre reitera lo dicho.

El momento es ahora. -

Los pájaros y la noche se habían reunido en torno a esas sombras, como si lo escucharan. Por un momento los pájaros se quedaron mudos. ¿Qué pensarían ellxs de nosotrxs? ¿Qué sentimientos tendrían hacia los humanos, además de significar una amenaza permanente? Entonces, hundido en un silencio profundo, sólo pudo pensar en la acción, en revertir ese mutismo en un canto magnífico, pleno de voces y de cuerpos y de tonos, compuesto por todos los vagidos y todos los azares posibles.

Trabajaba en el casino de la costanera. Miles de personas entraban por esas puertas para alimentar sus ilusiones con el azar. Ilusión, más bien, porque el azar es un truco que siempre se combina con algo nuevo, produciendo un efecto único; la incertidumbre de otro inesperado encuentro. Y el juego no es más que un dispositivo para crear la ilusión de fortuna.

Él conocía a sus clientes, conocía sus gestos, sus actitudes ansiosas e histéricas. Manejaba las cartas con destreza. Le decían El Mago. ¿La magia? La magia estaba en él de diferentes maneras. Sabía escuchar a los ludópatas, adictos a discursos megalómanos e historias de éxito, aunque supieran bien lo miserables que aren sus vidas alrededor del juego. Él hacía bien su trabajo y en el casino lo respetaban. Aunque allí, donde el dinero produce ataduras irreconciliables, nada puede ser de verdad.

El Mago frecuentaba sitios donde se reunían individualidades a discutir, a imaginar otro mundo posible, a conspirar contra la insoportable normalidad de un mundo indolente, alimentando el espíritu sedicioso del Kaos. Tenía una herida en el ojo izquierdo cubierta por un parche. Una vez le pregunté que le había pasado. “Un accidente lamentable”, me contestó. Yo sabía que no había sido un accidente. Alguien me contó que una noche, saliendo del trabajo, nos skinhead neonazis lo estaban esperando en la parada del autobús. Le dieron una paliza tan brutal que le reventaron el ojo con una cadena de bicicleta. Ahora usa ese parche de pirata y sabe que tarde o temprano lo echaran por su aspecto y porque poco a poco ha empezado a perder destreza y agilidad en las manos. No escuches sus mentiras -dijo la voz- te arrastrarán hasta su nido y te comerán la boca.

El fumaba y dejaba salir el humo lentamente por las narices, ese humo denso de quién respira con fuerza, como queriendo exhalar el mundo. El fuego, el humo y los pájaros lo envolvían en esa pegajosa noche de verano.

Necesito cruzar este maldito río, y que Buenos Aires desaparezca.-

A las seis de la mañana, se oyó un estruendo. Los camiones repartidores del periódico, los taxistas somnolientos, los bohemios atrapados en su frenesí, todo el amanecer difuso y denso de esa madrugada se corrompió en una esquina del centro de la ciudad. Una bomba había sido colocada en la puerta de una sucursal bancaria. Algunos transeúntes se agolparon detrás de la barrera policial para presenciar horrorizados la escena de un cuerpo. Un cuerpo destrozado a unos metros de la vitrina, donde alguien había escrito algo que el impacto de la explosión había borrado. Y el cuerpo, o la sangre de ese cuerpo, derramada en toda la vereda, reflejaba el furioso sol del alba, restallando en las gotas de sangre fresca estampadas en el muro.

El río, indiferente a ese atronador sonido, siguió drenando las aguas sucias de la ciudad desde su vientre oscuro. La niebla de las fábricas, ahora teñida de un jirón de humo rojizo, se enroscó en los faroles como una serpiente venenosa. Y los pájaros azules, espantados por el trueno de los cristales, habían volado hacia los juncos de la ribera. Pero uno, el más pequeño, regresó. Se posó en la baranda de mármol, junto a la orilla de la costanera, justo donde unas horas antes el desconocido había arrojado el trozo de pan. El pájaro observó con su ojo redondo y negro, un punto de quietud en el mundo que acababa de romperse. No picoteó las migajas esta vez. Solo estuvo allí, como un centinela minúsculo, mirando a oscura mancha del agua que se fundía con la mancha oscura del cielo.

Más allá de la barrera policial, entre el confuso ruido de sirenas y gritos, un botín de cuero, como el de un guardia o un punki o un vigilante de la ciudad, yacía en el cordón de la vereda. La suela, casi nueva, apuntaba hacia el río. No hacia el banco destrozado, ni hacia la ciudad que comenzaba a despertar con su imparable grito de automóviles y muchedumbre. Apuntaba, con una determinación póstuma e inquietante, hacia la franja del agua que apenas reflejaba el mundo.

Tal vez el Mago, en un último acto de ilusión, había logrado por fin transmutar el canto de los pájaros en un coro más antiguo y profundo. Y el río lo recibió todo. La sangre, el humo, el eco de la explosión, los discursos megalómanos y la herida del ojo arrancado de ese fondo oscuro y perpetuo. Lo recibió sin prisa, como había recibido las migajas, las bolsas de plástico y la niebla pegajosa de la ciudad, que volvería, en sus bordes, a comenzar otro turno de trabajos inútiles, otro día de rutinas sin sentido, mientras el agua, con su flujo lento y paciente, continuaría arrastrando la evidencia, diluida, de quien había intentado una vez más, furiosamente, de incendiar el horizonte.

UNA PALABRA, CUATRO LETRAS

Cuatro letras dicen todo. Todo encriptado en una palabra. Palabra que se deshace en los labios. Palabras para dormir y palabras para despertar. Verbos, sustantivos, ideas materializadas en significantes que se tornan ambiguos, y que sin embargo parecen ser más reales que el pensamiento que las invocó. Las palabras se tejen unas con otras, formando laberintos, caminos que conectan paisajes, universos enteros formados de palabras. Pero en realidad, esas palabras son finalmente abstracciones imprecisas y por tanto portadoras de una inusual poesía.

Sobre la base de palabras se han erguido y destrozado civilizaciones, todo en nombre de palabras. Y nos faltamos el respeto con palabras, con expresiones de desprecio y resentimiento, un soplo insidioso de aire, un ruido que se resiste al inquietante vacío del tiempo; convenciones para evitar no matarnos a palazos. Hay palabras con un poder intrínseco; amor, libertad, muerte. Y palabras que pasan inadvertidas, y que se te meten en el cuerpo como desafiando los pilares de la casa; vigilia, cruces, ladrillo. Como dijo el poeta Jorge Teillier, las palabras son apenas “un poco de aire movido por los labios- palabras para ocultar quizás lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.”

Yo escribo con palabras, pero quiero olvidarme de ellas. Quiero llegar a ti de otra forma, atravesar el espejo, hablar desde el gesto que se esconde tras las palabras. Pero ¿cómo lograr esquivar su presencia?

Las palabras cobran vida en el conjuro. Yo soy la sombra de un cuerpo que se expande, y las palabras solo pueden proyectar un eco distorsionado de esa expansión. Dios, una palabra de cuatro letras. Sol, tres letras. Destino, siete. Me hundo en las palabras y las palabras me enmudecen. Son demasiado poderosas en su inmanencia.

ESE LEJANO RESPLANDOR

Hay algo oculto detrás de lo aparente, una verdad que insiste en no revelarse, aunque luche por recuperar su estatus de cosa viva, más allá de su mera existencia en las sombras. La realidad siempre estuvo aquí, agazapada en los pliegues de la rutina, mientras nosotros la dejamos pasar, como quien observa ese tren que no para en ninguna estación.

En ese universo de lenguajes invisibles, emerge la silueta de un objeto que desaparece cada vez que nos acercamos a él, como la imagen de quién huye de sí mismo como de su vago reflejo, convirtiendo a aquello que lo persigue en su perseguidor. De eso se trata el camuflaje, de existir en la piel de otro cuerpo, plenamente consciente de su forma de huésped, alojado en las fibras más estrechas, bajo la forma de espíritus atávicos en un mundo superfluo, demasiado sensibles para esta sociedad psicópata y carnívora.

Existen pasadizos que atraviesan portales que conducen a salidas. Eso es el laberinto. En él, soy consumido como un trozo de carbón a fuego lento. Cada día nace una nueva expectativa por ver la luz. Y sin embargo, cuánto más atravesamos esos umbrales, mayor es el desconsuelo. Y quién será capaz de dar una respuesta entre tantos falsos profetas holísticos, payasos disfrazados de sabios, tecnocratas que fijan los márgenes del mundo con ideas como el patriotismo xenofobo y obediencia a la bandera del consumo. Quién podrá descifrar los hilos de esta trama y cortar al fin los nudos, para devorarnos en un acto de canibalismo social y revolucionario. Ese pasadizo existe en la perversión de lo visible, que actúa en el terreno de lo imperceptible, como el tacto que evoca a la memoria de la piel cuando se toca a sí misma. Oscuro tránsito por las orillas de lo desconocido, porque lo que se expande es el miedo a la luz radiante que nos quema. El éxtasis quema. Todo lo demás es un pasatiempo. Y como el tiempo lo deteriora todo, ese placer termina por volverse rechazo absoluto, desconexión de los cuerpos desnudos ante el infinito ¿y para qué? para devolvernos al ser, convertido en individuo, reducido y separado de todo lo demás.

Lo incognoscible es aquello que nos sostiene. A pesar de ello, justificamos el mundo con dispositivos morales, reglamentos y técnicas que hacen girar esta macabra rueda del progreso. Persistimos en la falacia de matar el tiempo cuando en realidad es el tiempo el que nos mata. Claudicamos a cambio de propinas y aplausos. Al final, diremos que no pudimos hacer nada más. Nada, a cambio de salvar nuestro miserable pellejo. Y siempre se puede más. No hay límite en las posibilidades cuando el futuro es infinito. Incertidumbre y caos agitan el cielo y sus constelaciones. El objetivo del universo es la expansión, y en ello se va nuestra existencia. Pero no hay forma de imponer una lógica al crecimiento. Las raíces del árbol buscan entre la tierra su espacio y, aunque el mapa sea el mismo, cada raíz es una extensión de un cuerpo que no para de crecer. Al fin se llega a la misma conclusión. Somos “ignorantes de la energía que nos habita”1, y avanzamos como sonámbulos dentro de una claridad tan feroz que, en lugar de guiarnos, nos devora los ojos con su lejano resplandor.

1.Elicura Chihuailaf, poema “El círculo”.

EL SIGNIFICADO DE LOS DÍAS

Si dejara de ser tan cursi y dijera las cosas por su nombre, sin eufemismos, sin rodeos estúpidos. Si pudiera mirarte fijamente, con estos ojos viejos, y dejara correr mis lágrimas como cuando nadie me ve. Si te dijera lo mucho que siento el haber quedado tan mal contigo. Si me pudieras escuchar en ese tono suave como cuando nos conocimos. Volver a la primera impresión. Recuperar la confianza, sobreponernos a las odiosidades que nos dijimos. Tal vez ahí, en el principio, algo que se perdió en el camino pueda devolvernos la alegría de habernos conocido, y no quedarnos con la amargura del arrepentimiento, la maldición del día en que nos cruzamos por primera vez. Sé que ya es tarde, que desempacamos nuestros proyectos y cada uno se llevó lo que pudo. Algo mío quedó entre tus cosas, y quizás algo de ti permanece entre mis recuerdos. No se puede borrar la memoria así como así, y aunque duele, los malos momentos igual nos pertenecen, son parte de uno y al final del camino todo cuenta, todo es parte de la misma historia.

Pero quisiera ser más concreto, más directo. Me falta mucho, pero también me sobran kilos de palabras. Al final no son el objeto de mis sentimientos, las palabras son sonidos inexactos, confusos, cuando la emoción no deja espacio para la duda. Pero si la emoción es confusa, más lo serán las palabras. Tampoco espero que me escribas. Sé que eso no va a pasar. Para ti es más fácil callar. O es más sabio. El silencio está a tu favor. En el corazón de las cosas, hay tanto que desechar y tan poco que rescatar del naufragio. Pero todo ese tiempo, ese preciado tiempo que nos dimos, debe significar algo. El significado de los días, de las palabras, de los gestos invisibles. Todo y nada en un torrente de recuerdos vagos. Cuánto cabe en este cuerpo, cuántas sensaciones que más temprano que tarde desaparecerán. Entonces será el recuerdo un sentimiento difuso, tal vez un error. No sabré nada de ti, pero espero borrar el rencor y algún día recordar con cariño los años compartidos. Por ahora, el cajón de los recuerdos acumula más y más polvo a la ya terrosa memoria de ti.

AUNQUE LO ESCRIBA MIL VECES, TU NOMBRE NO DESAPARECERÁ, TÚ ME BORRARÁS ANTES

escribes con mayúscula los nombres propios, los sustantivos, las viejas deidades, tus ídolos de la ficción. pero qué pasa con aquellos nombres que no tienen estatus, que no ocupan las portadas de ningún medio, qué pasa con los nombres ajenos, con las últimas palabras de un desconocido a modo de epitafio, que pasa con las misivas de un amor ausente, cartas que no serán enviadas, cartas escritas a mano, con faltas de ortografía, para algunos un insulto a las buenas costumbres del lenguaje, pero palabras al fin, que tienen más sustancia que un don, o una doña, y que sin embargo permanecen retenidas en los labios, sin atreverse a pronunciar un te amo, un te extraño, por temor a la ignominia del rechazo. las fotografías de esta absurda linea del tiempo dicen que puedes ser feliz, pero dentro de la pantalla, con esa sonrisa ensayada mil veces frente al espejo del baño, exhibiendo el torso semidesnudo de un cuerpo desbordando una juventud que pronto desaparecerá, pero que persiste en esa toma furtiva pero sobre actuada, que ya no es una escena original, sino una réplica de millones de imágenes preparadas con la misma pretensión, con el mismo ánimo de perdurar. yo necesito decirte que si te hubieras quedado esa tarde en el auto, te hubiera dicho esas minúsculas pero trascendentes palabras, y tal vez yo no estaría aquí, tal vez hubiese muerto de amor por ti, y sin embargo vivo, otra vez, caminando hacia una itaca imaginaria, anhelando a una penélope imaginaria, que teje hilos desnudos, imaginarias prendas para un futuro que no vendrá, un espejismo, una trampa perfecta para espíritus atávicos, como yo, un fantasma que se arrastra hacia tu olvido. dejaré de escribir solemnemente, para pronunciar mi desacato a las reglas del neo-lenguaje. dejaré de imprimir los mismos gestos de hipocresía para escupir en el pavimento toda mi batería de improperios. tal vez así me desate del karma de ser otro, ese avatar de mí mismo, y tal vez puedas escuchar en la distancia, las bellas palabras que guardo para nuestro encuentro. y quizás pueda ahorrarme unos puntos y unas comas, para amarte con minúsculas y de un solo párrafo. mientras tanto ayuno mis textos para contraerme, para deshojarme en tus ramas, en tus canelos floridos, en tus honduras de patio de invierno, en tus sempiternas memorias. me lleno de aire los pulmones y entro en el agua como si fuera un niño a punto de ver la luz, escupido por la oscuridad de un paisaje que ya conocía desde antes, en sueños de otras y en sabanas de otros, en besos deslavados por la lluvia, por el rimel descorrido, como un derrame de sangre en el fondo blanco de la nieve, el fondo vacío que algún día acabará por llenarse. escribo de madrugada, sin dormir, sin conciliar descanso, exhausto de verme dentro de la misma historia, del mismo desenlace. este cuento me parece repetido. aunque lo escriba mil veces, tu nombre no desaparecerá, tú me borrarás antes. y cuando me encuentres en la papelera del olvido, algo más viejo e inservible, sabrás el verdadero significado de los días, si no lo has descubierto ya, en medio de tanta basura cósmica. y esta frase indeleble, reafirma que el caos del universo tiene una sola misión, la de expandirse, y que en esta nave viajamos juntxs, hasta el próximo reinicio.

PRÓLOGO

mirábamos el sol en la penumbra de los cristales, en una ciudad edificada sobre espejos que nos devuelven invisibles. ardíamos de rabia ante la impotente marea de idiotas que suben y bajan escaleras, en torres empinadas hacia un cielo gris, apretando botones en sus dispositivos, aferrándose a una pantalla que nos borra poco a poco.

todo lo que importa vive en este presente infinito, que te observa desde todos los ángulos posibles, pero crees ser tú la quién decide. mientras tanto, falsos profetas declaman las últimas tendencias, y yo te escribo sin mayúsculas, sin apelar al orden de la sintaxis, desoyendo a sus avatares, esas figuras que se proclaman gurús y que solo alimentan al miedo, un disfraz que se superpone a la vida, como tantas otras falacias.

mi página web se desintegra en una escala de píxeles oscuros y entonces vuelvo a existir en medio del bosque, protegido de las ondas electromagnéticas de los aparatos, adosadas al cuerpo como amuletos o como fantasías de un espectáculo porno. la nueva realidad es el fetiche de los mediocres, y a ella nos aferramos como a una simulación. desde allí inventamos los neo-mitos de la neo-cultura humana, mientras que nada ha sido creado aún, más bien todo es una copia burlesca de su original, en esta era donde copiar y pegar se simplifica en dos clics. y clickeamos como si fuésemos a disparar, empuñando el mouse o el dedo o lo que fuera que nos impone la interfaz del tecno-poder. un poder que radica en la incapacidad de la memoria colectiva, en la existencia del dispositivo como portador del mensaje y no en la escucha de los astros y sus millones de historias. y hoy todo es una escenografía, hasta la tierra misma que pisamos, no es más que una cúpula dentro de una gota de agua sobre el lomo de una tortuga.

LOS ESPÍRITUS DEL DESPECHO

Una ciudad dentro de otra ciudad. Una abandonada y en ruinas. La otra, repleta de gente sin alma.

En medio del silencio, gatxs y niñxs se pasean entre los escombros. Los fantasmas abundan en sus calles desiertas. Hacen chirriar las visagras, y dejan caer objetos desde los tejados, como señales de una fútil y efímera existencia. Algunos funcionarios, de escasa jerarquía, realizan tareas absurdas. Vestidos de uniformes restallantes, toman notas en sus tablets o sacan fotografías al vacío, en un acto inútil, propio de las castas burocráticas.

En el camino se asoman algunos errantes . Algunos de ellos han ocupado las terrazas y encienden fogatas que brillan como antorchas desde la cumbre de la colina. Aún queda en pie un templo, al que acuden los pocos fieles a rezar unas últimas plegarias, como si fuera el fin de este mundo en las puertas de uno nuevo. Es preciso despedirse de los viejos dioses, enterrar los viejos dogmas y erigir bajo la llama del progreso la nueva religión del dinero. La tecnología es la llave para la inmortalidad. Ya no se predica en nombre de ningún dios, cada uno puede serlo.

En una pequeña habitación, abrazada por el moho y una mancha de cal y fuego, un pequeño cuerpo yace inerte en el piso. No es un cuerpo humano, no es un cuerpo animal, es solo un cuerpo, un organismo que ha sido desmembrado. La otra ciudad, la ciudad hiper poblada, reniega de ese horror y ofrece relucientes destellos de un espectáculo macabro; hasta la muerte da risa en esta historia. Las pantallas de los viejos televisores se llenan de rostros maquillados como vivos, para no evidenciar su verdadera naturaleza; cadáveres y restos.

Es la nueva tendencia de un futuro precedido por el algoritmo global. Y en el remanente de esas ruinas se da paso a un nuevo complejo de agujeros y túneles, por donde la vida se desplaza, sin más propósito que el de cumplir con el cuadro programático del sistema de gobierno. La ciudad se ha quedado sin alma, y a cambio, solo permanecen los espíritus del despecho.