Un mundo mejor es posible

Algo que encuentro agotador sobre el estado actual del discurso sobre tecnología es que la narrativa sobre la(s varias cosas que significa) inteligencia artificial y sobre otras herramientas de automatización ha sido cooptada por mensajes completamente corporativos, por ideas de mercadeo diseñadas para llegarles a ejecutivos y mandos medios empresariales. Los usuarios (las personas) parecemos desaparecer hacia un rol de mero flujo de dinero. La mayoría de la discusión sobre estas herramientas parece decir “usa estas herramientas y tu negocio puede ahorrarse todo este dinero”.

Y esto me molesta no sólo por ser una afirmación principalmente falsa (como hemos visto, estas herramientas no pueden, en la mayoría de los casos, reemplazar bien a trabajadores humanos, y muchas empresas se están dando cuenta de que haber despedido a buena parte de su fuerza laboral fue un error garrafal), sino también porque demuestra una falta de imaginación, en mi opinión, muy triste.

Estamos poniendo en riesgo toda la economía global y el medio ambiente (o revolucionando cada aspecto de la vida humana, dependiendo de cuál sea su punto de vista) y, ¿para qué? ¿Para volver más eficientes los procesos corporativos? ¿Para reducir costos empresariales?

Las empresas de IA nos venden una revolución de dimensiones cataclísmicas, a veces incluso apocalípticas (aunque esto es casi que seguramente sólo un estratagema de mercadeo). ¿Y para qué? ¿Para que algunos empleados puedan hacer ciertos trabajos que no les interesan, ni les traen alegría, “más eficientemente”? ¿Y para que sean reemplazados eventualmente? ¿O para que cierta gente le tenga que pagar menos plata a cierta otra gente? En las publicidades y publirreportajes involuntarios que exaltan los poderes de creatividad de las herramientas de IA, su utilidad que más se resalta tiene que ver con algún tipo de transacción monetaria: reemplaza a todos los humanos que trabajan para ti por robots que cuestan menos (ja, es broma, cuestan mucho más); haz un afiche, pero sin pagarle a un diseñador; haz un libro, pero sin tener que lidiar con los honorarios de escritores, traductores o diagramadores; o haz una canción, ni siquiera tienes que comprar un instrumento, o aprender a tocarlo. “Únete a esta revolución tecnológica y ayúdanos a acabar con el sustento de miles de millones de personas, quizás incluso el tuyo”. Inspirador.

No creo que la IA, en su estado actual, pueda realmente reemplazar la calidad del trabajo creativo (y no creo que llegue algún día a ese punto). Pero no es esa la falta de imaginación a la que me refiero aquí. Me refiero a que podríamos haber soñado, investigado y desarrollado una tecnología de la automatización mucho más amable, una que se enfocara en darnos a los humanos una mejor calidad de vida, en vez de darles a las empresas y corporaciones una mejor calidad en sus numeritos.

No hay nada inherente en la idea subyacente a la IA y la automatización en general que haya determinado su desarrollo como una herramienta de opresión económica y de depredación ambiental. Pero las condiciones políticas y económicas de los últimos años la empujaron hacia justamente esa situación. Podríamos haber tenido una tecnología que se enfocara en liberarnos de los peores pesos de la labor humana, que nos liberara de la necesidad del trabajo asalariado y se enfocara en otorgar bienestar, tanto en términos de salud, como de tiempo de ocio, tiempo en familia y espacio para la creatividad, para el desarrollo intelectual y para tener una sensación fuerte de propósito individual y colectivo. Y que lo hiciera sin agotar nuestros recursos naturales.

Este es, por ejemplo, el mundo que se imagina 17776, una historia digital interactiva del cronista y youtuber deportivo Jon Bois, en la cual los problemas de escasez (de recursos naturales y de medios materiales) de la humanidad han sido resueltos a través de la tecnología, así como las inconveniencias de las enfermedades, las lesiones y la muerte (y que fue publicada originalmente en 2017, así que no es un comentario sobre la IA, pero sí una manera optimista de imaginar el futuro de la tecnología).

En este mundo utópico, los protagonistas se dedican a crear y jugar partidos cada vez más complejos de fútbol americano: campos cada vez más grandes, duraciones cada vez más extendidas, reglas cada vez más creativas. En un mundo sin problemas de supervivencia, el ocio y la creatividad humana pueden desarrollarse a su máxima expresión. (Cito este trabajo como un ejemplo simpático y sencillo, pero también hay todo un género dedicado a imaginar futuros idílicos, el solar punk, al que espero llegar algún día en este blog).

Pero para acercarnos a ese mundo idealizado necesitaríamos una tecnología alineada con esos valores, y para poder tener ese tipo de tecnología necesitamos una política (entendida en sentido amplio) que la empuje hacia allá. Ese es el argumento central de Fully Automated Luxury Communism*, un libro de 2019 del periodista inglés Aaron Bastani**. En él, Bastani ya advertía, muchos años antes del boom de la IA, que sin un marco político y teórico claro que pudiera actuar sobre cómo se desarrollan estas tecnologías, le estamos, como civilización, permitiendo a las grandes empresas y corporaciones tecnológicas que definan el destino de dichas herramientas digitales. Y que, como van las cosas, las están definiendo como un medio más para imponer su beneficio económico por encima del beneficio en general de los humanos y del planeta.

Para Bastani, el momento histórico de disrupción que traen estas nuevas tecnologías de la automatización ofrecerá “una liberación relativa de la escasez en algunas áreas vitales: energía, labor cognitiva e información”. Pero, para él, la pregunta fundamental ahora es: ¿a qué intereses servirá el nuevo mundo que estamos creando? ¿Quiénes serán los beneficiarios? Siete años después de la publicación original del libro, está claro que hemos dejado que el sector corporativo de la tecnología controle las respuestas a estas preguntas.

Las compañías de IA, por supuesto, no comparten la argumentación que hecho hasta aquí, por lo menos en sus declaraciones públicas. La mayoría de los altos ejecutivos de estas empresas argumentan que la creación de una “inteligencia artificial general” (o una “súperinteligencia”) traerá beneficios generalizados a toda la humanidad y que su creación justificará (y arreglará) todos los daños causados por su tecnología. Pero, por ahora, no hay ninguna evidencia de que esta sea una proposición seria. No sólo la inteligencia artificial general parece una meta inalcanzable, sino que además el comportamiento de estas empresas hace pensar que esta línea de argumentación es usada para esconder el hecho de que todo lo que hacen es para asegurar el bienestar de sus finanzas por encima de cualquier otra cosa.

Por todo esto necesitamos imaginar un camino diferente para estas tecnologías. Y no sólo imaginarlo, sino también hacerlo suceder. Espero que quien lea esto piense cómo puede, desde su posición, ayudar a soñar esas tecnologías más justas. Quizás sea desarrollar herramientas que sigan esta otra lógica (algo que muchos ya están haciendo, con sus varios obstáculos y demás problemas, en las comunidades FOSS y del Fediverso). Quizás sea cambiar la narrativa en medios (por favor, colegas periodistas, dejemos de replicar todo lo que dicen las empresas de IA como si fuera un evangelio). Quizás sea documentar los efectos nocivos que estas tecnologías están teniendo actualmente. Quizás sea plantear políticas públicas que busquen evitar que esos efectos nocivos les lleguen a los consumidores. Quizás sea algo que no he pensado aún. Pero permitámonos imaginar un futuro en el que nuestras herramientas digitales no estén a la merced de la sed de valuación de las grandes empresas de tecnología.

Puede que nunca lleguemos a un mundo idílico como el de Bois. Y puede que una tecnología pensada desde una política diferente a la actual venga con sus propias consecuencias inesperadas. Pero merecemos soñar con y luchar por algo mejor.

*Más allá del título provocador (que me trajo mucha diversión mientras lo leía en público), me parece que este libro hace un buen análisis de la situación en su primera mitad, pero se queda corto en proponer soluciones en la segunda.

**Este es el mismo Aaron Bastani que es uno de los fundadores del medio inglés Novara Media y que hace poco publicó una disculpa por su participación personal en la persecución digital que derivó en el suicidio del académico Jason Arday. Un tema que creo merece ser tratado también, pero que se escapa del propósito de este post.

Por: Pablo Medina Uribe

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