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from Artefatti

Nel bosco tutto sembra uguale, dello stesso colore; forme che si ripetono e scompaiono a furia di riprodursi incessanti. Difficile per l'occhio cogliere un particolare, una curva, un'isola di luce, dove la differenza diventa significativa cioè piena di significato, per dire qualcosa una parte per il tutto di quello che è silenzioso e rigoglioso.

Nella foresta

Il muro di cinta di cemento, che chiude la proprietà, circondata da siepi, è la pista di lancio verso l'alto, verso l'uscita dal grigio rugoso, senza appigli, artificiosamente morto/vivo.

Nella foresta

Nella foresta

Macchie di luce attirano la mia attenzione, delimitano lo spazio, lo illuminano: un fazzoletto di caos, di foglie, di rami, raccolti casualmente in questa pozza evanescente che presto si asciugherà.

Nella foresta

Nella foresta

L'amore incide la corteccia, come un insetto velenoso convinto del suo essere unico, e vuole lasciare una traccia, della sua volatilità.

Nella foresta

Nella foresta

Il lavoro umano è accerchiato soccomberà.

Nella foresta

Nella foresta

Nella foresta

Il parassita prospera, e noi dovremmo saperne qualcosa, ci mormorano le foglie secche mentre ci addentriamo nel bosco.

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from Técnicamente

Burbujas de IA

Quisiera ser un pez para no tener que lidiar con la especulación financiera

Que una industria esté en una burbuja no quiere decir que el producto o servicio que vende dicha industria sea inútil o que vaya a desaparecer tras la explosión de la burbuja.

Que una industria esté en una burbuja quiere decir que lo más probable es que el producto o servicio que vende dicha industria no logrará conseguir una rentabilidad que justifique su valuación [ver el post anterior para más sobre esto].

Digo “probablemente” porque algo importante de las burbujas económicas es que no puede haber consenso sobre si existen o no hasta después de que se revienten. Antes de eso, por lo menos uno que otro inversionista puede aferrarse a la fe de que va a venir algún cambio que justifique la valuación de la industria (y como el futuro es imposible de predecir, ¿quiénes son los demás para decirles que están equivocados?).

Sólo es después de la explosión, después de que se compruebe que la mayor parte de la composición de una burbuja era aire y de que todos estemos cubiertos por pequeños restos de agua jabonosa, que se puede afirmar con confianza que había una burbuja.

Pero por ahora, todas las señas apuntan a que la de la inteligencia artificial es una industria en una burbuja. Ninguna empresa de IA (o división de IA de alguna empresa) es rentable*. Es decir, todas las empresas de IA gastan más dinero del que ganan. Pero no es cualquier gasto. Son pérdidas históricas del orden de trillones de dólares por empresa. Por ahora, esto lo pueden sostener porque son parte de una empresa más grande que financia estas pérdidas, o porque reciben inversiones de capital riesgo que, como expliqué en un post anterior, se van a proyectos con gran promesa, incluso si no hay beneficios tangibles aún. (O porque reciben dinero de ambas formas).

La única manera en la que la industria de la IA en general podría comenzar a generar ganancias es si hay un cambio fundamental, o bien en como funciona el negocio, o bien en cómo funcionan sus propios sistemas. Y ambas posibilidades parecen muy poco probables. La IA es muy cara y las compañías de la industria venden sus servicios a un precio altamente subsidiado con la esperanza de que todo el mundo en general eventualmente dependa de ellos y se vea forzado a pagar una suscripción (a precios muchos más altos que los actuales) para usarlos. Pero los precios que tendrían que cobrar para lograr una ganancia con este método son ridículamente caros. Tanto que podemos sospechar que este método no es mucho más que una fantasía de altos mandos empresariales que descuentan cuánto la gente promedio está dispuesta a gastar en sus servicios y cuán deficientes realmente son sus servicios para reemplazar a trabajadores humanos (que es la principal razón por la que una empresa pagaría una suscripción).

Otra posibilidad es que haya algún cambio fundamental sobre cómo se procesa la IA que la haga ser (muchísimo) más barata, o que realmente la vuelva imprescindible para la supervivencia humana. Lo segundo, para decirlo amablemente, es improbable. Lo primero raya con el esoterismo. Posible, sí, supongo. Pero por ahora nada más que eso.

Pero el dinero sigue fluyendo hacia la industria. A pesar de lo anteriormente descrito, los inversionistas (que en este caso incluyen a las compañías más ricas del mundo, gobiernos nacionales y fondos de inversión—que tienen dinero de varios fondos de pensiones nacionales) siguen invirtiendo. No puedo conocer sus motivaciones personales o empresariales. Quizás no creen en la existencia de una burbuja pues confían en que la misma IA traerá un cambio fundamental; quizás sólo están persiguiendo a los demás inversionistas, que ven la valuación de la industria crecer (así sus “fundamentales”, su capacidad de generar ganancias, no hayan cambiado); o quizás están esperando las señales del comienzo del colapso para salirse temprano y quedarse ellos con las ganancias.

Muy probablemente, también hay quienes aprendieron lecciones de la burbuja del “dot com”. Esta burbuja, que reventó en los primero años de este milenio, vio billones de dólares invertidos en todo tipo de negocios basados en una tecnología entonces aún incipiente: el internet comercial. La promesa de los negocios en línea fue valuada mucho más alto que la realidad de sus fundamentales. Muchas empresas quebraron y muchos inversionistas perdieron su dinero. Pero algo quedó: el internet. En ese momento no tenía sentido para todos los negocios sobre la faz de la tierra moverse a estar en línea. Pero para algunos sí tenía sentido. Esos sobrevivieron y pavimentaron el camino para nuevos negocios en la misma industria (que haya sido un camino que nos dejó actualmente con un internet nocivo, agresivo y perjudicial es un tema para otra ocasión).

Quizás este sea el destino de la industria de la IA: tras la explosión de su burbuja, permanecerán sus aplicaciones útiles y rentables. Cuáles pueden ser estas es difícil de predecir, en buena parte porque la industria misma se encarga de crear fantasías mitologizantes sobre la capacidad de la tecnología (como el reciente pánico apocalíptico promocionado por varios directivos) que oscurecen lo que estos sistemas realmente hacen. Pero también porque qué es, exactamente, “inteligencia artificial” es un concepto bastante ofuscado.

“Inteligencia artificial” no es un término técnico, es un término de mercadeo que incluye a muchas tecnologías diferentes. Karen Hao, autora del libro El imperio de la IA, compara al término con “transporte”, una palabra que sirve para describir cosas desde un triciclo hasta un barco carguero transatlántico. Así mismo, el término “IA” es ahora usado para describir cosas que van desde lo que antes llamaban “big data” (buscar patrones en bases de datos enormes), pasando por procesadores de lenguaje natural (redes de datos que pueden generar nueva información interactuando entre sí) y llegando a lo que sea que la industria se invente esta semana.

Si la burbuja estalla (y, como creo que quedó claro en este texto, creo que lo hará), seguro algo de todo lo que hay ahí sobrevivirá. Y cuando eso pase, podremos entender realmente cuáles son los costos y beneficios económicos de esta(s) tecnología(s) y el verdadero tamaño de esta industria.

Mientras tanto, estamos dedicando buena parte de los recursos económicos, naturales e intelectuales del planeta a algo que es pura especulación.

*Con la importante excepción de compañías que fabrican los componentes físicos que permiten la IA. Pero varias de estas, como Nvidia, están inmersas en una red de inversión circular que puede estar acelerando la misma burbuja.

 
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from las causas de la triztesa

-Como no cerremos las ventanas, se llenará la casa de polvo- le dijo a Lucero su esposa, que aún no acababa de cerrar la maleta. -Dale mujer, ya no hay tiempo, vestíte y vámonos.-

Detrás de un gran portón amarillo, los rayos del sol penetraban el fondo del garaje, iluminando el interior del patio. Lucero había cerrado las persianas del comedor, y ya no se veían sino delgados filones de luz, dibujando trayectorias de polvo suspendidas en la penumbra. La bodega de herramientas, al fondo de la casa, permanecía indiferente a ese extraño mediodía. Cuando los hijos aún vivían con ellos, se la pasaban corriendo entre los estantes, colmados de tuercas y alicates, forrados en mangos plásticos de colores transparentes, cuchillas carniceras y candados y llaves de todas las medidas. Ahora, aquellos objetos no tenían importancia, ya nadie compraría ese tipo de cosas. Con la última caravana al oeste, apenas si quedaban comercios en la ciudad. Lucero hubiera podido mantener su clientela aún cuándo ya no tuviera proveedores por un buen tiempo; tenía un arsenal de artículos y chucherías para vender por años, y calculando el poco tiempo que les quedaba, hubieran sobrevivido dignamente. Pero era tarde también para ellos. De hecho, eran casi los últimos en marchar.

-No hace falta más nada ¿Hasta dónde pensás que llegaremos con el coche?– le preguntó a su esposa, Elena, mientras llenaba una caja con varias botellas con agua.

-No lo sé, hasta San Luis?. Tenemos que salir de la provincia. Después, buscaremos la caravana. Estoy seguro que vamos a llegar, no te preocupes.-

Elena inclinó la cabeza. Sabía tan bien como él que no llegarían más allá del conurbano. Sin un guía resultaba muy peligroso evadir las avenidas bloqueadas, y lo más probable era que, por su edad, les confinaran a la zona más cercana al río, llevándolos a una muerte segura.

Ella quiso consolarlo, pero una densa nube comenzaba a soplar desde el sudeste y era necesario alejarse de la ribera.

A esa hora, Elena acostumbraba dormir la siesta junto a su Lucero. Era el único momento que podían disfrutar juntos, cuando el barrio se quedaba en silencio, hasta las cuatro o cinco de la tarde, dependiendo del calor. Una pesada sensación de humedad confundía las imágenes, desvanecidas en esa maldita nube cobriza que los obligaba a dejar atrás, la memoria de un pasado que comenzaba a borrarse para siempre.

-¿Te acordás de los chicos? ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos todos?– El automóvil no quería arrancar. Lucero intentó ajustar una bujía mientras su mujer le daba al contacto con un destornillador. Una vez encendieron el motor, subieron al coche; algunas cosas que no cabían en el maletero quedaron abandonadas en el portón, como los últimos testigos de su partida. Atrás, quedaba el barrio, las casas y esas calles vacías que ya no existirán más.

La ciudad parece un enjambre de ruinas y escombros.

-Tengo miedo- dijo Elena, aferrándose al hombro de su compañero.

-Tranquila, al menos estamos juntos, ¿no?. – replicó.

Elena sonrió aliviada. Su marido le brindaba contención. Pocas veces se sintió desamparada o sola, aún cuando Lucero hasta hace unos años trabajaba como viajante de comercio. Viajaba todas las semanas, por los pueblos de la provincia, siempre lejos, trabajando. Su relación se basaba en el reencuentro, y era esa distancia la que mantenía la unión.

Cuando atravesaron el puente de Avellaneda, vieron la columna de humo que acechaba desde el río; una bocanada oscura que entraba por el riachuelo, cubriendo todo el bajo de Buenos Aires; La Boca, Barracas sur, y hasta algunos edificios de San Telmo. Apenas se veían las torres del nuevo puerto. La costa se había sumergido en una masa de lodo, asomando aún algunos bloques mutilados por la avalancha. Para sorpresa de ambos, los primeros bloqueos habían sido levantados. En algunos tramos, la ciudad parecía intacta. Lucero apretó el acelerador. Supo desconfiar del silencio.

Una columna de humo y fuego a unos doscientos metros los obligó a detenerse. Elena quiso bajarse del auto, pero Lucero la detuvo; “no perdamos tiempo, si queremos salir, tenemos que pasar”... El automóvil, viejo y casi desahuciado, emitió un rugido como animal. Lucero aceleró y, como si fueran a estrellarse, atravesaron la negra cortina y la confusión se disipó. Más allá, la carretera. Y la incertidumbre de lo que vendrá.

Lucero y su esposa viajaron durante toda la noche y todo el día siguiente. El agua escaseaba pero tenían bidones de combustible como para llegar hasta la cordillera de los Andes. Unos mil kilómetros de llano y soledad. Les dolía la cabeza por la pesadez del aire, y el calor era sofocante en la ruta. Al atardecer, la única luz visible en el horizonte, era la del vehículo atravesando la vastedad de la pampa.

Unos días antes de que se cortara internet, habían escuchado que una gran caravana se dirigía a la costa del pacifico, en el lado chileno. Allí, habrían recalado algunos barcos de carga que supuestamente sobrevivieron al “evento”. Decía el comunicado, que desde allí podrían llevarlos a una orilla segura, quizás en la descongelada Antártica. Ese era el objetivo, llegar a la cordillera y unirse a la caravana. A pesar del verano y las altas temperaturas en Buenos Aires, en la cordillera habían metros de nieve, producida por un efecto invernadero inverso, que la convertían en un murallón infranqueable. Por eso, se había organizado una gran caravana, en un masivo intento por atravesarla. Y hacia allá se dirigían, desde toda la pampa húmeda hasta las faldas de Los Andes, intentando acoplarse al convoy. Sin embargo, desde que salieron de la capital solo habían visto desolación y muerte.

Durante días estuvieron recorriendo tramos intermitentes por la ruta nacional y otras rutas alternativas. Los bloqueos habían sido levantados, o sencillamente estaban desiertos. Lucero miraba los mismos paisajes que había recorrido tantas veces. Recordaba los pueblos que visitaba regularmente, los rostros de sus clientes, gente laburante, como él, dueños de pequeños negocios, personas que habían desaparecido, o que habían huido, o quién sabe. En una plaza de esos pueblos, se detuvieron a almorzar. Rescataron unas latas de comida y botellas de agua de un almacén cercano y Elena improvisó una suerte de ensalada con verduras en lata.

-Es lo más fresco que hemos comido en tres días- dijo con resignación.

-Gracias- respondió Lucero, aunque hubiese preferido decir algo más, pedirle algo de vino, o tal vez un poco más de pan. Ambos llevaban días comiendo chatarras en bolsa, o lo que fuera que iban rescatando en el viaje.

De pronto, en medio de la plaza vacía, apareció un venado o un pudú, o una capibara, o algo parecido a un enorme roedor de cuatro patas. Lucero tenía un revólver del 48 que había recibido en parte de pago de un cliente y estaba por ir a buscarlo a la guantera cuando Elena le dijo:

-Dejalo, tiene derecho a vivir, igual que nosotros. – Lucero la miró, conteniendo la voz, porque hubiera querido decirle, “mujer, es nuestra única oportunidad, ese animal nos puede dar comida para una semana, no te pongas así…” pero no dijo nada. Ella tenía razón.

Durante los siguientes tres días apenas bebieron agua y comieron unas latas de frijoles con salsa de tomate. El frío comenzaba a sentirse a los pies de las montañas, que se asomaban en el horizonte como gigantes blancos a punto de tragárselos.

-La caravana- dijo Elena.

Muy a lo lejos, vieron un grupo considerable de coches y el humo de algunas fogatas. No podían reconocer a esa distancia si se trataba o no de la caravana. Serían unos quince o veinte kilómetros, entrando en el valle precordillerano. Primero, deberían repostar agua y provisionarse de víveres, antes de encarar el ascenso a la cordillera.

La caravana era una colosal fila de automóviles, casas rodantes, camiones y hasta algunos microbuses, que se extendían por la carretera en ambos lados por unos diez o quince kilómetros. Como el convoy era muy extenso, al parecer se había convenido en dejar distancia de unos 10 metros entre un vehículo y otro, en caso que hubiera que bajar rápido de la montaña, evitando un fatal atasco. Pero la caravana no se movía. Desde lejos, veían la enorme columna de vehículos congelados y algunos neumáticos quemándose en la vereda del camino. A medida que se acercaban, descubrieron con horror que los vehículos estaban vacíos. No había nadie, tan solo autos abandonados a su suerte. Elena se estremeció, pensando que tal vez debían abandonar la idea de cruzar. Arriba, en la montaña, una tormenta de nieve les impedía ver la huella del camino. -Vamos a tener que seguir hasta donde podamos. Tené fe, lo vamos a lograr.– dijo Lucero, con la voz que le temblaba de frío y de miedo, mientras pensaba, en su interior, que no tenía la menor idea de lo que les esperaba. Elena recordó unas vacaciones en Mar del Plata. Su hijo el mayor, que en esa época era el único, estaba jugando en la playa. En un momento de descuido, el niño se acercó peligrosamente a la orilla. Y de un momento a otro, estaba tratando de zafarse de las olas. Casi muere ahogado, y tuvieron que llevarlo de urgencia al hospital. En el trayecto, que para Elena duró siglos, pensaba que lo perdería. Gracias a los primeros auxilios, el niño se recuperó sin problemas. Esa misma angustia sentía ahora, al ver, a lo lejos, la desolada caravana.

El valle se abría al pie de la cordillera como una herida blanca. La nieve, endurecida por el viento, brillaba bajo una luz inmóvil, y el aire era espeso, envuelto en un silencio mineral, donde los sonidos parecían extinguirse más allá de la inquietante pasividad. Lucero y Elena detuvieron el coche, a un costado de lo que alguna vez fue la ruta: una cinta gris que se perdía entre montículos de hielo y rocas.

Las huellas de la caravana se borraban y reaparecían entre la escarcha. Cuando finalmente llegaron a la cabecera de aquellos restos, no supieron si alegrarse o temer. Había tiendas de lona desplomadas, carros volcados, ropas endurecidas por el hielo. Ningún movimiento, ningún fuego, ni una sola voz humana. Lucero bajó del coche. Lo que vio al borde de la huella lo estremeció. Trató de decirle a Elena que no se bajara, pero ella lo siguió, abrazada a una manta. Había allí varios cuerpos esparcidos, cubiertos por la escarcha, algunos abrazados, otros medio ocultos bajo la nieve. No había llanto, ni tampoco dolor. Todo parecía suspendido en una eternidad muda. Caminaron unos pasos en silencio, sin saber qué decir, preguntándose, tal vez, cómo seguir adelante.

Entonces lo oyeron. Un sonido breve, casi imperceptible. Un gemido que se confundía con el viento. Elena giró sobre sí misma, buscando de dónde provenía. Detrás de un carro volcado, cubierto por un trozo de lona azul, algo se movía. Lucero levantó el plástico con cuidado: allí, entre mantas húmedas y una caja de madera rota, un bebé, con la piel enrojecida por el frío, los labios morados y los ojos entreabiertos, aún respiraba.

Elena lo tomó en brazos con una mezcla de miedo y ternura. El niño abrió la boca y dejó escapar un sonido ronco, salvaje, que más parecía un gruñido. Lucero lo miró con asombro.

-Parece un lobito del monte…-murmuró.

Lo envolvieron en la manta, y Elena lo acercó a su pecho, temblando. -Es una niña.-

Lucero asintió. No tenía ya palabras. Solo una sensación extraña, entre alivio y condena.

Volvieron al coche. Afuera, la luz comenzaba a desvanecerse detrás de las montañas. Subieron el cuerpo diminuto al asiento trasero, lo acomodaron sobre un abrigo viejo y encendieron el motor. El sonido del vehículo rompió por un instante el silencio del valle.

-¿Y ahora?– preguntó Elena, mirando el horizonte, blanco e interminable. Lucero miró hacia adelante. La cordillera se alzaba como un muro sin salida.

-Seguimos -dijo simplemente-. Hasta donde podamos.

La nieve comenzaba a cubrir el parabrisas, el motor se esforzaba, y el viento soplaba con una violencia seca, sin dirección. Al cabo de unos pocos kilómetros, el coche se detuvo. El combustible se había acabado.

Lucero intentó infructuosamente encender el motor. Afuera, el viento ululaba como un animal lejano. Se miraron sin hablar.

Entonces, casi al unísono, abrieron las puertas. Elena cubrió al bebé con todas las mantas, lo dejó dentro del coche, bien envuelto, junto a la botella de agua medio llena. Se inclinó y lo besó en la frente.

Lucero le tocó el hombro.

-Vamos.– dijo, sin mirar atrás.

Salieron del auto y comenzaron a caminar hacia la ladera nevada. Sus figuras, desdibujadas entre la ventisca, se iba volviendo pequeñas, hasta desvanecerse en la blancura infinita de la nieve.

Dentro del vehículo, el bebé siguió respirando, con un ritmo pausado, casi animal. Su aliento empañaba el vidrio frío, dibujando formas que el viento borraba enseguida. La nieve empezó a cubrir el coche por completo, reduciéndolo poco a poco a un montículo blanco en medio del valle.

El silencio regresó. Lucero se detuvo. La tormenta se había vuelto una pared de luz blanca, tan intensa que no se distinguía el cielo del suelo. Elena se acercó y le tomó la mano.

-Mirá -dijo ella-. No hay arriba ni abajo. Solo hay luz.

Él asintió.

-Tal vez así es morir -respondió-. No hay fin, ni principio. Solo esto. Cerraron los ojos. El viento los cubrió.

El coche parecía reflejar esa misma quietud, como si el mundo entero hubiera quedado suspendido dentro de un espejo de nieve. Lucero miró una última vez hacia atrás, y por un momento creyó ver luz dentro del coche.

Después, siguieron caminando.

 
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from las causas de la triztesa

A la velocidad a la que se mueve el cuerpo de los automóviles, deja tras su paso una estela borrosa de calor. Tan solo unos centímetros lo separan del rugir de los tubos de escape, y como si fuera a huir de algo que aún no sabe qué es, vuelve a girar las caderas y esquiva el bombazo de aire de un colectivo en mitad de la cuadra.

Las luces encorvadas de los postes parecen coronar esta pompa fúnebre de taxis vacíos, a la espera de pasajeros que nunca llegan, mientras deambulan con la esperanza de un viaje que los salve del cadáver de otra noche velada en silencio, o a solas con la radio. La calle se extiende sobre una hilera de focos amarillos que se pierden en en el fondo de la avenida, y tu cuerpo, es decir tu carne, aletea con violencia hacia el origen esas luces, en una absurda carrera por alcanzar el último farol de la cuadra. Caminas dando torpes zancadas, hasta que tu silueta es tragada por un halo de luz, justo sobre las vías del tren: el escaso tráfico se ha detenido ante la valla con una resignación casi solemne. La locomotora y su colosal cuerpo se acercan en la oscuridad, silenciando el rugido de los motores, que esperan a salvo detrás de la barrera, la columna que avanza hacia la próxima estación.

Tú permaneces estático, como congelado. Alguien te hace señales, mientras la luz de la locomotora expande su rayo alrededor de tu silueta, iluminada sobre los durmientes, como suspendida en el aire. El convoy avanza, mientras otro a lo lejos grita: —¡Sal de ahí, boludo, te van a aplastar!

Entonces, te giras, y al girar ya no vemos al tren, solo vemos su luz gruesa y esa mole oscura estampado tu cuerpo sin tocarlo, como si los rieles se hubieran movido, o algo así. Y en ese espacio ínfimo entre tu cuerpo y los fierros calientes, el tiempo se desdobla. La enorme masa negra del vagón se entremete a un palmo de tu rostro, y el traqueteo rítmico de las ruedas sobre las juntas, libera un olor a aceite quemado que se te mete por la nariz como un recuerdo de la infancia. Sientes el vértigo de estar vivo, en el único lugar donde no deberías estarlo. Cada vagón te confirma que hoy no. Todavía no. La muerte pasa tan cerca que puedes olerla, pero no puede tocarte. No porque te la perdone, sino porque no te ha visto. Eres invisible para ella, como otro fantasma de la noche. Eso te produce una tristeza sin nombre, la tristeza de saber que ni siquiera la muerte se digna a matarte.

La luz se estrecha mientras el muro de sombras avanza. Su resplandor proyecta sombras desde los vagones; los rostros de los pocos pasajeros ojean hacia afuera con cierto recelo apático. Desde sus ventanillas, observan encapsulados el vacío. Ese ir y venir que los separa de todo lo demás. La tierra tiembla bajo los rieles y te dan cosquillas en los pies. Te ríes. Te estremeces. Con los ojos cerrados, tu cuerpo que percibe la vibración, es ahora casi imperceptible. El tren se aleja por la oscura vía con su luz y su fuerza inmutables. Tienes miedo, ¿pero de qué?

El último vagón desaparece. La barrera se levanta. Los motores vuelven a rugir, y tú sigues ahí, plantado sobre las vías, como si el tren se hubiera dejado algo, o te hubiera quitado algo, no sabes bien qué. Tiemblas. Te miras los pies: estás ahí, sobre los rieles, sobre el mundo. No estás muerto. Tampoco estás vivo, o no lo estás del todo. Estás en el limbo que hay entre una cosa y otra, ese lugar donde viven los que ya no quieren vivir, pero tampoco se atreven a morir. El lugar donde viven los cobardes, piensas. O los que todavía tienen algo que hacer, no lo sabes.

Caminas. No sabes hacia dónde. Los autos te esquivan, los semáforos cambian de rojo a verde, de verde a amarillo, de amarillo a rojo, y tú, deambulas entre ellos, como si el movimiento fuera lo único que te mantiene en pie. Una nube alcanza por casualidad la avenida y comienza a llover. Tus pies, pesados por el agua, intentan alcanzar el semáforo, y acabar de una vez con todo, incluso con este relato, pero tropiezas en medio de los automóviles que te esquivan, alertando a bocinazos ese obstáculo, ese bulto indemne que eres tú, y tus lágrimas son pequeñas ante tanto mar. Por fin, te levantas y alcanzas como puedes el otro extremo de la calle. Salvo algunos autos frenéticos, la noche solo ofrece silencios; silencio de mundo, no de ruidos.

Y el mundo parece haberse reducido a un café medio desierto. Un oscuro techo cubierto de enredaderas cubre el nombre del lugar y el único farol a la distancia. En la puerta dice: «Se prohíbe fumar, se prohíbe hablar con el mesero, se prohíbe regar de piropos a la cocinera, se prohíbe el baño a clientes de otro bar».

—Déme algo para sentirme mejor. Acabo de fracasar en un intento de suicidio.

—Sí, claro, a esta hora siempre vienen diciendo lo mismo. Después se van sin pagar la cuenta. Como si yo tuviera compasión por los locos. No señor, váyase de aquí antes de que llame a la policía, o pague de antemano y siéntese tranquilo. No quiero problemas.

—Tengo un arma.

—No le creo… usted no tiene cara de dispararle a nadie.

—Está bien, deme un submarino… y un corto de ron.

Del otro lado de la ventana, la lluvia carecía de peligro. Era más bien una imagen idealizada, como de un clásico de los cincuenta. Algunos taxis desparramaban la corriente en todas direcciones, inundando la vereda. El alero del bar era un buen sitio para cubrirse de la lluvia, que caía copiosamente sobre la ciudad.

Tus ojos, ahogados de rabia y fracaso, observan la calle. El eco se prolonga en las paredes y los espejos, y sabes que será imposible cumplir con tu final. ¿No será demasiado sufrimiento? No. Aún no has visto nada. Tus ojos se fijan en un rostro que te observa desde afuera. Es un niño, de unos ocho años, que ausculta los manjares que se exhiben detrás del mostrador. Desliza su lengua por sus labios mojados, y bebiéndose la lluvia trata de sentir esos sabores, imaginar esos aromas preciosos y distantes. Entonces tu mirada se cruza con la del niño y su rostro enjuto te hace sentir miserable. El cuadro es penoso, y aun así encierra una extraña belleza.

Como en cualquier barrio de Bogotá, Montevideo o Buenos Aires, millones sobreviven a la tragedia del vivir en el sur. Y como si esto fuera poco, la historia se repite una y otra vez. El niño te busca con un gesto de compasión y te señala con el dedo un pastelillo en la vitrina. Entonces, bajas la vista y tomas otro sorbo de leche, evitando el gesto con la misma apatía de los demás.

¿Y si fuera Santiago?, por decir otra ciudad. ¿Y si solo fuera un barrio, una calle cualquiera, y este café para capear la lluvia?

¿Y si no fuera más que otro conflicto sin historia? ¿Qué más puede pretender un hombre que no quiere vivir? En principio nada más que el fin del conflicto. La causa de la acción es hasta cierto punto impredecible. Todo es contexto alrededor de la situación. Entonces, comienzo a creer más en esta historia. Instantáneamente me veo allí, escribiendo este relato junto al ventanal. Veo la lluvia, veo al niño mojándose los pies, descalzos, y siento vergüenza de mí mismo, de lo que estoy a punto de crear.

De pronto, la silueta del joven suicida se levanta del asiento, bebe de un trago el vaso de ron y se dirige al baño. Yo observo al mesero, que ojea la calle con la misma indiferencia que a todos sus clientes. El niño también lo observa, pero a mí no me ve. Parece como si este azaroso encuentro literario estuviera destinado a fracasar. Algunas personas, un grupo de estudiantes, sentados en la mesa del fondo, acaparan el bullicio del ambiente. El niño va a intentar meter su cabeza en la vidriera cuando el mesero lleve los platos a la cocina. Ya está entrando y nadie le ofrece resistencia. Es más, nadie siente compasión por su esfuerzo. Sigiloso, el pequeño se escabulle entre las piernas de una persona que sale del café y penetra hasta la vitrina del mostrador. Yo he llegado hasta su lado, invisible, y he tratado de oír su voz. Hasta la lluvia se ha apagado un instante para que el silencio inunde en la escena.

La sombra, desenfrenada y estéril del joven suicida irrumpe violentamente entre las mesas. El cuerpo, que arde por dentro, súbitamente se dirige al centro del salón, con un arma en la mano. Yo intento agarrarlo de los brazos, del cuello, las piernas, pero soy invisible, ya no existo en esta historia. El mesero ha descubierto al niño que, aprovechando la confusión, intenta meterse unos pastelitos en el bolsillo del pantalón. Entonces el mesero comienza a corretearlo con la cuchara de palo.

—¡Fuera de aquí, mocoso! —le grita.

De espaldas, el joven suicida, mirando fríamente al niño, intenta retomar la acción, pero algo confuso e inexplicable le impide moverse. De un momento a otro, su mente se ha entumecido. El miedo lo acorrala y no sabe qué, no sabe cómo. Todo ocurre como en cámara lenta; el cañón frío del arma sube hasta su sien, cuando escucha la voz del mesero que viene gritando:

—¡Policía, ladrón!

Entre los gritos del garzón, la frenada de un taxi y el bocinazo de un bus que hace retumbar los vidrios, se produce el desenlace. En menos de un segundo, las miradas del niño y del joven se cruzan por última vez. En ese mismo instante, en que el mecero intenta atrapar al niño, en ese giro inconsciente del brazo derecho, es que la mano dispara el gatillo.

Pero el disparo no sale.

O sale, pero no da en nadie. La bala se incrusta en el techo, en la madera, en el aire, en ningún lugar. El estruendo sacude el café, hace callar a los estudiantes, hace que el garzón suelte la cuchara de palo y quedándose con la boca abierta. Pero nadie cae. Nadie se desangra. El niño sigue de pie, con dos pastelillos apretados contra el pecho, mirando al hombre que tiene un arma humeante en la mano y los ojos llenos de lágrimas.

El joven suicida baja el brazo. La pistola le pesa como si fuera de plomo. Mira al niño. El niño lo mira a él. No hay compasión en esa mirada, ni miedo, ni reproche. Es algo más simple y más terrible: reconocimiento. El niño sabe quién es este joven. Lo ha visto antes. No a él, en particular, sino a todos los que son como él: los que se esconden, los que se rinden, los que ya no pueden más. Y él, a su vez, ve en el niño lo que él mismo fue: la intemperie, la humillación, la supervivencia. Ve a un ser que no tiene nada y que, aun así, sigue aquí.

El mesero rompe el silencio con un grito:

-¡Largo de aquí ustedes dos! ¡Antes de que llame a la policía!

Entonces, guardas el arma en la cintura. El niño no se mueve. Le haces un gesto con la cabeza, hacia la puerta. El niño entiende. Salen juntos, bajo la lluvia, mientras el mesero sigue gritando improperios que ya nadie escucha. Afuera, la noche es una cortina de agua. El alero del bar es lo único que los cubre. Te acuclillas en el suelo, con la espalda contra la pared. El niño te imita, a un metro de distancia, sin mirarte. Durante un rato solo se oye la lluvia, los autos, el mundo.

Entonces, el niño saca un pastelito aplastado del pantalón. Lo parte en dos. Te ofrece la mitad. No dices nada. Tomas el pedazo con los dedos temblorosos y te lo llevas a la boca. Sabe a azúcar, a harina, a nada. Sabe a algo que ya no recordabas: algo que se comparte.

El niño come su mitad en silencio, mirando la calle. Nadie dice nada. No hace falta. La lluvia sigue cayendo sobre taxis vacíos, sobre trenes que viajas hacia otra estación. Y tú, piensas en el tren que te pasó por encima, sin tocarte, en la muerte que pasó de largo, y en que mañana, tal vez, tendrás que intentarlo de nuevo. Pero no hoy.

El niño se ha quedado medio dormido con la cabeza contra tu hombro. La lluvia ha dejado de caer. Y por primera vez en mucho tiempo, piensas en no morir. Piensas en el sabor a nada del pastelillo, en el peso de ese niño sobre tu hombro. Y piensas que, a lo mejor, todavía hay algo que hacer.

El cielo sobre la ciudad, empieza a clarear. Y en la vitrina del café, reflejado en el ventanal, un hombre observa la escena. Escribe. Borra. Vuelve a escribir. Al final, deja escritos unos garabatos en la servilleta húmeda, una frase deslavada en tinta donde se leen solo dos palabras: “hoy no.”

 
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from las causas de la triztesa

Me estruja el recuerdo de tus besos, de invocar en vano nuestro pacto invisible, amarrado a esa yegua de la medianoche, a ese sueño del que no he despertado, desde que naufragamos en esta isla. Sediento de amarte una vez más, aún siento el olor de tus manos, acariciándome la espalda, tus manos pequeñas, bañadas en sangre, condensando la energía que danza como esquirlas del hombre que fui, del cuerpo que anidó en otras orillas y en otros labios. Me revuelve el estómago pensar que ya no estarás, como el fantasma que desvelaba a los pájaros, aves noctámbulas que planeaban el bosque, y mi corazón incendiado volviéndose cenizas, pasto para las vacas, trigo que nace pan. No sé si serás sol o agujero negro. Pero sé que fuiste la gota de sangre que derritió la nieve, camino a nuestra casa. Permíteme resucitar entre los vivos y elevarme a tu estirpe de sirena. Permíteme abrir surcos en tu suelo, y plantar más hijos rebeldes, más fogatas en el horizonte. Permite que me vuelva otra vez un salvaje, para reunirme con las semillas. Deja que sea yo mismo, el animal que ronda los peñascos, el felino que mora en las cuevas y que por las noches vuelve a ser un cazador. Así, tal vez no cometa más crímenes, más infracciones de tránsito, más clics innecesarios. Prefiero seguir detrás del vidrio, que en el reflejo de esta pantalla oscura. Prefiero las ruedas, los zapatos rotos a los asientos cómodos de primera clase. Prefiero los fierros a los gatos de porcelana, los gritos al silencio del gesto que tapa el sol un dedo soberbio. Prefiero tu boca dentro de mis hendiduras, tu beso húmedo en la noche, tu salvia de tu luna llena, esa bilis que me corre hacia el centro, obligándome a salir aullando por las esquinas, despertando a los vecinos, con un grito que les devuelva el cuerpo al alma que perdieron. Prefiero otra vez la libertad de ser nadie y no ser siervo de mis anhelos, anhelos que se perderán con mi cuerpo y las hojas este cuaderno, con sus páginas sin terminar, como un árbol deshojado, a modo de burdo testamento.

 
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from las causas de la triztesa

Miranda tuvo un presentimiento. Había sentido esas pulsiones, ese temblor que arrancaba debajo de la piel, como un cosquilleo que emana por los poros, y que no la dejó dormir en toda la noche. Su marido, recostado en el borde de la cama, siempre a punto de caerse, como si quisiera salir de ese cuadrilátero que tantos rounds habían combatido, parecía exhausto, como un bulto descuidado y mal hecho. Ella, se levantó en silencio y se vistió lentamente en el baño. Se miró al espejo. Sobre el moretón en la mejilla, se deslizaba una lágrima densa, que cayó al suelo haciendo un ruido seco, lapidario. Sacó una billetera del cajón del velador y supo que después de ese momento, no volvería a ver nunca más aquella habitación espantosa y ese cuerpo desplomado, que desde hacía varias horas había dejado de respirar. Cerró la puerta. En la calle, la esperaba un amanecer sombrío de invierno, y un frio que se había alargado por años, aunque por fin, podía percibir un soplo un aire tibio, que se elevaba como una corriente hacia el fondo de la avenida, tras el tono rojizo del amanecer, en la ciudad que despertaba.

 
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from badcrip

Mi sembra di essere tornata indietro nel tempo a quei giorni in cui attendevo con ansia di sapere se sarebbe tornato a casa vivo o morto. Per certi versi provo la stessa angoscia. Ascoltare la tua voce dietro un muro di silenzi cercando di capirne l'intonazione, ancor prima delle parole. Sei allo sbando, perché lei è allo sbando e alla ricerca della pozione magica che ti doni serenità ed equilibrio. Procrastinare non servirà se non sarà accompagnato da un percorso. Ma chi ti aiuterà a vedere la strada che ancora ti rimane? Io non penso di poterlo fare, di esserne in grado. Hai bisogno di un aiuto che da me non vuoi e che non so se saprai trovare.
Sei cresciuta troppo in fretta, non si potrebbe riavvolgere il nastro della tua vita e ricominciare daccapo? O forse sarebbe più crudele sapere come andrebbe a finire, senza riuscire a cambiare il corso della tua storia? Potessi incontrare una guida diversa da me, che sommergi d'astio. Chi ti ha partorito crede nel pensiero magico e nella salvezza che arriva dall'esterno e ti ha contagiata. Il principe azzurro è bruciato sul rogo delle illusioni e va bene così. Apri gli occhi e aiutati, solo tu puoi farlo. Tutt'intorno il disagio dilaga, un disagio amico, difficile da contenere. Saprai curarti? Io non lo so. Riuscirai a uscire dalla melma dell'eredità che ti hanno lasciato? Procrastinare non servirà e non lo trovo nemmeno corretto. Forse stiamo usando una strategia sbagliata e non so se riusciremo a correggere il tiro.

 
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from Angelina

Sceneggiature

Ogni volta è la stessa storia. Il mondo che ti sta intorno non si accorge di colludere con le cose che odia. Lavoratori sfruttati che comprano dieci magliette da 2 euro sul sito cinese; donne che si scapicollano per tornare a casa dal lavoro a preparare la cena al maritino bravissimo perché prende i figli a scuola tre volte a settimana, butta la spazzatura, fa la spesa sotto dettatura e non ti uccide. Cornificatori seriali con il compagno/a “pazzi” e che non li capiscono, ma ben venga che restino perché le spese sono tante e l'affitto si paga meglio in due. La vita è difficile. La vita è un palcoscenico. Il regista si è buttato da un ponte insieme allo sceneggiatore l'altro giorno. Diceva di averci rinunciato, a capire.

 
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from Vocazione comunitaria del cristianesimo

Introduzione

Questo blog nasce con l'intento di invitare le persone ad accogliere l'invito di Gesù ad amarsi vicendevolmente, contenuto nel lungo discorso che Egli fa subito dopo l'istituzione della Santa Cena con relativa lavanda dei piedi, prima della sua uccisione. Di seguito i posts che compariranno prossimamente nel blog relativi a questo argomento:

Cristianesimo come ideologia secondo E. Fromm

Nel suo saggio “Avere o Essere” E. Fromm scrisse che un cristiano che non vive secondo i valori dell'Essere cioè dare, condividere, sacrificarsi, amare ma secondo i valori dell'Avere cioè successo, denaro, potere ecc. per lui la religione è solo un'ideologia cioè un insieme di idee che egli condivide, senza intaccare minimamente la struttura del proprio carattere. Fromm arriva a sostenere che nel corso della storia solo gruppi comunitari ristretti sono riusciti a vivere pienamente i valori cristiani, il chè non è condivisibile perchè numerosi sono i Santi che hanno dimostrato il contrario.

Amore per il prossimo

Nel vecchio testamento biblico c'era già, precisamente nel Levitico, il comandamento dell'amore per il prossimo che Gesù spiega con la “parabola del buon samaritano”. Interpretando questa parabola si intuisce che il prossimo da amare è qualunque persona in stato di bisogno , indipendentemente dalla nazionalità, sesso, posizione sociale, vicinanza o altro.

Amore vicendevole

Ma Gesù nel Vangelo di Giovanni va oltre e invita i suoi discepoli, cioè coloro che accettano il suo messaggio, ad amarsi vicendevolmente come lui ci ha amati, facendo l'esempio della lavanda dei piedi. Ora lavare i piedi di una persona rappresenta a mio avviso occuparsi degli aspetti più miseri e nascosti di una persona, per cui l'amore di cui parla Gesù, citando San Giovanni, è amarsi non a parole ma con i fatti e nella verità.

Comunità cristiane, Nomadelfia e Kibutz

Negli Atti degli apostoli si legge che i primi cristiani condividevano tutto, al punto che a nessuno mancava qualcosa. Questa caratteristica è stata ripresa dall'attuale Nomadelfia di Grosseto, dove tutte le entrate vengono messe in una cassa comune, a cui possono attingere le persone secondo necessità. Anche gli ebrei hanno ideato qualcosa di simile con i kibutz.

Software ChurchCRM

Indipendentemente dalla effettiva costituzione di una comunità si potrebbe vivere l'invito di Gesù ad amarsi vicendevolmente all'interno di una chiesa, centro sociale, club ecc. inserendo in un database i dati delle persone, ottenuti compilando una scheda con il tipo di disponibilità che offrono (fare compagnia, assistenza ai malati, doposcuola, riparazioni varie ecc.) e i bisogni che hanno (problemi economici, solitudine, malattie ecc.) . Questa cosa si può fare con il software open source in php, mysql ChurchCRM . Chiaramente occorre che qualcuno cerchi di mettere in relazione disponibilità e bisogni interrogando il database. Questo software è descritto nel wikibook Software libero in chiesa . La scheda da compilare in formato odf che le persone potrebbero compilare si trova qui .

Se qualcuno pensa di utilizzare ChurchCRM all'interno della propria parrocchia, centro sociale, club, cortesemente me lo faccia sapere scrivendo a lovepeacejoy404@gmail.com in modo da collaborare. Grazie

 
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from Transit

(232)

(RM)

Nota: questo post è una sorta di (polemico) riassunto sull'operato del governo Meloni. Ci sono due date future, al suo interno. Se in una o in entrambe di queste le cose non andassero come scritto, cambierò l'articolo. Grazie.

Il 4 settembre il governo #Meloni è diventato il più longevo della storia repubblicana: millequattrocentotredici giorni a Palazzo Chigi. Il primato è un dato di calendario, non un giudizio di merito, e chi lo esibisce come un titolo nobiliare confonde la durata con la sostanza. Durare è stato agevole: un'opposizione frammentata, una maggioranza tenuta insieme dalla reciproca convenienza, nessuna alternativa già pronta.

Governare è altra faccenda, e il bilancio è magro. La prima vera sconfitta è arrivata a marzo, quando il 53,74 per cento degli elettori ha respinto la riforma della giustizia, la bandiera che avrebbe dovuto suggellare la legislatura. Da allora l'esecutivo non ha cambiato passo: ha cambiato le regole del gioco. Lo “Stabilicum”, approvato dal Senato il 15 settembre con 113 voti, è una legge elettorale tagliata sulle misure della maggioranza, con un premio di settanta deputati e trentacinque senatori per chi supera il 42 per cento. E qui l'ironia si fa involontaria: in un sondaggio di inizio settembre riportato dall' “Espresso” (il quadro demoscopico resta mosso e altre rilevazioni danno il “Campo largo” avanti) la maggioranza in senso stretto si ferma al 38,9, e solo l'ingresso di #Vannacci, che in più sondaggi ha già scavalcato “Forza Italia”, porta il blocco al 46,8.

L'alleato di domani è il concorrente di oggi, e il voto segreto alla Camera, dove i franchi tiratori hanno già affondato l'emendamento sulle preferenze, è una mina che nessun vertice di maggioranza disinnesca. Sul terreno economico, quanto alla legge di bilancio 2027, un esponente dello stesso esecutivo ammette che “...di sicuro dovrà essere una manovra elettorale”. Non serve altro. Il deficit 2025 è stimato al 3,1 per cento e, se la revisione Istat del 22 settembre lo confermerà, la procedura per disavanzo eccessivo resterà aperta.

(RM2)

La flessibilità europea che il governo invoca riguarda energia e difesa, non scuola e sanità. Sul tavolo ci sono incentivi selettivi: la proroga dell'imposta al 5 per cento sugli aumenti contrattuali, annunciata dalla stessa premier, e, stando alle indiscrezioni, l'Iva agevolata per gli affitti degli under 36 , ma soltanto se il locatore è un'impresa di costruzione, oltre al consueto balletto sull'età pensionabile, mentre la rivalutazione straordinaria delle pensioni minime scade a fine anno e le risorse per rinnovarla non sono nemmeno quantificate. Molta aritmetica del consenso, nessuna idea di paese.

Lo stesso #Giorgetti ha ammesso che la manovra dell'anno scorso non avrebbe inciso in modo consistente sulla crescita. Il “salario giusto” rimanda ai contratti nazionali e sotterra, con eleganza burocratica, il minimo legale; la sanità, stando alle indiscrezioni, avrebbe chiesto cinque miliardi e ne otterrebbe, se va bene, due o tre. La scuola è lo specchio più nitido. #Valditara rivendica «tutti i docenti in cattedra» e 37.430 immissioni in ruolo, cifra reale e non trascurabile. Ma la Flc Cgil conta circa duecentomila contratti a termine all'avvio dell'anno e trecentomila nel precedente, con le deroghe sul sostegno salite da 65mila a 145mila: un precariato che smette di essere emergenza e diventa architettura. Restano oltre novemila posti non assegnabili per carenza di aspiranti, retribuzioni che il sindacato colloca tra le più basse d'Europa e venti milioni per il raffrescamento delle aule, cinquantasette euro a classe secondo il conto della Cgil: il prezzo di un ventilatore.

Il futuro, dunque, si legge in filigrana. Si voterà in primavera, se Palazzo Chigi sceglierà l'anticipo, o nell'autunno del 2027, alla scadenza naturale; in entrambi i casi la premier dovrà presentarsi con una riforma-bandiera bocciata dalle urne, una legge elettorale che le opposizioni chiamano “Melonellum” e una manovra confezionata per il consenso, davanti a un elettorato che, nei sondaggi del 4 settembre, per il 59 per cento si dichiara critico o non convinto, pur con una fiducia stabile al 36. Il record resterà agli atti. Il resto dovrà rendere conto.

#Blog #Italia #Economia #GovernoMeloni #Scuola #Lavoro #Opinioni

 
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from L'arbre du Ténéré

Poème / Pavillon

Alors que tout autour de moi oscille en équilibre, Je me suis fait capitaine, architecte et magistrat. Je ne veux ni commander ni obéir, je veux être libre. Et je ne le serai que lorsque tout le monde le sera.

Dans ma chambre je suis minoritaire parmi les minoritaires, Et je retire enfin mon masque parmi les exilés. Partout ou je suis, infirme mais jamais tributaire ! Le poète qui ne se soumet pas est un homme mutilé ! *

J'arpente les villes en faisant flotter ma bannière, Et mon sombre chapeau en guise d'accessoire. Ma colère, mes idées, et aussi ma matière, Même l'ombre de mon drapeau est noire !

Looping, 19 et 21 septembre 2026

  • Léo Ferré Préface.
 
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from Endurista

Sarzana, Volterra, Siena, Golfo di Baratti Vecchi buoni amici, ed i loro giovani figli Cacciucchi, fiorentine e Montecucchi Colline verdi e morbide strade che le abbracciano Piegati pini marittimi e onde azzurre vento, vele ed arcipelaghi Ti ho vissuta 15 anni, Toscana Diobò, non ti si può scordare (al pensier di dover svizzerare tra un paio di giorni c'ho il magone)

 
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from Tra Le Righe by Anto

Da Substack a noblogo (WriteFreely)?

Negli ultimi anni devo dire che scrivo abbastanza sia a livello di “penna” sia su tastiera, e per quanto ci sia una lotta tra le due metodologie, preferisco scriere su tasteira rispetto alla penna, anche se quest'ultimo è indispensabile per mettere giù le idee.

Come dico, e ho scritto più volte, ho iniziato a scrivere per necessità, per terapia, e sto continuando questo metodo di scrittura a questa entità “DIARIO”.

Substack in questo campo mi ha catturato immediatamente perché è piena di persone con la stessa ideologia, che stanno cambiando il loro modo di vivere i giorni moderni, che leggon di più... In sostanza mi ha dato e mi sta dando tanti punti di riflessione molto stimolanti.

Il punto è un altro: rimane comunque una piattaforma social, qundi con post brevi, importanza alle immagini, risptto al testo, e la presenza di un algoritmo. Non credo faccia più per me, dall'essere di aiuto e un'altra piattaforma che inizia a sovrastimolare.

Per quanto riguarda la sovrastimolazione, in me questa senza sensazione si traduce come il DOVER essere produttivo per portare CHISSA' QUALE RISULTATO.

Da qui arriva “noblogo”, seguo Devol da anni, pur applicando la Degooglizzazione molto lentamente, e questo servizio mi ha sempre attirato, forse è giunto il momento di abitarlo.

D'altronde, rimango un grande fan di https://scrivi.la/ made by Riccardo Palombo.

Per scrivere basta poco: un font leggibile, un foglio virtuale in dark mode, e basta (neanche il grassetto e il corsivo, tutto rumore).

 
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